Especial Carlos Lezcano y Fernanda Toccalino
Mónica Millán (Misiones, Argentina, 1960) es una artista que vive y trabaja entre Argentina y Paraguay. Su obra está atravesada por la tierra y las manos que hacen y comparten.
La contactamos para entrevistarla, siempre es lindo escucharla. Aunque hace muchas cosas, su ritmo nos suena reposado.
Está en Paraguay y cuenta que hace mucho calor, que si llueve se va a levantar un sopor. Que más tarde va a reunirse con las bordadoras. Me dice que le gusta cuando le hablan en guaraní, y que cuando se dan cuenta de que no entiende, se ríen a las carcajadas y le traducen.
Naciste en San Ignacio, rodeada de monte y llena de historias que se entreveran en tu obra. ¿Qué es la naturaleza para vos?
Nací en San Ignacio rodeada de monte y río. No solo estaba el Paraná sino que mi infancia estuvo llena de picnics a orilla de arroyitos, que en Misiones pueden ser muy grandes, como el Yabebirí que es especialmente grande.
Ese es el primer foco que hago en el arte. En ese momento también me atraía la cultura guaraní, porque empezaba a hacerme preguntas básicas como ¿quién soy?, ¿qué quiero hacer? Son preguntas fundantes de tu propio trabajo, que después se fueron desplazando y ampliando.
La naturaleza es algo tan majestuoso que te rodea y también te puede infundir mucho miedo. Creo que eso es lo más apasionante. Es tan grande que sentís que puede contigo. Y creo que es el gran tema de hoy, que el hombre siente que puede con la naturaleza y la destruye.
En este momento estoy en Yataity del Guaira, en Paraguay, un pequeño pueblo donde trabajo desde hace 24 años. Ayer estaba terminando unos dibujos de los trabajos que después se bordan en el pueblo y escuchaba el ruido incesante de cuando tumban los árboles, acá es muy común, lo cual me aterra porque no veo que se estén plantando nuevos. Otro ruido es el de la gente cortando el césped. Hace 44 grados de calor y la gente corta el césped. Y yo pienso: Que silencioso que es plantar un árbol, sembrar es silencioso, mientras que la destrucción es ruidosa. Estoy bastante afectada por este tema. La velocidad de la destrucción no tiene nombre.
Me fui al Paraguay en los años 90, cuando hice mi primera exposición y desde entonces no dejé de estar. Siento que, para los misioneros, Asunción resultaba más cercana, tenía más que ver con nuestro mundo. En términos de arte y de pensamiento, Paraguay tenía más que ver con nosotros que la propia Buenos Aires.
Para los argentinos, Buenos Aires termina siendo la meca, un lugar que nos traga. Rápidamente te vinculaste con la escena paraguaya y con Ticio Escobar.
Si, desde el día que llegué en 1989. Fue la crisis de Argentina que me trajo aquí, en el último período de Alfonsín, y a la primera persona que conocí fue a Ticio Escobar. Él me recibió muy generosamente y lo hace hasta el día de hoy.
¿Cómo era tu obra en ese momento? ¿Ya bordabas o dibujabas?
A pesar de que en la academia se hace mucho dibujo, para mí fue una cosa negada. Siempre me sentí pintora, hasta cuando hago textiles, mi cabeza pictórica es la que da la solución a la obra.
En ese momento pintaba el yaguareté, muy ligado a la cultura guaraní y a sus mitos fundantes, también me atraían los mitos griegos.
Así como cuando era chica y estudiaba catecismo, porque iba a una escuela católica, me la pasaba leyendo la biblia. A mí me gustaba más el antiguo testamento porque pasaban más cosas y era más divertido que el nuevo testamento donde todos parecían más buenitos. Esa cosa catastrófica que había en el viejo testamento era fantástica.
¿Y cuando pasas al textil?
Justamente cuando empieza una beca de la Fundación para la Amistad Americana que era, en Misiones, la que recibía a la Fundación Antorchas, en los 90 fue la época de oro de la Fundación Antorchas.
Los hilados paraguayos específicamente, como fue avanzando, cuales fueron tus investigaciones, ¿Cómo se vincula esta “manualidad” con una creación artística?
Trabajé mucho con textiles antes de llegar al Paraguay.
