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La resaca del relato y el despertar de una vida sin excusas

Escaparse de una pesadilla es una tarea titánica que requiere de coraje y claridad. Volver a tener los pies en la tierra implica poner mucho empeño sobre todo cuando ese proceso hace tomar conciencia de que no existe la magia y que alcanzar logros tiene mucho más que ver con los méritos propios que con la ayuda circunstancial de un entorno que siempre es frágil.

Sabado, 21 de febrero de 2026 a las 23:31

Hay momentos históricos que no se anuncian con estridencias. No traen fanfarrias, ni alegatos épicos, ni ceremonias de clausura. Simplemente llegan, irrumpen y se instalan. Pero fundamentalmente obligan a reconocer algo incómodo, aquello que parecía normal nunca lo fue. Esa es la sensación que hoy atraviesa a buena parte de la sociedad. No se trata de enojo ni de euforia. Se parece más a una resaca.

Durante demasiado tiempo se vivió dentro de una leyenda tan confortable como funcional. Un entramado icónico que prometía protección, derechos sin contrapartida, estabilidad sin afán y además el delirio del progreso automático. Bajo ese sensible paraguas, el sacrificio parecía innecesario, el desempeño con rendimientos lucía secundario y la responsabilidad individual quedaba diluida en una vaga promesa colectiva. El espejismo funcionaba porque era compartido y aunque eso sea ficticio puede adquirir apariencia de verdad.

"Quizá el rasgo distintivo de esta era sea la desaparición de excusas. Durante años fue posible atribuir fracasos a factores externos, conspiraciones abstractas o coyunturas adversas. Hoy esa dialéctica pierde eficacia. La experiencia diaria expone limitaciones estructurales, incentivos distorsionados y comportamientos que requieren revisión. El espejo ya no admite maquillaje retórico."

El problema nunca fue la ilusión en sí misma. Las sociedades necesitan crónicas que ordenen expectativas, que ofrezcan sentido y que permitan proyectar horizontes. La dificultad aparece cuando ese andamiaje alegórico se desconecta de la realidad material. Allí comienza el deterioro silencioso. No hay estallido inmediato. Primero brota la negación, luego la justificación, finalmente la resignación. Hasta que llega el día en que los números, la experiencia cotidiana y el sentido común convergen en una misma conclusión: ese “cuento” no alcanza.

Ese oleaje colectivo no proviene de un shock repentino, sino del lento descubrimiento de que las reglas vigentes eran más aspiracionales que efectivas. Muchas certezas que estructuraban la vida pública, empleo garantizado, consumo sostenido, Estado proveedor omnipresente se revelan ahora como construcciones vulnerables. No desaparecieron de golpe; se fueron desvaneciendo mientras la narrativa insistía en su vigencia. Esa disonancia generó confusión, ansiedad, incluso nostalgia por un pasado idealizado que jamás existió.

"La resaca del relato no marca el final de la esperanza, sino el comienzo de una etapa diferente. Una fase donde la expectativa deberá apoyarse menos en promesas y más en capacidades. Donde la confianza no surgirá de discursos tranquilizadores, sino de resultados tangibles. Donde la responsabilidad individual recuperará centralidad."

Aceptar ese quiebre conlleva atravesar un duelo. No se llora solo la pérdida de beneficios materiales, sino también la caída de una cosmovisión. Las identidades políticas, culturales e incluso personales habían sido edificadas sobre premisas que hoy se cuestionan. Cuando ese piso emblemático se resquebraja, emerge la incertidumbre, y eso incomoda porque induce a pensar, a decidir y a asumir riesgos.

Sin embargo, este dilema también tiene un costado virtuoso. Después del mareo inicial llega la lucidez. El despertar puede resultar un poco áspero, pero ofrece una oportunidad invaluable: reconstruir vínculos entre esfuerzo, mérito, productividad y recompensa. Recuperar la noción de causalidad, tantas veces erosionada por prédicas que prometían resultados desvinculados de acciones concretas. Esto lleva a comprender que ningún sistema puede sostener indefinidamente privilegios sin generar costos acumulativos.

El desafío actual no consiste en reemplazar un relato por otro igual de ficticio, sino en aceptar lo fastidiosa que puede ser la realidad. 

La madurez cívica comienza cuando se deja atrás la búsqueda de soluciones mágicas y se reconoce la complejidad inherente a cualquier proceso social. No hay atajos indoloros, ni reformas sin tensiones, ni cambios estructurales que no impliquen renuncias. Pretender lo contrario equivale a preparar la próxima decepción.

"Despabilarse en un mundo sin excusas puede resultar perturbador, pero también liberador. La libertad auténtica empieza cuando se asume la realidad, con sus límites y posibilidades. Tal vez ese sea el verdadero aprendizaje de este tiempo: comprender que ninguna sociedad progresa aferrada a fantasías, pero muchas logran avanzar cuando convierten la desilusión en punto de partida. La resaca, después de todo, no es más que el corolario de un exceso previo. Y eso contiene una invitación: la de vivir con mayor lucidez la próxima vez." 

En este contexto, la reacción emocional de amplios sectores es esperable. Algunos experimentan frustración, otros expresan temor y varios un inmanejable enojo. Cada sentimiento refleja la dificultad de alejarse de la zona de confort simbólica. No obstante, la evidencia empírica muestra que los momentos de mayor aprendizaje colectivo surgen precisamente después del desencanto. La caída del mito abre espacio para conversaciones más honestas, diagnósticos menos complacientes y decisiones más responsables.

Quizá el rasgo distintivo de esta era sea la desaparición de excusas. Durante años fue posible atribuir fracasos a factores externos, conspiraciones abstractas o coyunturas adversas. Hoy esa dialéctica pierde eficacia. La experiencia diaria expone limitaciones estructurales, incentivos distorsionados y comportamientos que requieren revisión. El espejo ya no admite maquillaje retórico.

La resaca del relato no marca el final de la esperanza, sino el comienzo de una etapa diferente. Una fase donde la expectativa deberá apoyarse menos en promesas y más en capacidades. Donde la confianza no surgirá de discursos tranquilizadores, sino de resultados tangibles. Donde la responsabilidad individual recuperará centralidad.

Despabilarse en un mundo sin excusas puede resultar perturbador, pero también liberador. La libertad auténtica empieza cuando se asume la realidad, con sus límites y posibilidades. Tal vez ese sea el verdadero aprendizaje de este tiempo: comprender que ninguna sociedad progresa aferrada a fantasías, pero muchas logran avanzar cuando convierten la desilusión en punto de partida. La resaca, después de todo, no es más que el corolario de un exceso previo. Y eso contiene una invitación: la de vivir con mayor lucidez la próxima vez.

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