Irse por un tiempo de Corrientes, alejarse unos miles de kilómetros con el afán de un inasible reposo que -lo sabe todo viajero- no es más que la zanahoria del caminante, permite el reencuentro con el terruño con una breve sensación de ajenidad exaltadora de las virtudes de una provincia que hasta hace unos años recibía a los visitantes con una cárcel y que hoy se abre al corredor bioceánico con un despliegue de atractivos naturales, turísticos y arquitectónicos como auténticos disparadores de un regocijo silencioso, circunscripto al fuero íntimo, resumido en la frase pronunciada al cruzar el puente: “No está nada mal mi provincia”.
Las torres que miran al río Paraná hablan, por sí solas, del avance que experimentó la capital en los últimos lustros. Y ahí nomás, en el cuadrante norte, aparece el complejo cultural, comercial y gastronómico “La Unidad”. La vieja penitenciaría, alguna vez pensada como rincón remoto de reclusión ha sido transformada en un lugar de encuentro para coronar un paisaje urbano que estriba en un ideal de equilibrio entre naturaleza y desarrollo inmobiliario diseñado para atraer al turista, pero también al lugareño, que rápidamente coloniza las novedades, hasta hacerlas propias.
Entre tanta transformación se destaca la gema reciente, el rascacielos cuyo rooftop permite otear al horizonte para beber idílicos atardeceres, presentado en su inauguración como lo que es: el eslabón número 14 de la famosa cadena hotelera Marriott, un emprendimiento multinacional privado que recibió apoyo estatal en relación con la faz burocrática y que, luego de varios años de construcción, abrió sus puertas para distinguir a Corrientes en el norte y el Litoral argentino, pues no existía en la región -hasta ahora- una oferta de alojamiento exclusivo como la que ahora se yergue de cara a la popular playa Arazaty.
Pero no todos se alegran por la torre de 20 pisos y 104 habitaciones ubicada sobre Costanera Sur. Algunas publicaciones de redes sociales baten el parche con versiones sobre una posible venta por falta de rentabilidad, sin exhibir una sola prueba de tal rumor. Se habla livianamente sobre licencias para juegos de azar no otorgadas pese a compromisos previos que nadie puede demostrar. El objetivo de los infundios es de mirada corta. La idea es alimentar sospechas de negocios vinculados con la política local, una mirada escéptica que siempre está presente en razón de que el chusmerío vernáculo nada entiende acerca de curvas de inversión y proyecciones de recuperación del capital, que en el caso del Marriott correntino puede extender su tasa de retorno a 10 o 15 años en función del flujo de demanda.
Mientras tanto, Corrientes funciona con un orden institucional y económico que proporciona visos de certeza no solamente al empleado público, sino al ciudadano en general. La cadena de pagos y la dinámica de consumo local se sostienen pese a la brutal caída de la coparticipación federal, síntoma preclaro de la desindustrialización progresiva que padece la Nación. Aun así, la provincia asume -al menos en lo esencial- roles que el poder central dejó de lado como consecuencia de la receta antiestado del presidente Milei. La educación, la salud y la infraestructura pública son financiados en su integralidad por el erario provincial, administrado por el nuevo gobernador con los criterios de prudencia fiscal que el electorado valoró en los comicios de 2025.
¿De dónde piensan los críticos de la cadena Marriott que provienen los nuevos empleos directos e indirectos que contribuyeron al crecimiento del trabajo privado -el mayor de los últimos años- que se registró en Corrientes durante 2025? De las inversiones que los emprendedores de la más variada envergadura concretan impulsados por el afán natural de progreso. Y eso abarca desde microemprendedores que venden sus manufacturas y cosechas en las ferias del parque Mitre hasta a los más solventes inversores de la agroindustria, la tecnología y el turismo. Se trata del círculo virtuoso de la economía fomentado a la usanza tradicional, por un Estado presente que canaliza recursos públicos hacia destinos que, al final de cuentas, son disparadores de la actividad privada en todas sus escalas, tal como Franklin Roosevelt hizo durante el New Deal, para rescatar a las empresas y los trabajadores de Estados Unidos desahuciados por el crack económico de 1930.
Porque, como dijo sin errores de lógica ese gran filósofo de los arrabales rioplatenses que es Alejandro Dolina, el zapatero que vende lo suyo obtiene recursos para comprar insumos que son fabricados por los fabricantes de cuero, telas, goma y cajas de cartón donde se embalan los calzados. Y lo hacen con la ayuda de operarios que proporcionan su fuerza laboral a cambio de un salario que les servirá para comprar bienes necesarios como leche, ropa y vacaciones. Y tanto productores como vendedores de lácteos, indumentaria y tours de descanso a destinos diversos logran ingresos que volverán a ser volcados al mercado hasta disparar una espiral expansiva con un efecto preponderante: generar más empleo de calidad sin que los dueños del capital pierdan rentabilidad, bajo un arbitraje estatal que se encarga de regular las políticas fiscales, cambiarias y la balanza comercial exportación/importación.
Todo eso es para el actual jefe de Estado un crimen económico en tanto el Estado intervenga para condicionar a la mano invisible del mercado, esa supuesta capacidad autorreguladora del capital que las compañías transnacionales defienden con la meta única de ganar más pagando cada vez menos costos. Y eso incluye a los salarios, los beneficios sociales de los operarios, las cargas impositivas y toda aquella erogación que represente la más mínima ralentización de las ganancias de un voraz sistema de maximización de rendimientos que, a diferencia de los modelos conducidos por gobiernos democráticos, republicanos y soberanos, no contemplan las consecuencias sociales de sus actos.
En ese aspecto Corrientes, como otras provincias que preservan el rol del Estado, fungen como refugios de una ciudadanía que escapa a la deshumanización de las teorías libertarias. Aunque mucha gente votó -y posiblemente seguirá votando- por La Libertad Avanza en razón de la disminución inflacionaria, los sectores más vulnerables de la sociedad se amparan en la estructura pública y asisten a hospitales, escuelas y oficinas de asistencia para sobrevivir en la nueva dimensión creada por Milei, sin subsidios de transporte, sin colectivos accesibles, sin ayudas de Anses, salvo por la única rueda de auxilio socioeconómica que mantuvo la administración violeta para mantener anestesiada la protesta de los excluidos: los seis millones de planes sociales que se pagan religiosamente, mes a mes, en todo el país.
Las provincias como Corrientes pueden ser una isla cuando se eleva la mirada para observar otras realidades menos solidarias, menos sensibles y menos fraternas. Subir a la azotea del Marriott -donde trabajan decenas de correntinos en blanco- para contemplar el horizonte resulta, en ese sentido, un símbolo representativo de las garantías que todavía son proporcionadas por el sector público para generar oportunidades en un mundo que, a nivel geopolítico, abandona el multilateralismo en nombre del apetito imperial de Donald Trump, decidido a someter, conquistar, colonizar o invadir todo aquel territorio que resulte funcional a sus intereses hegemónicos.