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Que hoy gane la ciudadanía

Por El Litoral

Sabado, 18 de noviembre de 2023 a las 18:00

Para que el título de esta columna editorial se cumpla, hizo falta (y por consiguiente, hará aun más falta) compromiso por el bien común.
Lo común, lo que es de todos, si no está bien, es almácigo de ciudadanías hartas, dispersas, sin una convicción cívica que la lleve donde quiere y por lo tanto, hacia donde quiere que vayan sus dirigentes y sus gobernantes.
Ese compromiso, que firma pactos sin papeles y dice en un idioma sin escuelas, es lo que se debe militar y lograr que aplaque los fanatismos sin fundamentos que suelen prenderse de la botamanga o de las  faldas de la política.
El grito es ruido y no permite oír lo importante.
Militar sin pasiones enfermizas por una ciudadanía democrática es lo que le hace falta a la Argentina, más allá del resultado de esta noche.
En lenguaje náutico, la militancia política en el país “pasó de seguir un derrotero –con carta de navegación y rumbo pero valorando “la realidad” y las eventualidades–, a sumarse a la deriva, desplazándose empujada por la corriente que lo moviliza más allá de la derrota planeada”, como escribió Ricardo de Titto, historiador, autor de Historia Argentina en 25 episodios, en los últimos días en Clarín.
Vale la pena releerlo.
“Si con Alfonsín parecía haber enunciados, programas y compromisos, luego, definitivamente, el pueblo quedó inerme y sin timonel: la concepción del militante vira por completo en favor de realizar una “carrera” en la política y vivir de sus favores con los menores sacrificios posibles.
Como tantas otras cosas las palabras modulan y sus nuevas inflexiones esbozan cambios conceptuales. “Militar” se usará en adelante como verbo reflejo y autorreferencial y se adopta como neologismo el “me o te milito” o el “milito a” en lugar del clásico “militar por o en”.
Es similar a los horribles “me leí…” o “¿te leíste…?”, giros idiomáticos que se aproximan al que suprimió a los dirigentes para crear “referentes”, cambió a los partidos o coaliciones por difusos “espacios”, y modificó el compromiso activo por el espantoso “jugar con”.
Así también, la “gente” reemplaza al pueblo y los “menos favorecidos” a los pobres y marginados. Con Serrat, en efecto, “todo es desechable y provisional”; el abuso de eufemismos y la ambigüedad del lenguaje expresan, al fin, la anomia social tributaria, a su vez, de la decadencia educativa.
Es válido, así, preguntarse “en qué espacio jugarán” dentro de un par de años personajes como Macri, Cristina, Alberto, Massa, Bullrich, Rodríguez Larreta, Carrió, Lousteau, Scioli, Solá, Espert o Melconian, como Tombolini, Santoro y Alfonsín o los libertarios Marra, Francos y Maslatón y, por qué no, Boudou e Insaurralde, quienes, en las últimas tres décadas y desdiciéndose sin autocríticas, han cambiado repetidamente de filiación asociada. Las figuras de la política son ajenas al concepto de la RAE que define que el militante “forma parte de un grupo o una organización, especialmente de un partido político”.
Una república virtuosa reclama otra conducta, otra ética. De resignificarse la acción política como una labor comprometida con el bien común, como un servicio público y no una carrera corrupta y oportunista, podrá recuperarse el genuino, desinteresado y amplio sentido que cultivan cada día muchos anónimos militantes de la vida: el altruísmo”.
Que esta noche gane la democracia, que gane la ciudadanía, que gane la militancia de los pactos cívicos sanos. Más allá del resultado de la elección.

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