Por Gisela Colombo
Licenciada en Letras - UCA
Escritora
Especial para El Litoral
Existe una creencia extendida en que la originalidad determina la altura de un artista. La idea popular que prevalece es que la originalidad determina tanto la calidad de una obra como la marca de un hacedor. ¿Es realmente así?
Quizá lo recomendable sería someter a juicio esta visión.
No hace falta más que una simple retrospectiva para notar que aunque nadie dude de que la innovación es lo que se espera de un artista, esa idea no parece haber estado presente en otros momentos históricos y mucho menos como motivación fundamental.
Un error de revisionismo de los más habituales es aplicarle ideas modernas a un periodo pasado que ni siquiera habría podido comprenderlas.
Edad Media
Está claro que la originalidad no constituía el propósito fundamental de esos hombres que apenas podían aspirar a ser artesanos y huir, con ello, de las labores rurales que desarrollaban para los Señores. Es que el hombre medieval tenía conciencia de vivir en un mundo derruido por la disolución del poder central y por las luchas permanentes a las que estuvo sometida la región de Europa occidental. Las escasas manifestaciones del genio pictórico, escultórico, arquitectónico, poético, tenían como referentes de autoridad, productos de la Antigüedad romana.
Pero con los siglos fueron perdiendo familiaridad con la cultura antigua y emergió el arte icónico.
En las artes poéticas, conviviría con esa tendencia la tradición más que reglada de la poesía provenzal que, en boca de trovadores, juglares y clerici vacanti que iban de feudo en feudo recitando salmodiaban a las mujeres reales como si de ángeles se tratara.
El resto lo desplegaba la imaginación dinámica del espectador, suficientemente estimulada por los temas espirituales y los destinos escatológicos que aguardaban más allá de la muerte. Se trataba de asuntos que estaban en el aire de las sociedades de entonces.
Renacimiento
En ese contexto, la tónica no era concederle relevancia a la fama del artista. Ni a su firma. Pero la originalidad que no ejerció ningún hechizo sobre los consumidores del arte medieval, al llegar el Cinquecento, comenzó a valorarse. El humanismo que ganó fuerza en Italia especialmente durante los siglos XIV y XV se propuso recuperar los métodos, temas, tópicos, motivos, recursos, que no se hacían desde muchos siglos antes. Cuestiones que las civilizaciones antiguas practicaban con toda pericia.
¿Qué otra cosa renacería, si no, en el Renacimiento? El arte, las normas de la poética y las técnicas se fueron recuperando; sobrevino por primera vez una reminiscencia de la Antigüedad Clásica griega y romana, que se dará en otros periodos posteriores, que exhiben aspiraciones clásicas.
La pregunta que se impone es ¿cómo impacta este cambio cultural en las nuevas sociedades?
Barroco
El Barroco, movimiento que es estéticamente una continuación del Renacimiento, rompe con la ilusión de dominar el entorno por medio del saber humano. Es la reacción a la incapacidad de una ciencia empírica en pañales, que no acierta a combatir eficazmente la epidemia de la viruela.
Por otra parte, las sociedades estaban sumergidas en luchas intestinas por cuestiones religiosas. Lutero había planteado sus objeciones a la Iglesia y las había exhibido en el portal de una de ellas. La Iglesia de Roma, en vista de la diáspora que se estaba dando en su redil organiza un programa de “Contrarreforma” en el que se deliberará y fijará el dogma. ¿Qué tiene esto que ver con la originalidad del arte?, se preguntarán.
La Iglesia ordenará sus esfuerzos a difundir esas verdades en la población. El arte y los artistas serán entonces los encargados de difundir esas verdades de fe. Y los Papas y la mismísima Institución, los mayores mecenas de la historia.
La novedad es que los creadores de renombre lograban vivir de su talento si eran hábiles al transmitir verdades complejas, mediante la imagen, e hiriendo la intuición del hombre común. La victoria de un artista comenzó a medirse de acuerdo con cuánto circulaba su nombre en la calle y cuántas obras suyas colgaban de las paredes de algún palacio ostentoso.
Basta con pensar en los artistas de Renacimiento y Barroco para que vengan a la mente Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel Buonarotti, Rafael de Sanzio, Tintoretto, Velázquez, etc. etc.
Algunos relacionan la originalidad con el Romanticismo, de fines del siglo XVIII, que sostenía el interés por reflejar aquello que salía de la norma. Algo de rebeldía contra el racionalismo de la Ilustración, quizá; no extraña entonces que desde el aspecto personal de los poetas hasta el tenor de su actividad poética hayan sido diseñados para escandalizar.
