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Inguma

De Moglia Ediciones.

Sabado, 18 de abril de 2026 a las 19:47

Con los sueños hechos trizas, las esperanzas muertas, debían abandonar la tierra de sus padres, abuelos de otros ascendientes lejanos; una promesa de la antigua colonia del Río de la Plata los llamaba prometiendo paz, trabajo, educación y progreso. Se llamaba, llama y llamará Argentina tierra de promisión. 
Mane (madre: para sus hijos, Manuel, Antonia, Sebastiana, Francisca y Perico) quedó viuda de un navegante que se suicidó al perder sus miembros viriles cuando un cabo del barco limpiamente se los arrancó. Quedaron 
huérfanos de padre allá por Galicia en el norte de España, tierra de duendes, brujos y hechiceros, pero también de explotadores terratenientes y la iglesia, sumado a los espadones que sembraban de sangre en la península cada ciclo para ir tirando.  
En verdad el hambre los corrió, subieron al barco que los trajo para crear una nueva vida más feliz, para que pudieran aprender a leer y escribir, cumplir algunos sueños. 
Con ellos traían los relatos que escuchaban durante las noches frías, nevadas y oscuras, historias de fantasmas, espectros malignos, brujas, brujos quemados por la Inquisición, sin embargo al que más recordaban era el Inguma, el hombre lobo o algo parecido que mataba a los niños durmientes, los atenazaba con las garras, apoyaba sus rodillas o lo que fuere asfixiándolos para llevárselos a su cueva secreta en los bosques. El terror que generaba el Inguma viajó con todos los emigrantes españoles en sus alforjas secretas de la memoria. 
Mane hizo malabares para sobrevivir, cuando los bajaron en las costas de Barranqueras (Chaco) se hincó de rodillas pidiendo ayuda a Dios para afrontar lo que viniera, por sus hijos. 
Trabajó de todo, recibiendo ayuda de buena gente, formaron una comunidad gallega valenciana que les permitió soportar las tempestades del existir.  
Como sobraban baldíos en la ciudad de Corrientes, la tierra era barata, lograron un lugar en la esquina de la avenida España (nunca fue avenida) y Mariano Moreno, el dueño un español afincado hacía tiempo se compadeció de estos desdichados permitiéndoles vivir en él y cuidar el fundo.  
Todos concurrieron a la escuela Belgrano, algunos la terminaron otros quedaron por el camino. 
Con el correr el tiempo sus hijos fueron creciendo, todos trabajadores, no les hacía asco ninguna tarea, ella virtuosa en el arte de costuras, tejidos, bordados y cocina se rebuscaba en el barrio y más lejos, con pasión. 
Crecieron siendo “las españolas” como las llamaban por las tonadas. Muchachas bonitas, atractivas, humildes, hacendosas, los varones imitaban a sus hermanas en el aseo, buscaban el agua desde un caño público con baldes en una carretilla. 
Durante las reuniones en las noches frías en el rancho de barro con techo de palmas, alrededor del brasero a leña, que se recogían en los montes cercanos a pocas cuadras, escuchaban los relatos de Mane y de los mayores que algo ya habían aprendido en la lejana tierra hispana. 
Inguma era el terror, hombre lobo, lobizón o como quieran llamarlo, los aterraba, de noche cuando debían salir lo hacían con una estaca con punta hecha a cuchillo de palo santo, por si acaso.  
La primera en casarse fue Francisca que lo hizo con otro español agricultor que poseía una parcela por avenida Maipú, cerca de sus otros parientes los Gómez valencianos, que pronto hizo fortuna como lo narramos en “La cadena del muerto” (encontraron un tesoro arando, en botijas de barro).  
Perico se especializó en armas, oficio que había conocido en su tierra natal, ingresó a la policía de Corrientes, en tal carácter fungió como tal hasta su jubilación, habitó una vivienda por la calle Paraguay entre Moreno y Belgrano hasta su desaparición física. Tuvo un solo hijo, Luis.  
Manuel nunca se casó, vivió en unión civil (concubinato) con Naína, que era descendiente de esclavos por lo que consideró injustamente por cierto que no debía casarse por el racismo que traían metido en el alma. Su hija nunca lo perdonó.  
Antonia se casó con un muchacho pintón de dinero, descendiente de príncipes según afirmaba. Sebastiana quedó para vestir santos.  
Todos ayudaron a Mane cuando la anciana dejó de trabajar, fue mantenida por sus hijos; ella sentada en su sillón de vieja estirpe se hamacaba mansamente viajando a otros tiempos con sus recuerdos, las canas le cubrieron la cabeza, de arrugas su rostro. 
Según entiendo fue a vivir con su hija Francisca hasta su deceso con profunda santidad. 
El bochinche se armó cuando con un embarazo que venía bien, Francisca perdió a uno de sus hijos menores sin explicación alguna. 
Por más que la policía rastrilló ríos, cunetas, barrios periféricos, pozos (plata de por medio) nunca pudo darse con el rastro. La oscuridad cubrió el destino de la criatura. 
