Si bien hace unas décadas atrás el paraguas era un bien cotizado y de calidad, la habilidad de arreglarlo era considerada como necesaria porque incluso era útil para seguir conservándolo en buen estado y listo para los próximos chaparrones.
Hoy en día, cuándo el valor del mercado ofrece el producto a un bajo precio, la reparación de paraguas fue perdiendo eficacia y sobretodo interés en el común de la gente. Aunque no hay que dejar de reconocer que aún existen aquellas personas que no se quieren desprender del valor afectivo que tiene su paraguas y lo lleva a reparar.
Para eso está Hilario Fernández, en el mismo lugar de hace más de 30 años, donde inició con la actividad de afilación de cuchillos y composturas de paraguas. Es un cuarto donde está dispuesto un mostrador con variedad de instrumentos de trabajos como pinzas, tornillos, tijeras y otras indumentarias que acompañan el armario en el que están colgados cinco paraguas coloridos y añejos -según se puede interpretar de su aspecto- esperando ser retirados por sus dueños, luego de los retoques realizados por Hilario.
“Para ser sincero es una actividad que muy pocos lo requiere. La gente ya no viene como antes. Lo que pasa es que no conviene componer, porque el pago del servicio es casi similar de lo que cuesta uno nuevo”, manifestó el artesano a El Litoral, aunque luego no quiso contar más detalles del servicio que inició en la década de los 70.
Ocurre es que los precios de la mano de obra dependen de los retoques que necesite, aunque la mayoría de las veces no varía entre los 4 y 8 pesos, canon casi similar o de muy poca diferencia a lo que se puede conseguir un artículo nuevo.
Por lo que el mismo Hilario reconoció que “ya no es un negocio, la gente ahora prefiere comprar, por eso sigo con arreglando pero más que nada para conocidos o para mi hijos”. Según contó uno de sus clientes, llevó a repara un viejo paraguas que tenía archivado, porque compró uno barato, pero que se rompió a los pocos días.
Es por eso que Fernández continúa con su local ubicado en 9 de Julio 1130, donde sigue trabajando en todo lo que sea afilación de cuchillos, tijeras y elementos cortantes, donde su timbre anuncia la llegada de clientes fijos como el caso de amas de casas, costureras y peluqueros que constantemente recurren al taller para que sus materiales vuelvan a cortar a la perfección.
Más de un abuelo se acordará de la famosa tienda llamada: “Cuchillería Fernández”, que tuvo su apogeo en la década del 60, atendido por los padres de Hilario, donde su madre era la que se encargaba de las composturas de los piragüitas.
En un día como ayer, con el chaparrón que se sucedió durante la tarde, le cartel no pasó desapercibido y así como los vendedores de paraguas salen a ofrecer sus productos bajo el aguacero, seguramente Hilario también debe recibir clientes, o al menos consultas en jornadas lluviosas.