Uno siente a cuerpo entero que la cosa está que arde. El mango no alcanza, todo se hace pesado, es cada vez más incomprensible, pero amén del ajuste los carnavales de antes ya venían presagiando; todo era joda, pensiones por doquier, una veta descubierta solución de muchos.
La política había habilitado hace tiempo las “becas” en manos del puntero, porque obsecuencia y docilidad partidaria siempre fueron muy bien pagas.
Presente pordiosero, futuro solvencia sin límite, y el resto, los que venimos de atrás, imponiendo un estilo que nos puso frente a la llama, endeudarnos más de la cuenta, gastar como pachás.
Hoy, nadie lo discute era hora de suicidarnos con un ajuste que apenas deja respirar. Pero a medida transita este mundo nuestro, más pobres e indigentes con bajas calificaciones para poder salir alguna vez, proliferan.
Porque estamos en el hoyo a “nivel subsuelo”, en vez ir para arriba cada vez más nos empujan para abajo.
Pero vivirlo es atroz. Me tocó. Nadie está exento. Una muestra; comprobé que el nicho de mis padres lo habían despojado del cementerio, arrancándoles sin más, las placas recordatorias.
Uno siempre se refiere al rol de los demás. Las vicisitudes que se suceden por mentas como reza el lunfardo, siempre lo vemos de lejos, porque lo dicen.
Pero cuando nos toca de cerca, por el mismo cuero, la cosa cambia de “carátula”, adquiere otro volumen, cambia de colores y la serenidad cobra la calentura del desagravio.
Pero vivirlo es atroz. Me tocó. Nadie está exento. Una muestra; comprobé que al nicho de mis padres lo habían despojado del cementerio, arrancándoles sin más, las placas recordatorias.
No respetan ni a los muertos. Tan burdos, analfabetos de respeto, de afectos, solamente el despojo de un proyecto de personas, en un país que nunca fue igual.
Digno de salvajes, inconscientes, ignorantes que han tomado la delincuencia como vía para sálvese quien pueda. Tierra de nadie, de una Argentina arrasada donde todo vale.
Sentirlo en carne propia, con sus seres queridos ya en el retiro del más allá, es un verdadero golpe porque en la pobreza no existen códigos. No importa quién lo vende, el asunto está en sacar algo a cambio.
Hasta el despojo violento de todo bronce, de todo cobre, hasta el colmo de morir muchos brutalmente electrocutados. El afano no tiene límites ni desacelera su violento curso, aunque en ello se nos va la vida.
La vida para ellos es un simple detalle. A diario aparecen “justicieros” que se la juegan poniendo en riesgo la propia pero es tal el hastío, que tomarse por sus manos es tan sólo cumplir con quienes deberían en un país desquiciado, preservar la seguridad donde nadie la tiene comprada.
Suena a tango, porque es en el ámbito público donde arrancan las cosas que denigran. Cómo empezar, es decir comenzar de nuevo. Enmendar una mala vida.
Con orden, con una plata que se pueda comprar como mínimo el alimento diario, para que desaliente la salida equivocada de la delincuencia en todos sus roles posibles.
Pero más que nada erradicando la pobreza estructural que conviven como raíces pertinaces con la indigencia en sus comienzos. En su nacimiento mismo, urgido por necesidades, no justificado si considerado.
El país, que vive trascartón, la pobreza de espíritu, el desaliento, qué ofrecer a cambio que se puedan enmendar generaciones perdidas en el barro de la frustración más indolente.
Muchas veces hemos caído y cada vez más bajo que hasta el propio tango lo ha marcado. Lo hizo el gran poeta que fue Enrique Cadícamo con música del uruguayo José María Aguilar Porrás en el año 1932, con motivo de la debacle económica de Wall Street que afectó al mundo entero.
Su tango, “Al Mundo le falta un Tornillo,” es anterior al “Cambalache” de Enríque Santos Discépolo. Con humor describe la dificultad de esos años, marcado patéticamente con dolorosa ironía.
“Hoy la gente anda de asalto / Y el puchero está tan alto / que hay que usar el trampolín / Si habrá crisis, bronca y hambre / Que el que compra diez de fiambre / Hoy se morfa hasta el piolín.” /
Si habrá tenido fuerza la obra de Cadícamo, que lo grabó por primera vez Carlos Gardel para el sello discográfico Odeón.
Ante tanto “desacato” de orden y transgresiones donde los delitos no tienen límites, ni rubro específico por hurtar, la vida misma ha dejado de valorizar.
Pero es indudable que lo filosofía certera de la música popular argentina, lo supo sellar, cuando cansado, nostálgico y dolido, el hombre ahogado en las consecuencias de la misma crisis que somos todos, ciudadanos indiferentes, mientras se engrosa la marcha ilimitada de pobres.
“Hoy resulta que es lo mismo / ser derecho que traidor, / ignorante, sabio, chorro, / generoso, estafador…/ ¡Todo es igual, nada es mejor; / lo mismo un burro que un gran profesor…! / No hay aplazaos ni escalafón, / los inmorales nos han igualao. / Si uno vive en la impostura / y otro roba en su ambición, / es lo mismo que si es cura, / colchonero, rey de bastos, / curandero o polizón.” /
Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.