Escuchó don Ruperto que nuestro pueblo Empe drado tiene una maldición? dicen los que saben, profesores ko son”.
“No creas en supersticiones Tolentino, son habladurías de los ilustrados, como les gusta que le llamen, pura cháchara nomá”.
“Ah no sé, pero dicen ko é cierto, viene de una antigua cruz de don Felipe Olivera, ese muerto viejo ndayé no se sabe si existe su tumba o dónde pá está enterrado, el cura anda diciendo que va hacer una procesión con una campana”.
“Tolentino está bien la procesión, pero lo de la campana le huelo a yapú (mentira). Volá a trabajar porque tu patrón te va levantar en peso, fuera”.
La conversación nació de los corrillos que por Empedrado circulaban a la velocidad del viento, Sosa le dijo a Lezcano, éste a Domínguez, siguió Ramírez y continúa dándole vuelta con los agregados que cada uno aporta.
“¿Qué pá é la campana?” preguntó ingenuamente María a su padre maestro de Escuela.
Corrigiéndole: “¿Qué es la campana? preguntarás, traé el diccionario”. Ambos leyeron: “Instrumento cóncavo de metal de la figura de una copa boca abajo, que tiene en el medio una lengüeta con la que se le hace sonar, y sirve principalmente en los templos para avisar al pueblo que acuda a los oficios religiosos” (Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia por don Joaquín Escriche. Edición 1920).
El exigente padre le encomendó a María la lectura del texto del mamotreto, aclarándole que le iba a preguntar sobre el contenido, la niña con un gesto de no me gusta se dispuso a la tarea, sin chistar.
Ruperto llamó al maestro que iba camino a su escuela, planteándole el asunto de la maldición, la procesión y la campana. El docente con la humildad de siempre expresó: “Hay muchas cosas que escapan a nuestro entendimiento don Ruperto, el cura sabrá explicar mejor” y se marchó.
La escuela era un hervidero, directivos, docentes y personal administrativo participaban de las noticias que corrían por el poblado, cada uno aportaba lo suyo, al final concluyeron que el único que podía explicar el asunto era el sacerdote Luis. La mayoría acordó ir al templo a escuchar la explicación de la Procesión de la Campana como la llamaban.
La misa de ese día estuvo destinada a consagrar una campana de bronce vieja como el tiempo mismo, tenía la tarea mayúscula que le encomendaría el cura en la procesión del domingo a la mañana.
Se apersonaron los docentes y otros ante el presbítero Luis, hombre de canas, experiencia, de gran sabiduría, tenía sus secretos pero de eso no se hablaba, era el sacerdote y listo, asunto cerrado y sellado.
No faltó ninguno, es más se agregaron otros ilustrados pueblerinos, ante la multitud el clérigo habilitó el templo para mayor comodidad de la asamblea pueblerina.
El clérigo Luis con voz potente comenzó diciendo: “La creencia en la maldición de Felipe Olivera estaba generando apariciones de espíritus en muchas casas de Empedrado según dicen, para calmarlos es preciso hacer una procesión que debería dirigirse a los cementerios del pueblo, al lugar de los antiguos asentamientos (dormitorios hasta el juicio final) porque eran varios los conocidos, como así también al actual cementerio. Uno se halla ubicado en la manzana de la antigua iglesia el cual estuvo activo hasta 1880, ubicado en 9 de Julio y San Martín, donde se encuentra hoy la Iglesia de Nuestro Señor Hallado, los muros y jardines formaban parte del camposanto, fue habilitado en 1827 por el cura Luciano Alfonzo y duró hasta 1865 porque quedaba en el pueblo pero, por razones de salud, debía trasladarse a otro lugar. Fue así que se compró un terreno a un tal Dansey, la necesidad surgió desde 1873 pero recién se adquirió el inmueble en 1888, a partir de ese momento se habilitó el nuevo donde se presume fueron trasladados los restos”. El interrogante no se hizo esperar: “¿Fueron todos?”
“El cementerio estaba ubicado en la manzana de Mendoza, Belgrano, Alsina y Tucumán, donde actualmente se halla el hospital “Jaime Mario Dávila” ya secularizado,
dejó de ser católico. Hasta 1926 el actual de San Roque, está ubicado entre las calles Montevideo, Paso de los Libres y Goya, hoy con un acceso sobre San Juan, ex vía del ferrocarril”.
“En ese entonces se les entregaba a los dueños de tumbas y panteones un terreno en el nuevo cementerio, debían gestionarlo dentro del plazo de un mes, si no lo hacían el personal trasladaría los restos al osario común del San Roque. ¡Cuántos quedaron sin ser trasladados, solo algún dios lo sabrá! El portón decía “1898”, un gran historiador empedradeño de apellido Vallejos dio la nota curiosa, respecto del antiguo cementerio, una larga perorata que poco interesaba a los presentes”.
Continuó: “No hay que olvidar el cementerio de la Sagrada Familia propiedad del terreno de doña Eloísa Torrent de Vidal, allí se dice fueron enterrados muchos de los caídos en la batalla del Tabaco, bañada por la sangre de los correntinos por diferencias de colores e incomprensión”.
