La Conferencia de Seguridad de Múnich 62 no fue una reunión más; fue el momento en que Occidente empezó a preguntarse si sigue siendo una alianza cohesionada o si ya funciona a dos velocidades políticas y estratégicas. El llamado “Davos de la seguridad” expuso una transición silenciosa: el equilibrio entre Estados Unidos y Europa se está redefiniendo en un mundo que ya no responde al orden liberal posterior a la Guerra Fría.
Múnich viene marcando esos cambios desde hace años, en 2007, Vladimir Putin cuestionó la arquitectura de seguridad europea. Más recientemente, J.D. Vance tensó la relación con un discurso duro hacia Europa, mientras Marco Rubio intentó encuadrar la coyuntura en un “nuevo ciclo occidental”. Más allá de los matices, la conclusión es una: la geopolítica volvió al centro.
Como señala Carlos Pérez Llana, reaparece un debate que Occidente evitó durante décadas: la expansión de la OTAN tras la caída soviética. No hubo un tratado que la prohibiera, pero sí expectativas políticas que Moscú interpretó como compromisos. Esa ambigüedad (inexistente en lo legal, pero significativa en lo estratégico) alimenta la narrativa rusa y ayuda a entender que Ucrania no es solo una disputa territorial, sino la expresión de un orden europeo inconcluso.
Como señala Carlos Pérez Llana, reaparece un debate que Occidente evitó durante décadas: la expansión de la OTAN tras la caída soviética. No hubo un tratado que la prohibiera, pero sí expectativas políticas que Moscú interpretó como compromisos.
Múnich también mostró fracturas internas, el trumpismo introdujo una lógica disruptiva que obliga a Europa a redefinir su vínculo con Washington. Mientras Estados Unidos prioriza la competencia con China y la seguridad fronteriza, Europa busca sostener la cohesión atlántica sin resignar autonomía. Alemania intenta fortalecer su defensa, Francia enfrenta límites económicos, y el bloque ya no actúa como un todo homogéneo.
La discusión no es solo estratégica; también es cultural, Samuel Huntington planteó que América Latina constituye una civilización distinta, una síntesis indo-ibérica con trayectoria propia. Esa mirada (discutible, pero influyente) explica por qué la región aparece culturalmente cercana a Occidente, pero estratégicamente periférica. Para la Argentina, el desafío es claro: evitar alineamientos automáticos y construir una política exterior con inserción global y autonomía regional.
A esto se suma el factor migratorio en Estados Unidos, que pasó de debate social a eje de seguridad política, sectores del trumpismo vinculan identidad, frontera y orden civilizatorio, y esa lógica impacta en la política exterior. Occidente ya no discute solo mercados y democracia; debate cohesión interna, identidad y control territorial.
La cumbre confirmó, así, un Occidente a dos velocidades: un eje securitario centrado en la competencia entre potencias y una discusión identitaria que cuestiona su propia cohesión. El riesgo es que la alianza atlántica derive en un bloque defensivo cerrado
En el plano económico, mientras Estados Unidos sostiene su liderazgo tecnológico y militar, Europa enfrenta límites energéticos, fiscales y demográficos. Joseph Nye advirtió que el poder blando se erosiona sin legitimidad, y Ray Dalio alertó sobre un “gran ciclo” marcado por deuda creciente, rivalidad entre potencias y debilitamiento institucional. Ese clima se percibió en Múnich: economía, seguridad y geopolítica vuelven a fusionarse en un escenario más incierto.
La cumbre confirmó, así, un Occidente a dos velocidades: un eje securitario centrado en la competencia entre potencias y una discusión identitaria que cuestiona su propia cohesión. El riesgo es que la alianza atlántica derive en un bloque defensivo cerrado, sin capacidad de integrar periferias ni ofrecer un proyecto que combine seguridad con legitimidad democrática.
Múnich no anunció el fin de Occidente, pero sí su transformación, el debate ya no es entre Este y Oeste, sino dentro del propio Occidente.
Para América Latina, la lección es concreta, no se trata de elegir entre alineamientos automáticos o repliegues aislacionistas, sino de construir una posición propia en un sistema internacional que se reordena alrededor del poder. Argentina no puede quedar atrapada en una grieta global ajena; debe combinar cooperación occidental, integración regional y defensa inteligente de sus intereses estratégicos. Múnich no anunció el fin de Occidente, pero sí su transformación, el debate ya no es entre Este y Oeste, sino dentro del propio Occidente. Y desde la Argentina, la conclusión es inevitable: en tiempos de transición, los países que no piensan su lugar en el mundo terminan ocupando el que otros les asignan.
La tarea es asumir, con madurez y sin consignas fáciles, que nuestra política exterior debe ser menos reactiva y más estratégica, porque en un mundo que se redefine, la neutralidad pasiva no es opción, pero el alineamiento automático tampoco lo es.
Noel Eugenio Breard
Senador Provincial UCR.