Aunque –deberíamos haber comenzado por aquí– desde el punto de vista filosófico, la originalidad es una especie de imposible. Veamos por qué:
1. Nadie crea ex nihil, es decir, de la nada. Siempre hay una visión o un objeto que desencadenan la inspiración del artista. En la mayoría de los casos, el creador sólo habrá de torcer un poco la perspectiva o cambiará el contexto en que lo presente.
2. La larguísima historia de producciones artísticas impide que un producto sea completamente original. Lo único que sí sucedió y seguirá sucediendo es que el creador pueda desconocer esa tradición y creer en su originalidad. Eso no lo convertiría en mejor artista sino en peor crítico de su propio arte.
3. Al decir de algunos filósofos o psicólogos, las imágenes que se despliegan en el arte perviven y se transmiten de generación en generación como se hereda el color de los ojos. Jung incluso hablará de un acervo cultural profundo al que denomina “inconsciente colectivo” y casi es una carga antropológica irrenunciable. Allí viven, por dar un ejemplo, las estructuras de aprendizaje e iniciación propias del camino del héroe, de lo que llaman los alemanes el “bildungsroman” y los mismos rituales de iniciación de grupos secretos, que suelen ser llamativamente similares en culturas muy distantes. Ni hablemos de los mitos y sus versiones inexplicablemente mellizas.
4. La comparación con los componentes del ADN puede echar luz sobre el asunto. Los componentes son siempre los mismos, incluso el hombre comparte algunos con ciertos animales. Sin embargo, no existen un hombre o una mujer idénticos a otro. La combinatoria de esos elementos es lo que hace que cada criatura sea diversa y única. Con la misma lógica, cada obra artística pone en juego el mismo universo técnico, los mismos recursos, las mismas ideas esenciales. No obstante, todos son distintos. La particularidad asequible es ésta, la de una combinación única de los elementos comunes a cualquier otro producto aunque en diferentes proporciones.
5. Con el paradigma de la deconstrucción y el desvío de los estudios estéticos desde la belleza a la originalidad, hoy sólo se mira hacia adelante. Un positivismo de las artes que desconoce al “gigante”, cuyos hombros nos sostienen si lo conocemos. En efecto, si Bernardo de Claraval no erró: quien se sube a los hombros del gigante de la tradición y la historia, ese edificio del conocimiento humano, adquiere su visión como punto de partida. Eso le permite un panorama infinitamente mayor que el que sus propios ojos pueden atrapar.
A Borges le interesó explicitar este asunto en un cuento llamado “El otro”, en el que él, su personaje Jorge Luis Borges, se topa con un desconocido. Pronto termina comprendiendo que es él mismo a otra edad. El joven con quien conversa dice estar en Ginebra, sentado frente al río Ródano. Él, el anciano, está en cambio en Cambridge.
En ese contexto el mayor asegura que no existen metáforas nuevas, no hay posibilidad de crear nada nuevo. Ni, naturalmente, de crear de la nada. El joven se indigna con esa afirmación. No quiere saber que no habrá de inventar algo novedoso por más que se esfuerce. Simplemente, elegirá entre seguir conscientemente el estímulo de una obra anterior (intertextualidad o referencia tácita) o inconscientemente recreará algo que no recuerda haber visto o vio a media luz.
En ambos casos, continuará y estará respondiendo a estímulos anteriores que también dieron lugar al referente inspirador. En la ciencia ocurre de igual modo, eso explica que en dos puntos distantes del globo se invente al mismo tiempo la bombilla eléctrica o el teléfono, por dar dos ejemplos. La ciencia anterior (el gigante) había dejado sobre la mesa todas las herramientas necesarias para que varios entendidos pudieran anudarlas en un moño científico.
Se ha dicho muchas veces en el ámbito de las artes que todo vale. Un inodoro “instalado” en un Museo será innegablemente artístico. Al menos eso plantea nuestra contemporaneidad. O cortar papelitos de colores por cientos de miles y subir al edificio Cavanagh y arrojarlos de allí en una tarde ventosa también se tilda de arte.
Si la premisa fuera la originalidad, estaríamos de acuerdo. Pero, ¿acaso lo es? ¿Cuántos niños habrán hecho un juego similar? ¿Son todos ellos artistas? ¿Dónde está el ingrediente eterno, el detalle que rebasa lo humano, la señal innegable del arte, en medio de la fugacidad?
Y en la circularidad de este planteo, ¿Es la originalidad realmente lo que ha de buscar un artista?