Pasaron dos años hasta que en un muro de una casa por la calle Mendoza aparecieron los restos carcaza de un niño, cuando los albañiles instalaban un medidor de luz. 
Ante su sorpresa llamaron a la policía. Revisaron los casos concurrieron muchos padres, pero sólo fue reconocido por Francisca por una medallita de plata que llevaba en el bracito, en los huesillos del brazo se advertían claras marcas de dentelladas, a su lado había restos de una botija de barro, cosa extraña.  
Desde el comienzo Mane afirmó: “Es Inguma, nos sigue desde la tierra lejana”, nadie la escuchó aparentemente. Hijos e hijas la rodearon, se sumaron los nietos todos pequeñuelos. 
De pronto en la familia apareció Inguma, el hombre lobo o el terror del norte gallego – vasco, lo mismo en la ciudad. Alguien andaba de caza de pequeñuelos.  
Los sacerdotes sólo y únicamente por dinero realizaron actos solemnes en la Catedral, el cuerpo o esqueleto fue enterrado cubierto de palo santo con un medallón de plata, más sello de la iglesia bendecido por el Vaticano. 
Antonia y Francisca tenían buena relación con los franciscanos, la orden que conocieron en su tierra lejana natal. Pidieron la intervención de los mismos, que aceptaron la encomienda. 
Los sacerdotes comenzaron a investigar por alrededores, indagando. Preguntando se llega a Roma, dice el refranero popular. El indicado como sospechoso por los españoles era el santero. Sigilosamente colocaron vigías en el lugar y sus alrededores. El sujeto muy perceptivo desconfiaba o percibía el olor a cura, que ya no existe por  cierto. Era de origen español, tenía un comportamiento raro en oportunidades, conocía a Mane desde su tierra natal, se lo tachaba de huraño, hosco de profesión santero con negocio en 9 de Julio esquina Mendoza frente al antiguo cine La Perla. Trabajaba distintos metales y diversos materiales desde el oro al bronce, yeso, piedra, barro cocido etc. 
Cuando los investigadores policiales con los franciscanos lo vieron salir un viernes oscuro como el carbón, caminando, extrañamente cambiaba de forma, miraba las ventanas de las casas como buscando una presa, de pronto se paraba medio agachado, olfateaba el aire, conocían sus pesquisas por experiencia, iban contra el viento, ellos lo olían a él que arrojaba un olor cada vez más nauseabundo. 
Avanzaba hacia el este por 9 de Julio, cruzó San Lorenzo y quedó frente a una ventana entreabierta; con sigilo la empujo e ingresó a ella.  
Detrás de él la partida de clérigos y policías hicieron sonar sus silbatos, rodearon prácticamente la casa, las luces se encendieron, las linternas enfocaron los cuatro costados del edificio de antigua data. Una figura atroz saltó desde el techo sin presa alguna, mientras el llanto de un bebe atronaba en la noche; los padres con una escopeta dispararon a la sombra, los policías acribillaron al grotesco ser peludo de uñas largas, los sacerdotes rodearon al caído que rugía, maldecía invocando nombres extraños. Lo cubrieron de cruces, agua bendita, una espada de plata corta se insertó en el cuerpo del animal, los últimos estertores devolvían al ser maléfico a su figura original, no difería mucho de la real, el barbudo santero aparecía casi desnudo en el suelo, aún casi muerto lanzaba arañazos al aire. 
De inmediato se encendieron las luces de las casas vecinas, el comité del Partido Autonomista abrió sus puertas con el sereno al frente, fusil en la mano colaboraba con la autoridad. 
“Traigan más agua bendita”, gritó el padre de mayor jerarquía, “que nadie se acerque, cuidado con la sangre, no la toquen ni pisen”. Un cordón se cerró alrededor del abatido, de pronto un gemido atroz salió de la garganta del muerto, asustó al más valiente.  
Con presteza el franciscano lo bañó en agua bendita, cada gota de sangre fue limpiada con el agua consagrada, se roció con alcohol, se encendió fuego luego de levantar el cuerpo con varas de palo santo, un puñal de plata quedó clavado en el cuerpo. Otro con guantes, cubierta la cara con máscara para soldar extrajo el corazón que en el mismo lugar fue incinerado con rezos. La gente miraba absorta, nunca habían visto un exorcismo en directo. Inguma yacía muerto en la ciudad. Su entierro fue secreto, con sello lapidario sagrado.  
El niño de la casa fue bautizado de nuevo, se le colocó una pulsera especial de plata para estos menesteres, por cualquier eventualidad.
Allanada la vivienda - santería posteriormente, en las paredes del interior de la casa, hallaron empotradas en las mismas vasijas de metal, barro cocido, plata, piedra, etc. con muchos restos de niños. El desfile de padres en la Central de Policía fue lastimero, un canto plañidero recorría la fila con los restos de niños que habían desaparecido. 
Mane y todos hijos descansaron en paz. Inguma que siguió a los inmigrantes había sido liquidado.  
¿Nos preguntamos si habrá otros Inguma? Debo creer y creo que sí. 

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