n Imprevistamente una noche aparecieron los otros dos, con aire de sospechas. Florinda los reconoció al instante, venían acompañados de tres amigos. Olían a policías a la legua les faltaba exhibir las placas, fueron atendidos gentilmente, bebieron, hablaron, preguntaron, observaron, nadie sabía nada.
Uno de los delincuentes compró una ficha para pasar con Margarita, algo intuía. Ella coqueta, hermosa, lujuriosa, lo acompañó haciendo señas a sus compañeras de
trabajo como era habitual. Como experta en el amor, aprendizaje a base de experticia pura le dio un trato especial, dejó sus humores varias veces, no le cobró ningún peso más. “Te lo regalo”, le dijo para sorpresa del idiota.
Logró que el hombre quedara loco por ella.
A sus preguntas respondía que no sabía nada, que hablara con la madama. Esa noche el canalla se enamoró perdidamente de la flor, su situación de casado en la sociedad
pacata le impedía cualquier jugada irregular, pero… el amor juega a las escondidas o al ajedrez. Jaque mate.
Los milicos indagaron hasta la cantidad de alimentos, papel higiénico, etc. Todo se hallaba dentro de los valores normales, eso sí ni rastros de los desaparecidos.
El quinto no bebió ni utilizó ningún servicio, miraba, observaba ante la mirada atenta de Florinda que si podía fulminarlo con los ojos lo haría.
Esa noche el espíritu de Ana les advirtió que tuvieran cuidado, estaban en la mira de la policía y del quinto.
Margarita comenzó a recibir la frecuente visita del cretino, cada vez más metido con ella. No le gustaba, era un asqueroso e hipócrita. Ante el evento le propuso al galán
que se vieran fuera del burdel, que la esperara en la estación del ferrocarril del Nordeste Argentino un miércoles a la tarde, ella iría vestida de negro con sombrero de igual color y cubierta la cara, le recomendó que no hablara porque si se enteraba la madama la echaría a ella pobrecilla y a dónde iría a parar. El enamorado aceptó al instante, tenía tal metejón que ni siquiera razonó, el amor lo destruiría.
El día del encuentro del que nadie sabía aparte de él, ni su socio; la candidata vestida formalmente era totalmente desconocida, ni los del barrio que trabajaban por allí la reconocieron. Subieron a un coche de los primeros vehículos automotor, se dirigieron al Bañado Norte, bajaron cerca del cementerio donde se hallaban los padres de la cortesana, fueron a la arboleda, el enloquecido galán observó cómo debajo del vestido negro aparecía una Margarita de rojo, con peluca de igual color, se lanzó hacia ella, para su sorpresa lo recibió una puñalada justo en el corazón, cayó mirando atónito el final de su existencia, sin embargo escuchó que su asesina le decía: “No vas a violar a nadie más hijo de perra”.
El cuerpo fue hallado al día siguiente, algunos que vieron pasar a la pareja describieron a una mujer de negro con sombrero, no la vieron volver por lo que suponían que se dirigió al río o hacia el Este. Nadie reparó en una vestida
de rojo, con pelo rojo, bolsón rojo… roja la sangre que vertió su puñal asesino.
Esta vez el burdel mantenía su calma.
El quinto seguía dudando, como si oliera a pescado podrido al visitar el burdel, afirmaba a la policía que allí estaba la clave. No se equivocaba el bellaco, sin embargo carecía por completo de pruebas, las declaraciones de los guardias del local fieles hasta la muerte, era coherentes, no había ninguna contradicción, odiaban tanto a la policía como a los patricios que los destrataban y maltrataban, las trabajadoras sexuales llamadas prostitutas o lobas tampoco sabían nada, además el jefe de la institución recibía todos los meses su sobre para proteger el quilombo, que se dejara de joder el infeliz ése.
Los enterrados en el sótano pedían perdón, gritaban, pero sus voces rebotaban en las paredes, más los enloquecía. El girar constante del molino que proveía de agua borraba los sonidos, chirridos que se extendían a la lejanía; imploraban piedad, las chicas más el espíritu de Ana los aterrorizaban. Demacrados, barbudos, rogaban una sonrisa, una revista, un libro, obtenían por respuesta la nada, absolutamente nada, la sugerencia del espectro era quítense la vida con las cadenas, los espero yo del otro lado no se hagan ilusiones.
Para coronación del horror una noche vieron corporizarse a su amigo asesinado con cara de espanto, con el puñal en el pecho. Les contó con voz de ultratumba lo que le sucedió con una mujer que amaba; sin dar nombres, lloraba a mares por su amor y su asesina, los otros lloraban a coro con él.
El quinto que andaba suelto una noche cualquiera ob
servó en su casona céntrica fruto de negocios espurios, de allí su conocimiento de la fortuna de Samuel, que ante él se corporizaba un fantasma. Ana entre negro y rojo, resplandeciente con ojos vacíos en sus cuencas le apuntaba con el dedo, quedó petrificado, lentamente la copa de cristal del coñac estalló contra el piso, su mente se nubló para no volver jamás a su estado normal, balbuceaba la carga de sus pecados, fruto de su pésima conducta ingresó a un túnel oscuro y terrorífico, quedó en este mundo físicamente, pero espiritualmente se fue al mismo infierno en vida. La familia quedó espantada, sus gritos molestaban a la vecindad, lo encerraron en el loquero –como se llamaba entonces– por la calle México, que era la periferia lisa y llana, tras un alambrado mostraba sus miserias a su esposa, hijos y otros parientes.
Un diario de ese tiempo daba cuenta del patricio que enloqueció, gritaba “¡Hay un espectro que me persigue!”,
la foto con camisa de fuerza salió en primera plana. La publicación llegó a manos de los soterrados con la condición que leyeran y lo devolvieran, bajo pena de privarles de comida cuatro días, el estado de ánimo de los violadores cayó a lo más profundo de la desesperanza.
Una noche de noviembre hubo una fiesta en el prostíbulo, pasados unos años se enteraron las gringas que los sujetos encapsulados fueron declarados muertos, presunción de fallecimiento ndayé, sus mujeres habían reiniciado
sus vidas con otros sustitutos. Muerto el rey viva el rey.
Ana desde su mundo sobrenatural se encontró con Ricardo que había fallecido, éste le reprochó duramente su obrar, “Debes enmendar lo que hiciste”, le disparó sin darle tiempo a nada.
Entre luces de colores, música de arrabal, las parejas bailaban en la casa del lenocinio, las hermanas evidentemente habían encanecido especialmente Florinda, rondaba los cincuenta años, de pronto sintieron la necesidad de reunirse en su habitación.