Los primeros fueron jardines, pequeñitos de 40 x 40 cm que eran horizontales. Yo venía de la pintura, bordaba en una tela tensada por un bastidor que trabajaba en horizontal y luego lo volvía a tensar en otro bastidor y lo transformaba en vertical. Pero cuando lo solté y lo vi blandito, me dije: ¡esto es lo que yo quiero, la tela blandita! No quiero que sea duro, no quiero que sea rígido. Eso es de la pintura, pero en el textil eso no me gusta.
Entonces empecé a trabajar en jardines muy pequeñitos que hablaban de la naturaleza, como una florcita que crece rodeada de piedras, absolutamente sola. Cuestiones que tienen mucho que ver con los mismos propios mitos que yo tenía en la pintura, los trasladé al textil.
Y cuando empecé a trabajar el textil suelto, encuentro el volumen. Ese fue un descubrimiento que me encantó.
En el 2001 fui becada a Canadá, venía trabajando con el tema de los sonidos y la naturaleza…
Hacía sonidos en el medio del monte de Misiones respondiendo a los animales, que era algo que hacía cuando era chiquitita. Me gustaba mucho jugar adentro del monte con sonidos porque estaba sola y probaba mi propia voz y me di cuenta que los pájaros me respondían.
Cuando regreso a la Argentina en diciembre del 2001, nuevamente atravesábamos otra crisis. Yo me iba a quedar a vivir en Buenos Aires, pero agarré mi valija y me vine a Misiones donde se me presenta la oportunidad de una beca de la Fundación Rockefeller, así que recalo en el Paraguay con Ticio Escobar como director de la beca. Fue fantástico. Tenía que elegir desarrollarla en el lugar del Ñanduti o en otro pueblo con otro textil tradicional paraguayo, el Ao Po’i. Pasé por los dos lugares, el primer pueblo, Itauguá, el del Ñanduti, está cerca de Asunción y atravesado por la autopista. Cuando llegué al segundo, que está más lejos, a 170 km de Asunción, metido como un caracol en el medio del Paraguay, me enamoré del pueblo. Es Yataity, la capital del Guairá.
El Ao Po’i es guaraní, es la tela con la que se hacían sus ropas. Luego va dejando de estar en los confines del Paraguay y termina más asentado en este lugar. Hoy quedan pocas tejedoras, se está luchando para que haya más, pero por el momento son solo tres. Sacan el algodón del fondo del jardín para ponerse a trabajar en ese instante, ellas hilan, tejen y bordan.
Hablanos sobre la levedad del trabajo y la lentitud que requiere, la laboriosidad y el tiempo.
El trabajo que estoy terminando ahora, que son unos bordados geométricos, los empecé hace tres años y recién van a ver la luz en mayo del año que viene en el Museo del Barro. Hice las telas, se bordaron nuevos fragmentos, fueron para un lugar, después fueron para otro lugar y se fueron complejizando. Eso se va armando en mí, y tardo mucho en hacerlo.
El primer proyecto que hice llegando al pueblo, se llamó “El vértigo de lo lento”, porque para mí justamente esa lentitud ya producía vértigo. No solo la velocidad da vértigo. Tanto tiempo que voy haciendo, y corrigiendo,… Es como que de golpe te vas perdiendo, te vas perdiendo… y es como si estuvieras en un abismo. Es tremendo, yo me pierdo, me pierdo en mi misma.
Casi a contrapelo del hombre contemporáneo.
Claro y por eso hago tanto hincapié en eso. Por eso me gusta mucho este trabajo y también es un refugio por todo lo que está sucediendo.
Yo hago como un tejido porque trabajo con una comunidad, trabajé con 25 personas, después reduje el número porque me era imposible mantener ese ritmo. Mi proceso es lento y si trabajo con tantas personas tengo que acelerar todo. A mí no me gusta hablar de una producción, como si uno fuese altamente eficiente. Yo no soy altamente eficiente, me equivoco todo el tiempo, entonces me tengo que meter para adentro. Esas equivocaciones para mí son fantásticas, porque yo trabajo con otros y esos otros interpretan sus propios dibujos y ya no son lo que yo quería o lo que yo pensé. Me gusta ese juego que sucede como de una inestabilidad, lo que tenía pensado se fue moviendo.
El bordado es español, tenían nombres españoles que luego se guaranizaron, porque ellos le pusieron nombres de su propia naturaleza, los hicieron propios.
Evidentemente, el trabajo con otros y en particular con mujeres, es importante para vos, no?
