Especial Arq. Carlos M. Gómez Sierra
La Municipalidad de la ciudad de Corrientes ha decidido intensificar los controles de tránsito con el objetivo de reducir accidentes. Según lo informado, el fundamento de esta decisión parte de una constatación estadística: el crecimiento de la siniestralidad protagonizada por motociclistas representaría alrededor del 70% de los incidentes viales. En ese contexto, la respuesta institucional se centra en el refuerzo de la fiscalización, el control del uso del casco y el fortalecimiento del sistema de cámaras para detectar infracciones.
La preocupación por la seguridad vial es más que legítima. Los accidentes de tránsito son unos de los problemas más graves en muchas ciudades argentinas, particularmente en aquellas donde el uso de motocicletas ha crecido de manera exponencial. Sin embargo, el enfoque presentado revela algunos límites conceptuales que conviene revisar si realmente se busca avanzar hacia una política integral de movilidad urbana.
El primer problema es la confusión frecuente entre tránsito y movilidad. Las medidas oficiales se centran casi exclusivamente en el control del tránsito: normas, fiscalización, sanciones. Pero la movilidad urbana es un fenómeno mucho más amplio. No se trata solo de cómo circulan los vehículos, sino de cómo se desplazan las personas en la ciudad. En ese sistema conviven peatones, transporte público, bicicletas, motocicletas y automóviles, todos en el mismo espacio.
Cuando el debate se circunscribe al control del tránsito, se corre el riesgo de perder de vista la dimensión estructural del problema. Las ciudades son sistemas complejos que organizan las formas de desplazamiento de sus habitantes. Por lo tanto, las políticas de movilidad deben considerar no solo el comportamiento de los conductores, sino el diseño y estado de las calles, la distribución del espacio para circular y las alternativas de transporte que conviven.
En este sentido, el crecimiento del uso de las motocicletas en Corrientes no debe interpretarse simplemente como una cuestión de preferencia y decisión individual de los usuarios. Se trata de un fenómeno estructural presente en numerosas ciudades de la Argentina. Las motos se expanden porque ofrecen una solución accesible frente a varias condiciones simultáneas: situación económica, transporte público insuficiente y necesidad de movilidad de amplios sectores de la población.
Otro punto es la manera en que se interpreta la estadística que señala que el 70% de los siniestros involucra motociclistas. Ese dato, presentado de manera aislada, puede inducir a conclusiones abiertas. Lo que la cifra muestra es que las motos están presentes en una gran proporción de los accidentes, pero no explica por qué ocurre eso.
Para comprender el fenómeno se hace necesario analizar varios factores: dónde se producen los siniestros, en qué horarios, en qué tipo de vías, en qué intersecciones y bajo qué circunstancias. No es lo mismo un accidente en una avenida que en un cruce de calles. Tampoco es igual un choque entre una moto y un automóvil que una caída individual provocada por un eventual mal estado de la calzada.
En materia de seguridad vial, el análisis espacial resulta fundamental. En muchas ciudades del mundo se ha comprobado que la siniestralidad no se distribuye de manera uniforme. Por el contrario, suele concentrarse en un número relativamente reducido de puntos críticos: determinadas intersecciones, avenidas con velocidades elevadas o zonas donde se combinan flujos intensos de diferentes tipos de movilidad. Esa información, sistematizada, permite tomar mejores decisiones para la optimización del sistema de movilidad urbana.
Otro aspecto recurrente es la referencia al comportamiento temerario de los conductores. Es cierto que las conductas de riesgo son frecuentes: exceso de velocidad, maniobras imprudentes o conducir bajo el efecto del alcohol. Estas conductas tienen sin duda una dimensión cultural y educativa que no pueden ignorarse.
Sin embargo, atribuir la siniestralidad únicamente a la conducta individual puede ser una simplificación. Investigaciones actuales en seguridad vial han desarrollado un enfoque denominado “Sistema Seguro” (Safe System Approach), que parte de una premisa diferente: los seres humanos cometen errores y el sistema debe estar diseñado para que esos errores no provoquen muertes ni lesiones graves.
Desde esta perspectiva, el comportamiento individual no se analiza de forma aislada, sino en relación con el entorno físico donde ocurre. El diseño y estado de las calles, velocidad permitida, visibilidad en las intersecciones o la separación entre diferentes tipos de movilidad influyen en la probabilidad de que se produzcan, o no, accidentes.
En muchas ciudades donde la motocicleta se ha vuelto un modo dominante de movilidad, el problema es que la infraestructura no se ha adaptado a esa realidad. Las motos circulan en un sistema vial pensado originalmente para automóviles, compartiendo espacio con vehículos de diferentes características. La mezcla de velocidades y tamaños necesariamente genera conflictos.
En este contexto, las políticas basadas exclusivamente en control y sanción pueden resultar alentadoras, aunque posiblemente insuficientes. El uso obligatorio del casco es importante porque reduce la gravedad de lesiones ante un accidente, pero no necesariamente disminuye la probabilidad de que el accidente ocurra.
Las estrategias más efectivas en seguridad vial combinan varias dimensiones: educación, control y, sobre todo, rediseño del espacio urbano de desplazamiento: calles y veredas. La gestión de velocidades, la mejora de intersecciones peligrosas y la redistribución del espacio vial son herramientas cada vez más utilizadas en muchas ciudades para reducir la siniestralidad.
La seguridad vial, en definitiva, no es solo un problema de control ni una cuestión exclusivamente cultural. Es el resultado de la interacción entre comportamientos individuales, condiciones sociales y diseño urbano. Si Corrientes apuesta a reducir su siniestralidad vial, será necesario avanzar hacia una comprensión más amplia del fenómeno. Eso implica reconocer que la movilidad urbana ha cambiado y que el sistema debe adaptarse a esa transformación. La motocicleta no es un fenómeno pasajero, es una realidad estructural.
El desafío, por lo tanto, consiste en comprender cómo se mueve la ciudad y diseñar políticas que respondan a esa realidad. Solo a partir de un diagnóstico más profundo será posible pasar de la reacción frente a los accidentes a una estrategia de movilidad urbana más segura.