Los clubes de fútbol cumplen un rol social clave que muchas veces no es reconocido en su verdadera dimensión. Lejos de ser solo espacios deportivos, son ámbitos de contención, formación y acompañamiento para miles de niños, niñas y jóvenes, especialmente en los barrios, pero que trasciende las clases sociales.
En cada entrenamiento, partido o actividad, los clubes transmiten valores fundamentales como el respeto, la responsabilidad, el compromiso, el trabajo en equipo y la solidaridad. Allí no solo se forman deportistas: se forman personas. Para muchos chicos, el club es un segundo hogar y, en algunos casos, el único espacio de referencia positiva fuera de su casa.
En un contexto social atravesado por el avance de las tecnologías, el consumo excesivo de pantallas y la creciente presencia de distintas adicciones, el deporte cumple un rol preventivo fundamental. Los clubes ofrecen un espacio de encuentro real, de pertenencia y de vínculos cara a cara, en un mundo donde muchos chicos crecen cada vez más solos. Practicar deporte no solo mejora la salud física, sino que fortalece la autoestima, enseña a compartir, a respetar normas y a sentirse parte de un grupo.
Los clubes también cumplen un rol integrador único: atraviesan todas las clases sociales. En ellos conviven chicos de distintos contextos económicos y realidades familiares, desde los sectores más vulnerables hasta los de mayores recursos. Cada uno llega con sus propias problemáticas, preocupaciones y necesidades, y el club se transforma en un espacio común donde todos son iguales, con las mismas reglas, los mismos valores y las mismas oportunidades. Esa mezcla social, cada vez más difícil de encontrar en otros ámbitos, fortalece la empatía, el respeto y el sentido de comunidad, convirtiendo a los clubes en uno de los pocos lugares donde todavía se construye unión social real.
Sin embargo, la función de los clubes va mucho más allá del deporte. Con recursos limitados y, en gran parte, gracias al trabajo voluntario de dirigentes, entrenadores y familias, los clubes terminan asumiendo responsabilidades que exceden ampliamente su rol original: contención social, acompañamiento emocional, promoción de hábitos saludables, cuidado, límites y apoyo cotidiano.
Esta tarea, silenciosa y constante, cumple una función social que muchas veces complementa la presencia del Estado. Aun así, los clubes suelen ser mirados solo desde lo económico o lo deportivo, sin dimensionar el impacto real que tienen en la vida de la comunidad.
Reconocer, acompañar y fortalecer a los clubes de fútbol no es un gesto simbólico: es una inversión social directa. Porque cuando un club está presente y funciona, hay chicos contenidos, familias acompañadas y barrios más unidos. Y eso, sin dudas, vale mucho más que cualquier resultado deportivo.
Pablo Alonso, 40 años . Presidente de la Liga Correntina de Fútbol
Presidente de la Federación Correntina de Fútbol