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El nuevo vínculo entre la Unión Europea y el Mercosur genera expectativa

Los avances en esta dirección son siempre una buena noticia. Obviamente que cada aspecto puede ser perfeccionado y lo logrado no debe ser considerado una meta alcanzada sino un hito en un recorrido prometedor que todavía tiene por delante varias escalas en el camino al éxito.

Sabado, 10 de enero de 2026 a las 23:05

Cada tanto, la Argentina se enfrenta a decisiones que no admiten medias tintas. No porque sean fáciles, sino porque invitan a abandonar excusas cómodas y a asumir responsabilidades largamente postergadas. El anunciado acuerdo entre ambos bloques económicos regionales pertenece a esa categoría: no es una varita mágica, pero sí una oportunidad histórica para dejar de mirarse el ombligo e intentar jugar en las ligas mayores.

Durante años, el debate se contaminó de consignas simplistas. Para algunos, este paso puede constituirse en una amenaza que quizás  ponga en jaque a ciertos sectores de la tan mentada “industria nacional”. Para otros delirantes será un salvavidas automático que resolverá todos los problemas estructurales. Ambas miradas fallan al esquivar la discusión de fondo. Lo alcanzado no garantiza nada por sí solo, pero expone sin anestesia las posibilidades reales del país.

El viejo continente no es un mercado menor, ni secundario, ni irrelevante. Son más de 450 millones de consumidores de alto poder adquisitivo, con reglas claras y estándares muy exigentes. Acceder de manera preferencial a ese espacio implica abrir una puerta que Argentina jamás tuvo plenamente habilitada. No está sobre la mesa sólo la chance de comercializar más, sino de vender mejor, con valor agregado, con un pronóstico consistente y una escala superior.

"Faltan aún las aprobaciones parlamentarias. Es de esperar que nadie ponga palos en la rueda y que, en todo caso, el esfuerzo se concentre en optimizar cada aspecto de las empresas domésticas, para sacarle el máximo provecho a este enorme reto que asoma ahora pero que se presentará en pocos meses abruptamente para dar el verdadero puntapié inicial."

 

Para una economía como la propia, históricamente encerrada en ciclos de proteccionismo improductivo, este tipo de convenios funcionan como un espejo incómodo. Obligan a revisar costos, mejorar procesos, invertir en tecnología, profesionalizar la gestión y abandonar la lógica del parche permanente. En otras palabras, fuerzan a competir, es decir a crecer.

Uno de los beneficios concretos y paradójicamente menos mencionados es el impacto institucional ya que una alianza de esta magnitud exige normas estables, marcos regulatorios coherentes y una inconfundible vocación por el cumplimiento efectivo de los compromisos asumidos. Eso, por estas latitudes, es casi revolucionario. La previsibilidad no es un concepto abstracto: es lo que permite que una empresa invierta, que un productor planifique y que un trabajador tenga horizonte. Europa no negocia con países improvisados, y ese solo hecho eleva la vara.

También hay una ganancia geopolítica que conviene no subestimar. En un mundo fragmentado, donde las alianzas se redefinen y las cadenas de suministro se reconfiguran, integrarse inteligentemente es una decisión estratégica. Es vital diversificar vínculos, minimizar condicionamientos circunstanciales y dejar de apostar todo a relaciones bilaterales que son esencialmente frágiles o al menos coyunturales. Un entendimiento con el bloque europeo amplía márgenes de acción y fortalece la posición regional del Mercosur.

Por supuesto, el desafío interno es enorme. Sectores poco competitivos deberán transformarse o reconvertirse. Habrá ganadores y perdedores, como en todo proceso de apertura real. Pero fingir que la protección eterna salva empleos es una falacia ya conocida. Lo único que certifica es atraso, precios altos y baja productividad. La verdadera defensa del empleo local es hacerlo viable en el tiempo y no encarcelarlo en una burbuja artificial.

"Argentina no precisa de relatos tranquilizadores. Solo necesita tomar decisiones profundas que incomoden, pero que simultáneamente ayuden a acercarse al desarrollo de una manera sustentable y perseverante, comprendiendo acabadamente su papel protagónico en esa aventura, entendiendo que al iniciar ese trayecto se hace un pacto con la seriedad, esa que llama a hacer las cosas bien, no por la vía de la excepción, sino como parte de una forma de acción cotidiana, indisoluble e inexorable."

El agro, la agroindustria, la economía del conocimiento, ciertos segmentos industriales y los servicios basados en talento tienen allí una plataforma formidable. Pero incluso aquellos rubros que hoy sienten cierto temor pueden encontrar oportunidades si se acompaña con políticas racionales en materia de infraestructura, capacitación, financiamiento y reducción de costos sistémicos.

Tal vez el mayor aporte de este entendimiento sea cultural. Durante décadas, aquí se cultivó la idea de que el planeta está en deuda, que siempre hay un culpable externo y que la competitividad es una imposición injusta. El Mercosur-Unión Europea rompe esa narrativa. Afirma, sin rodeos, que nadie va a esperar a un país que no se decida a ordenar su economía y a confiar en su propio potencial.

Esta bisagra no es el final del sendero. Es apenas una abertura que se entorna. Lo verdaderamente importante será qué se hará cuando se cruce el umbral. Si el debate queda atrapado en controversias estériles o si, de una vez por todas, se asume que la integración al mundo no es perder soberanía, sino ejercerla con mayor madurez y sensatez.

 

"Esta bisagra no es el final del sendero. Es apenas una abertura que se entorna. Lo verdaderamente importante será qué se hará cuando se cruce el umbral. Si el debate queda atrapado en controversias estériles o si, de una vez por todas, se asume que la integración al mundo no es perder soberanía, sino ejercerla con mayor madurez y sensatez."

Argentina no precisa de relatos tranquilizadores. Solo necesita tomar decisiones profundas que incomoden, pero que simultáneamente ayuden a acercarse al desarrollo de una manera sustentable y perseverante, comprendiendo acabadamente su papel protagónico en esa aventura, entendiendo que al iniciar ese trayecto se hace un pacto con la seriedad, esa que llama a hacer las cosas bien, no por la vía de la excepción, sino como parte de una forma de acción cotidiana, indisoluble e inexorable.

Faltan aún las aprobaciones parlamentarias. Es de esperar que nadie ponga palos en la rueda y que, en todo caso, el esfuerzo se concentre en optimizar cada aspecto de las empresas domésticas, para sacarle el máximo provecho a este enorme reto que asoma ahora pero que se presentará en pocos meses abruptamente para dar el verdadero puntapié inicial.

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