Por Juan Carlos Battilana
Especial para El Litoral
n Guillermo fue siempre muy especial, desde que nació. No se destacó por su inteligencia, sin que esto le impida hacer amigos y compañeros entrañables, y terminar la secundaria un poco más tarde que el resto. Tenía una gran contracción al trabajo, y una responsabilidad rayana en el fanatismo. Se desenvolvía muy bien solo como vivía, y sus magros ingresos, con ayuda de su madre, no eran un obstáculo para su inclinación por el ahorro y algunos pequeños lujos como cambiar de bicicleta (tenía dos, una de ellas solo para trabajar) y comerse unos chorizos regaditos con cerveza el día de su cumpleaños.
Dueño de un carácter fuerte que se evidenciaba sobre todo en algunas rencillas de entre casa, era sin embargo un pacifista de alma, incapaz de terminar incluso con el azote de los hijitos de puta que le cascoteaban el techo, o le robaban la fruta del banano del jardín, o le rompían la puerta del medidor, ante la mirada indiferente de un barrio que no merece tener nombre.
Deportista de alma, el club era su casa grande, donde había su sempiterna presencia silente, que en verano se extendía desde muy temprano en la mañana hasta ya caída la noche.
Destacó así en la natación y el remo, alcanzando medallas y trofeos que guardaba con merecido orgullo.
En el cajón de las derrotas anotaba: su padre desaparecido cuando pequeño, y –casi una promesa- conseguirse una novia.
Su hazaña: una mañana de febrero, terminó temprano el reparto del trabajo, y ya en camino al club, en bicicleta (la de salir, por supuesto), se fue al cielo.
Advierto al lector que la versión del camionero y el parte policial contradicen este cuento. Pero es porque no conocieron a Guillermo.