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Manuel Adorni en los cuentos de Jorge Luis Borges: la condena antes de la caída

Jueves, 14 de mayo de 2026 a las 00:19

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En uno de esos universos de Borges, donde el destino parece escrito antes de que los hombres lo comprendan, había un personaje condenado por una organización invisible. No estaba muerto todavía. Caminaba, hablaba, daba órdenes. Pero todos los que lo rodeaban sabían algo que él ignoraba: la sentencia ya había sido dictada.

Uno de los viejos hombres del grupo dijo una frase seca y brutal: “No se confundan. No está vivo. Está demorado”. La frase parecía describir no solamente un destino individual, sino también ese momento político en el que una figura continúa ocupando un lugar de poder aunque alrededor suyo ya haya comenzado el proceso silencioso de desgaste.

Algo parecido ocurre hoy con Manuel Adorni en el terreno político, no porque haya terminado formalmente su carrera, sino porque ingresó en esa zona peligrosa donde la defensa permanente empieza a consumir al propio defensor. Cada conferencia, cada explicación forzada, cada ironía repetida y cada intento de negar lo evidente producen el efecto contrario, como en el síndrome de la ciénaga: cuanto más se mueve para salir, más se hunde.

El problema no parece ser un error aislado ni una polémica circunstancial. El problema es estructural, porque cuando un vocero deja de ordenar la realidad y pasa a justificar compulsivamente contradicciones, deja de ser portavoz para convertirse en fusible, y el fusible siempre tiene el mismo destino: quemarse para proteger al sistema.

La política tiene además una ley cruel: la sobreexposición destruye más rápido que el silencio. El oficialismo parece haberlo colocado en el lugar más ingrato, explicar lo inexplicable, racionalizar cada giro y convertir cada retroceso en una supuesta victoria táctica. Pero llega un momento en que el lenguaje pierde eficacia, las palabras ya no contienen la crisis, apenas logran maquillarla durante unos minutos más antes de que vuelva a desbordarse.

Ahí aparece con fuerza la metáfora de la ciénaga. El hombre cree que lucha por salvarse, se agita, bracea y grita, pero cada movimiento desordenado rompe el poco equilibrio que todavía conservaba. El barro no lo traga de golpe, lo absorbe lentamente mientras él insiste en demostrar que sigue firme, y esa quizá sea la imagen más inquietante de muchas experiencias políticas contemporáneas.

Porque en política la caída muchas veces no comienza cuando un dirigente pierde poder, sino cuando pierde densidad simbólica, cuando sus argumentos empiezan a sonar automáticos, cuando sus defensas generan más dudas que certezas y cuando incluso sus propios aliados empiezan a hablar de él en pasado aunque todavía permanezca sentado en la mesa del poder.

Entonces la sentencia ya no necesita ejecutarse. Solo necesita tiempo.

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