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Juan José Folguerá o la “respuesta que es otro interrogante”

Domingo, 25 de junio de 2023 a las 01:00

Por Rodrigo Galarza

Especial para El Litoral

Nació en Corrientes en 1940 y falleció en Buenos Aires en 2004. Poeta, traductor y ensayista. Vivió en España durante veinticinco años donde publicó los poemarios Saberse río, Las espuelas, entre otros. En Argentina publicó Digo los nombres, Regresos, Caballito de hierro.

En el 2021 la editorial correntina Moglia, con el auspicio del Instituto de Cultura, publicó Juan José Folguerá mi hermano poeta de Stella Maris Folguerá, un fundamental acercamiento a la vida y obra del poeta, escrito deliciosamente por su hermana, y prologado por Gustavo Sánchez Mariño.

Baste con recordar esta afirmación del poeta para luego adentrarnos a uno de su más célebres poemas: “La poesía no es representación ni imitación de la vida al modo pictórico, sino que vida humana y poesía son una y la misma cosa, puesto que idéntica ley de misteriosa aparición y desaparición súbitas rige a ambas y, en el medio, el destello de la conciencia”.

Itá Pucú

A Alfredo Mariano Garda,

yo sé por qué.

y a René Borderes, 

él sabe por qué.

Hace ya mucho tiempo,

cuando mi corazón no sabía de amores,

cuando el imaginario amor era imaginado

como una beatitud sin límite preciso,

sin contrapesos ni contrapartidas

en dolor o distancia,

vi en un fresco amanecer salir de entre las últimas

oscuridades aquel gran pedrusco

que Itá Pucú se llama,

a contraluz de un cielo ya pálido a Naciente.

Sentí que Itá Pucú podía ser un poema, y escribí

unos cuantos renglones en los que poner quise

mi idea (imaginaria: no tenía otra) del amor

a la tierra natal. Y fue un fracaso, porque

amar no es solamente nombrar lo amado, sino

cavar en ti hasta donde aquello que tú nombras

sea tu íntimo nombre. Y no dicho, en realidad, por ti:

tu voz es siempre poca:

¿Quién eres tú, el amante, si te mides con el objeto

-persona, o cosa, o sueño- de tu amor?

II

y ahora querría yo saber a santo 

    [de qué viene

Itá Pucú al recuerdo como una forma informe

que no percibo bien: no alcanzo a verla,

tengo, si acaso tengo, la difusa memoria

de una sensación de haberla visto allá

(en mis adentros digo amoité, 

    [que se traduce

por allá lejos, pero

me resulta, a la vez, intraducible) 

Y me pregunto

qué me quiere en invierno y en Sevilla

aquel índice erguido del verano, aquella piedra enhiesta

-y cuándo: ¿hace treinta y cinco años, treinta y ocho?-

sola en una llanura que comienza a ondularse,

que aún es Corrientes pero que ya empieza

a querer ser Paiubre y Entre Ríos.

Es un faro al revés: emite sombra,

intermitentes rayos de tiniebla

III

Me pregunto: pregunto a la suma que soy

cuál sumando no intuye, sino sabe. Sospecho que aquel hermano joven

que yo maté, para seguir viviendo, tiene

ahora la respuesta. Oh adolescente flaco, casi un niño

ahogándose en las líneas del cuaderno,

ignorante absoluto del asesino que iba a ser para él

este yo mío que ahora le devuelve la mirada

no en el espejo, en una fotografía amarillenta. El fue quien sintió el frío

agradable del alba, él quien olió

los olores del alba, quien no oyó los sonidos del alba.

Dormían los otros (eso creía él entonces)

y él caminaba ya la hierba húmeda

fijos los ojos en la sombra enfrente, esperando el momento

de manifestación de Itá Pucú: moviéndose hacia ella, atraído por ella

como dicen que atraen ciertos pájaros

con su canto a las presas que se comen.

Pero la piedra no habla, ni mucho  menos canta:

no hay en ella ni oráculos ni historia,

y cómo habría destino.

La oscuridad pasaba a ser penumbra,

la negrura a azul hondo, a índigo, a púrpura,

e Itá Pucú se separaba de ella

con finalmente un trazo de rojo allá en su cúspide.

Y él ¿qué hizo: mirar, miró, miraba,

miro yo ahora mirar a quien no existe?

¿O solamente miento -quiero decir mentar, y no mentir-

lo que no fue pero debió haber sido?

IV

Ah preguntas preguntas preguntas. No hay sino preguntas,

toda respuesta es otro interrogante

en un ciclo (con fin) de sucesivas

muertes impuestas por la edad. Esto lo entiendo,

o eso me parece. No asombra -¿verdad, padre?-

que un corazón de carne se detenga: maravilla el latido,

el percutiente ritmo que es reloj

y, por reloj, memoria, inteligencia, voluntad, cabello

muy delgado y muy recio -hasta que cede-,

que muertes ata en tramos de procesión imperceptible.

y a eso -¿verdad, padre?- le llamamos

la vida de cada uno.

V

Amoité Itá Pucú y amoité el niño

como amoité el cuaderno.

Faro al revés emite sombra, lanza

intermitentes rayos de tiniebla.

Pero con qué seguridad me guía

más que la luz a un verde paraíso

de húmeda hierba y cielo de Naciente:

ése que él -yo- buscaba. Quizá juntos,

si tengo su perdón,

llegaremos al pie de la alta piedra

que ahora -invierno- me busca.

y en Sevilla.

(de  “Las Espuelas”, Sevilla, 1994)

Tumbas esenciales

Para desjarretar el cielo, vengo

con púas de calor en la cintura.

Soy correntino; soy astilla dura,

calcinada en la luna que sostengo.

Mi heráldica es lapacho,  mi abolengo

agraria sangre, polvo y quemadura. 

Sube de campesinos mi estatura.

A nadie le he quitado lo que tengo.

Canto rodado el canto de mi boca;

llevo en crecientes ríos sementales

que manan juntos de la misma roca.

Vivo buscando tumbas esenciales,

y hago todo la parte que me toca

de mi tierra, sus bienes y sus males.

Hombre del tabaco

(a Armando Torres)

Si fuera la verdad cuanto presencio

desde el agua de muerte que me empapa;

si el alma que me niegan se me escapa

otra vez hacia surcos de silencio.

Si el señor a quien pido y reverencio

conoce mi dolor, pero me atrapa

con su puño infinito, y urde el mapa

durmiendo ajeno donde me aquerencio,

entonces arderé como el tabaco

-hombre- humo triste, vendaval bellaco

pero también ultraje y vilipendio

para curar la llaga en mi tobillo

convirtiendo mis huesos en gatillo

y mi oscuro perfil en un incendio.

Palabras del cimarrón

Busco dentro de mí la voz que tuve

-trueno de barro, trino que me falta-,

la simultáneamente ronca y alta

vena de poesía que sostuve.

Estoy, por fin, en donde siempre estuve.

y cuando,  niño, el corazón se exalta, 

más de una vida el corazón asalta

y llanto al corazón del hombre sube.

Y no quiero llorar, quiero que el canto

me raje el pecho así como solía,

cortando en vivo de la piel al hueso. 

¿De qué me sirve haber andado tanto

si no es ésta la voz que yo tenía, 

si no soy libre porque no estoy preso?

(de “Digo los nombres” , 

Corrientes, 1999)

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