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Argentina potencia

Domingo, 05 de noviembre de 2023 a las 09:45

Amanece en la Argentina del 20 de noviembre y Javier Milei es presidente con el voto del 51 por ciento de los ciudadanos. La economía languidece producto de errores de las administraciones pasadas y la gente que optó por el libertario hasta consagrarlo como jefe de Estado confía en una receta mágica llamada dolarización, pero hay un problema: no hay dólares en el Banco Central, que además será desmantelado por el nuevo titular del Ejecutivo.

La transición es desordenada. O peor. Se han generado las condiciones de volatilidad social como para un brote anárquico. Se disparan las variables económicas y Alberto Fernández, el que pudo haber sido y nunca fue, temblequea en Olivos mientras la reacción popular se vuelve ingobernable como consecuencia de que la escasísima autoridad de la gestión saliente se pulverizó con la derrota de Sergio Massa.
¿El ministro de Economía y candidato perdedor? Cumple con su promesa de permanecer en el cargo pero es como si no estuviera. De nada sirven ahora los parches que había colocado antes de la campaña, cuando se esforzó por hacerle sentir a los argentinos que un Estado presente a través del irónicamente llamado “Plan Platita”, era suficiente para conquistar el voto mayoritario que finalmente le dio la espalda.

No queda otra, ante el peligro del desborde social en las villas y con los especuladores de siempre listos para encender las mechas cortas de la paciencia cívica, Alberto no tiene más camino que tomar el helicóptero para que Milei asuma. Y lo hace. En medio de un tembladeral cambiario y con un maremágnum de asalariados y cuentapropistas dispuestos a comprar hasta el último dólar ilegal que se halle en las cuevas porque, como bien había presagiado el presidente, la moneda nacional se ha vuelto excremento y nadie la quiere.
La infección supura en los sótanos de la pirámide social. Los que solamente reciben pesos en forma de planes asistenciales que el nuevo presidente decidió sostener mientras desarrolla un proceso de reconfiguración del sistema monetario, bancario y económico no tienen más remedio que gastarlos en lo poco que pueden comprar: productos inferiores como grasa, harina y aceite mezcla. Comen mal, frito o quemando leña en los fogones, mientras los días pasan sin que la menguada recaudación fiscal pueda soportar el costo de atender a tantos desamparados.
Los latigazos de la crisis heredada golpean con mayor intensidad sobre las espaldas de un sector puntual, constituido por los excluidos que carecen de un mínimo capital propio. Son los excluidos del mercado laboral que se desreguló por sí mismo en los últimos años, gracias a la proliferación de las aplicaciones. Hombres y mujeres en edad productiva que ni siquiera tienen un auto para trabajar de Uber o una moto para subirse a la app de Rappi. Para ellos la ecuación da cero y las consecuencias son absolutas: no tienen para comer. Se están muriendo –literalmente- de hambre y de enfermedades evitables porque en las salitas no hay vacunas para todos. El que las quiere, debe comprarlas.

La iglesia católica y otras organizaciones religiosas, así como las asociaciones civiles de espíritu solidario, acuden en auxilio de los desclasados. Juntan víveres y arman ollas populares. Las filas famélicas serpentean en parroquias y templos, en canchitas de barrio y hasta en los patios de las comisarías de pueblo donde la presencia policial (todavía) no se ha convertido en el panzer represor que los agentes del orden, escafandras y lanzagases mediante, conforman en las grandes ciudades, en adyacencias de supermercados y tiendas de electrodomésticos.

En derredor de los centros comerciales, en los depósitos que ocultan la comida inaccesible para los argentinos desplomados en el fondo de los indicadores de pobreza, el aire se corta con cuchillo, en especial cuando atardece y las facciones más temerarias de los que han perdido hasta la última esperanza vacilan entre seguir pidiendo limosna en los semáforos o lanzarse con el rencor entre los dientes hacia el apoderamiento de todo eso que una vida paupérrima les ha negado.