Si, a mí me gusta y a la vez hay momentos en que se vuelve dificilísimo, porque las personas no somos fáciles y entonces vos no solo trabajas con las personas que hacen dibujos, sino que vos trabajas con la persona completa, a veces se acarrean problemas. Siento que el taller es como un gabinete psicológico.
El año pasado fui a la exposición “Pájaro salvaje” en la Fundación Santander donde había un recorrido retrospectivo de tu trayectoria artística. Al entrar a la sala había una vitrina que dejaba ver un cuaderno de campo, una paleta de colores, hilos, bocetos…. Un recorte etnográfico de una realidad.
Pusimos esa vitrina para relatar muy rápidamente lo que había detrás de todo ese trabajo. Porque ¿cómo se cuenta un proyecto que tiene 22 años de trabajo en Paraguay? Básicamente estaba exhibido el mundo textil, volúmenes grandes de trabajo desde el año 2002 hasta el 2023 en paredes opuestas y luego en esa vitrina se intentaba contar esa relación y comunicación que yo había mantenido durante todos esos años con ellas. Es como un diario de viaje.
Hablanos de las piezas de adobe, como grandes tacurúes. ¿Cómo y dónde las confeccionaste?
Las confeccioné aquí mismo, en Yataity en el año 2002, en una casa que me habían prestado que estaba a 12 km del pueblo, distancia que no podía caminar a diario, solo cuando había buen tiempo. Ese lugar a mí me facilitó porque tenía una cocina muy grande para poder realizar esas piezas de adobe.
Ahí viene la cuestión del paisaje, para mí el paisaje es central porque el paisaje nos modela a nosotros pero nosotros también lo modelamos… y vaya si lo modelamos hoy en día!
El paisaje estaba delineado por unos tacurúes que son muy abundantes en esta región.
Descubrí un libro de cocina de una antropóloga maravillosa que se llama Margarita Miró Ibars, donde ella encuentra que la base del tatacua, que es el horno de barro, sale de un tacurú, de la observación del hombre por la naturaleza. Me pareció maravilloso, como el hombre este emulando la naturaleza. Observando la naturaleza, aprendo.
Todo esto se transformó en unas formas realizadas en tierra, paja, miel de caña. Trabajo con la mano ahuecada, la izquierda sostiene afuera y la derecha unía y seguía la forma de la otra mano. Siento que es muy primitivo este saber ¿vendrá de los primeros hombres cuando ahuecaban sus manos para tomar agua?
La forma de la mano ahuecada va quedando impresa en la pieza de 80 cm de diámetro por 60 cm de alto.
La naturaleza siempre está.
En las obras textiles de diferentes momentos hay una fuerte presencia de las personas que te acompañaron en este proceso como trabajo de colaboración.
El trabajo de colaboración es maravilloso. El artesano no es tenido en cuenta, es un trabajo anónimo. Lo que yo hice fue visibilizar sus nombres y no solo eso sino además llevarlas ahí, para que las conozcan. No todas las personas son iguales, no todas las bordadoras son iguales, pero es básicamente mi trabajo, que ellas se sientan cómodas. Raquel Meaurio fue una de las primeras bordadoras con quien trabajé y un día me dijo: ¡¿Vos sabes que yo soy artista?!, a lo cual le respondía que sí, que sabía que ella era una artista.
Otra bordadora ayer me dijo que me agradecía el haber aprendido a hablar en público. Este fue un trabajo que hicimos con un director de teatro, porque ella tenía que hablar en un lugar para 200 personas y a cualquier artista le puede asustar una situación así, más aún para una persona que salió de un pueblo. Así que hicimos un ensayo de entrevista y fue maravilloso. Uno no mide el alcance que tiene para ellas, que trabajan en una feria, lo que les facilita el haber tenido ese ejercicio.
También las retrataste
La serie “Retratos”, un conjunto de “encajes ju” realizados por Petrona Martínez, es una forma de reconocimiento a las tejedoras más longevas de Yataity. Ellas posan para mí en su propio lugar.
Reproduzco la diapositiva sobre el papel y la proyección de luz y sombra la traduzco en forma abstracta con una línea muy delicada, apenas me apoyo, pierdo el sentido general de la imagen y me pierdo. Eso da unos dibujos milimétricos en donde la bordadora se funde en su contexto y allí de vuelta aparecen los encajes.
Ellos mismos son encajes, encajados en su paisaje.