Quedó Luis en silencio un rato y luego retomó su alocución: “No debemos descartar algunos lugares que fueron cementerios clandestinos como los de los disidentes o suicidas, que algunos dicen conocer, que se hallan en los límites del pueblo también visitaremos, porque los espíritus no dicen de dónde vienen, me preocupa mucho que personas serias me informen que les aparecen espíritus en sus hogares, fantasmas, espectros, lémures o lo que fueren, rondan por nuestro querido Empedrado, sé que algunos tomarán a mojiganga lo que digo, no es el asunto creer o no creer, la cuestión se liga con estos espíritus que piden que los guiemos, se hallan desorientados, no sabremos nunca si fueron los olvidados, los del osario común, o los motivos por los que se desató esta tormenta espantosa que me obliga a exorcizar nuestra ciudad.
Entre la concurrencia se produjeron reacciones diversas, en algunos una risa despectiva, en otros sus rostros mostraban la seriedad de lo confuso, los más asentían dando su confianza al sacerdote, en suma “dividida” la votación, diría un paisano tirando tiros al aire.
Al semblantear su público mucho mayor que el esperado, Luis espetó: “A doña Petronila que vive frente a la plaza, creyente indiscutida, el espectro le manifestó que el Olivera encabeza el levantamiento, ustedes saben que este hombre murió hace muchos años, cientos diría yo, reclama
la cruz que halló en un árbol marchando de promesero a Itatí, nuestra cruz del señor Hallado, afirma que se la robaron. No puedo dejar de atender a una feligresa como ella, algo tengo que hacer, otros bajo secreto de confesión me expresaron el tremendo julepe cuando advirtieron a un fantasma entre transparente y brilloso a la vez que le reclamaba la cruz del pueblo”. Un rumor se expandió entre la concurrencia, algunos con susto digno, otros tomaron para el churrete, algunos con incredulidad manifiesta.
Alzando la voz el sacerdote propuso: “Por eso sugiero la procesión del próximo domingo, donde todos marchemos juntos al sonar de la campana, que esta vez no es para llamar a misa o advertir problemas, tocar a muerto, sonar a alegrías, sino sus repiqueteos serán para guiar a los espíritus por la senda final, con respeto, creamos o no, pero recuerden que muchos pueblos siguen usando este elemento para tales fines, sólo se prohíbe su uso cuando hay pestes”.
Algunos se marcharon antes de terminar, otros apoyaron la decisión, todavía estaba por verse si la convocatoria resultaba.
El caso es que algunos vecinos aparecieron el sábado por la tarde en la iglesia, con campanas de bronce de distintas formas, lo que motivó que el sacerdote bendijera todas, a lo que sumó un entrenamiento para el sonido, el tañir debía ser similar como el de los cencerros de los animales que guían al ganado.
Esa noche de sábado los espectros volvieron a hacer de las suyas, los que estaban en desacuerdo con la decisión de pronto vieron en sus casas apariciones, el miedo los paralizó, se diría que había una revolución de lémures olvidados en los viejos enterratorios, no todos fueron trasladados era evidente.
Uno de los más acérrimos opositores como don Julián observó en su sillón, cómodamente sentado a un lémur con un sombrero viejo y raído que le hacía señas, corriendo sacó una campana de plata de sus ancestros para bendecirla el domingo temprano antes de la peregrinación y se convirtió repentinamente por el susto digamos.
Muchos indecisos cuando advirtieron que don Julián participaba de la empresa, se sumaron inmediatamente, por si acaso nomás.
El domingo temprano el cura anduvo bendiciendo y dando indicaciones a muchos con sus campanas, sobre el sonido acordado.
Lentamente a las once de la mañana el grupo humano salió con el sonido melancólico de las campanas, al frente cual bastonero el sacerdote imponía los toques y tañidos, fue digno de admiración la multitud que se reunió. En el orden indicado recorrieron los dormitorios de los muertos, los habilitados, los no habilitados y alguna tumba solitaria dentro del ejido municipal.
Numerosos de los que participaron de ese evento, juran y rejuran que detrás de ellos caminaban sombras de distintos tamaños, grandes, chicos etc. “¿Serán pá los fantasmas papá?”, preguntó María al maestro, éste serio la hizo callar.
Cuando visitaron el último lugar Luis bendijo a la multitud de los pobladores, súbitamente se dirigió hacia un espacio vacío, al menos para algunos, para otros estaba ocupado por los espectros y los bendijo, prometiéndoles que durante un año rezarían en sus memorias perdidas en las oscuras páginas no escritas de la historia.
Con voz enérgica pidió perdón al espectro del señor Olivera por si hubiera alguna culpa que purgar, reiteró las disculpas varias veces, le hizo saber que su cruz estaba a buen resguardo en la iglesia del pueblo, que era suya y podía visitarla cuando quisiera. Hubo un aplauso cerrado espontáneo de la multitud para don Olivera muerto hacía cientos de años.
Una cantidad de sombras apareció dirigiéndose hacia el sur, encabezados por una que iridiscente las conducía hacia un cono de luz, dicen los arandú (sabios) que era don Olivera.
Pasado ese momento de asombro, estupor y un poco de miedo el sacerdote habiendo logrado su objetivo al frente de su pueblo, sugirió hacer sonar las campanas con alegría, como si fueran músicas celestiales, se inició el repique que fue imitado por todos convocando a los ángeles de la guarda.
Los espectros dejaron tranquilos a los pobladores desde ese día, al menos hasta que se autoconvoquen, vaya uno a saber porque hay gente aygüé kó (mala) que le gusta molestar a los difuntos, chaque chamigo que no es bueno.