Cada vez con más frecuencia este debate forma parte del presente y se convierte en un asunto sobre el cual amerita reflexionar con profundidad por su inocultable impacto en el desarrollo de las comunidades y sus esperables derivaciones.
La cruel descripción de “viejo” ya no se aplica sólo al declive inercial que el cuerpo explícita con el inexorable paso de las décadas, aunque unos puedan llevarlas con mayor elegancia que otros según su genética y el esencial cuidado a lo largo de la vida.
Esta caracterización hoy captura una magnitud superior por múltiples motivos. Uno de esos aspectos está vinculado directamente a la vertiginosa velocidad con la que se suscitan los acontecimientos y los desafíos que eso conlleva en términos de “resetearse” frente a los nuevos escenarios que se presentan sin avisar con antelación.
Otra de las aristas innegables es la longevidad en ascenso con el implícito corrimiento de las etapas vitales y un ángulo adicional, no menos significativo, es el que emerge como consecuencia de la cantidad de paradigmas que se rompen en un período relativamente acotado.
Ese combo absolutamente inevitable, completamente versátil y repleto de incertidumbre vino para quedarse, aunque mute de tanto en tanto, a un ritmo indeseable, pero también imposible de esquivar, ya que no depende de la propia voluntad sino de algo inmaterial que no es probable controlar.
En ese contexto se observa con mucha preocupación un proceso de aceleración en una senilidad que ya no es la natural sino aquella que opera bajo el paraguas de una mentalidad obsoleta, que se quedó en el pasado, que rechaza todo lo nuevo de forma visceral.
Esos individuos se resisten con uñas y dientes a los avances, de hecho, añoran las reglas de juego de antaño, elogian aquellos valores casi idealizados y desprecian los actuales reforzando su sesgo. Es tal su repulsión a lo que se viene que a veces lo niegan para invisibilizarlo y que no les haga ruido alguno.
Lo paradójico es que eso no sólo se verifica en las personas añosas, lo que podría explicarse con algunos argumentos atendibles, sino que viene identificándose en los más jóvenes, esos que deberían sintonizar más rápidamente lo desenfrenada que puede ser esta época.
El problema sería marginal y hasta anecdótico si no fuera que se torna peligroso y extremadamente grave en la medida que esto le ocurre a quienes tienen responsabilidades de relevancia. Políticos con poder, empresarios de gran porte, profesionales influyentes integran un ecosistema donde su peso toma proporciones muy considerables y su accionar entonces tiene una repercusión que alcanza niveles verdaderamente gigantescos.
La modernidad no es una moda, ni un veranillo pasajero, es un trayecto que con matices marca una tendencia, a estas alturas irreversible. No se trata de estar de acuerdo o validarla, sino de asumirlo como un dato de la realidad y trabajar duro en tomar nota de lo que pasa para subirse a esa corriente con inteligencia, aprovechando lo mejor de esa huella y minimizando aquello que pueda ser contenido parcialmente.
Eso no significa convertirse en un seguidor obsecuente y bobo de lo que el mundo propone, pero tampoco supone caer en la tontería de darle paso a la necedad y la terquedad como modelo funcional ya que esa postura, ciertamente descabellada, puede conducir a una catástrofe irreparable especialmente para los que eligen ese camino y sus respectivos entornos.
Claro que cuesta salir de esa lógica crónica. Nadie dice que sea fácil ni simple. Requiere de un gran autoconocimiento, de mucha madurez y un enorme coraje, pero resulta imprescindible frente a la evidencia empírica que indica que lo que está sucediendo de ninguna manera volverá todo hacia atrás.
Ante esa incontrastable circunstancia cabe asumir lo obvio, evitando los juicios de valor estériles y descubriendo un modo astuto de buscarle la vuelta a estos nuevos arquetipos que definen el panorama que guiará las energías de toda una generación contemporánea.
Es hora de hacer clic. No hay margen para seguir empecinadamente en una postura obtusa. La vida es una sola y no hay revancha, al menos en esta dimensión. Hay que actuar con sensatez y eso implica dejar de lado el orgullo, dar vuelta la página y dejarse ayudar por aquellos que quizás ya han internalizado este giro y están más dispuestos a dar la batalla.
Si se logra quebrar esa inmovilidad todo fluirá con mayor viabilidad permitiendo que las decisiones se acoplen a los vientos vigentes y que esta transición eternamente coyuntural sirva de puente a los retos que aún no se han asomado pero que indudablemente en algún instante saldrán a la luz para proponer un nuevo inicio, uno de tantos con los que convivirá la humanidad a lo largo de su existencia.
No hay que temerle al cambio, hay que registrar su presencia, preferentemente anticiparse a su llegada para luego aprovechar al máximo su potencial y progresar de la mano de su fuerza impetuosa, esa que ya ha traído prosperidad al planeta innegablemente, aunque los nostálgicos de siempre sigan mirando todo con el prisma del espejo retrovisor.