El presidente Milei viaja al Norte. Se entrevista con los dueños de los dólares para rendirse a los pies del mercado. Ha roto relaciones diplomáticas con Brasil, con China y con el Vaticano, la trilogía de enemigos a los que condenó desde antes de las elecciones, mientras era vivado por las multitudes que ahora esperan que despliegue su mentado plan económico de imponer el billete norteamericano como reserva de valor. Cual espada mágica para derrotar al monstruo inflacionario que, sin embargo, vive y colea.
Estados Unidos espera que el agua le llegue al cuello y finalmente le dice que sí, pero que a cambio deberá disponer de todos los recursos naturales con que cuenta la Argentina para que sean canalizados a través del aparato digestivo del Tío Sam, que se nutrirá de litio, gas, petróleo y commodities en un trueque de matriz usuraria: solamente si Milei acepta todas esas concesiones proporcionará la logística para una dolarización a la ecuatoriana, donde el salario mínimo es de 450 dólares pero el litro de nafta cuesta 2.75 dólares.
El “lujo” de andar en auto se ha convertido en prerrogativa de una minoría. Mareas de motos chinas de baja cilindrada son arrumbadas en los desguaces porque ni siquiera alcanza para mantenerlas en funcionamiento. Algunos “visionarios” las adaptan como base para fabricar sus propios “rickshaws” y transportan pasajeros en patas, sobre pavimentos ardientes y rajados por la falta de recursos coparticipables que impide a las provincias y a los municipios remendar calles y rutas. Como en la Indochina del “Americano Impasible” que reflejara Graham Greene, sobrevivir agudiza el ingenio y la desesperación se impone a la razón en un recientemente creado mercado de órganos humanos. Allí, una madre de 5 niños “dona” su riñón al hijo de un acaudalado terrateniente, que paga lo suficiente para que la mujer tape los agujeros de su techo y llene la alacena.

En el otro extremo de la pirámide social los productores de soja, girasol y trigo exportan en mejores condiciones que nunca, favorecidos por un escenario internacional conflictuado por las guerras. Comienzan a entrar millones de dólares al país pero como ya no hay Banco Central que regule la política monetaria, la distribución de la riqueza depende del mentado efecto derrame, es decir, de las virtudes autorregulatorias del capitalismo, al ritmo que la exclusivísima libertad de los generadores de esos negocios deciden volcarlos al mercado interno, ya sea mediante la incorporación de maquinaria o mediante la contratación de trabajadores en nuevas condiciones: precarias y sin derecho a indemnización.

El Estado se reduce a 8 ministerios que no imponen regulaciones sino que simplemente gerencian el devenir transaccional del sector privado. El presidente cumplió con su promesa de eliminar los impuestos porque eran un robo institucionalizado a los que producen divisas en la Argentina. Y como las escuelas, la universidad y los hospitales siguen en manos del Estado pero dependen de un sistema de arancelamiento que combina vouchers con las posibilidades de pago de alumnos y pacientes, sus capacidades de responder a la demanda de educación y salud se han reducido a la mínima expresión.

Internarse en un hospital después de un accidente con fractura expuesta cuesta lo mismo que en Ecuador, es decir unos 10.000 dólares por un tratamiento de alta complejidad que incluye la implantación de una prótesis para que la persona lesionada pueda volver a valerse por sus medios en el mundo del trabajo donde ya no se imponen las reglas de la vieja legislación laboral sino la relación ramplona y arbitraria que caracterizaba a los patrones del siglo XIX, cuando la Argentina se convirtió en potencia gracias a un modelo agroexportador que alimentó al mundo a costa de pagar los peores jornales de Latinoamérica.
Los desvalidos, los imposibilitados de acceder a la formación universitaria, los apremiados por la necesidad de parar la olla aunque deban resignar aguinaldos, aportes jubilatorios, descansos dominicales y volver al viejo régimen del trabajo semiesclavo de sol a sol, aceptan las nuevas condiciones. Lo hacen porque si rechazan ese puesto que acaban de obtener, detrás de ellos hay una decena de interesados en hacer lo mismo por menos dinero incluso.

Mientras tanto la Argentina sigue exportando productos primarios sin agregados de valor. El Estado se redujo a las funciones de seguridad y justicia. En números macro, la Argentina ha vuelto a ser una potencia económica con potencia productiva para alimentar a medio mundo. Ha vuelto al siglo XIX.

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