Especial para El Litoral
Quién fue Nity Cigersa es algo a tener presente, especialmente en Carnaval, porque mucho tuvo que ver en ello, aunque tal vez nunca se lo hubiera propuesto.
Anita Travaini de Cigersa nació en Milán en 1897 y fue bailarina clásica desde muy pequeña. A los ocho años fue seleccionada para ingresar a la Escuela de Danzas de la Scala de Milán, donde fueron sus maestros La Azzolini, La Zambelli, La Bataggi y Enrico Cecchetti (profesores de Nijinsky y la Pavlova). En 1915, egresó de La Scala como profesora de danza y en 1916, formó parte de La Gran Compañía Lírica Italiana (de la Scala de Milán), que realizó una gira por América del Norte y del Sur, hasta Buenos Aires. Fue seleccionada para ingresar a la Escuela de Danzas de la Opera de Milán. En 1927, Anna Pavlova la eligió para formar parte del cuerpo de baile que la acompañaría en su gira por los Estados Unidos y desde entonces bailó en grandes teatros del mundo, como la propia Scala de Milán y el Teatro Colón, que guarda su nombre en sus archivos como una de las personalidades que pasaron por sus tablas. Conocerla y contarla como casi un miembro de mi familia fue un privilegio, porque su trato era siempre rico y siempre generoso.
Mujer refinada, culta, con conocimientos sólidos de plástica que volcaba a los vestuarios de las presentaciones de los alumnos de su academia, y con solvencia en la resolución de su efecto teatral con recursos impensables. Inolvidables puestas en el escenario hoy homenajeado como “Aída”, “Excelsior” -un ballet complejo, con grandes masas moviéndose en escena y personajes centrales de concepción moderna- “La Estancia”, “Giselle”, “El lago de los cisnes”, y piezas breves de repertorio como la inolvidable “Lagarterana”, de Maquelita Rivero -su mejor bailarina por muchos años-, codas y pas-de-deux famosos en los que siempre eran estrella Yeya Díaz Colodrero y Coco Chacón, solos líricos en los que destacaban por su capacidad interpretativa José Ramírez y Cacho Calvo, y fragmentos más acrobáticos en los que a la fuerza y destreza de Godofredo San Martín, se sumaban el nombrado Coco Chacón y Piraña Cendali. Y más tarde, Malena Bernich, quien a su formación inicial agregó estudios en el Teatro Colón y hoy es una respetada y reconocida maestra en nuestro medio. Fue su discípula dilecta María Angélica Pellegrini de Requeijo, pilar de la danza clásica en el Chaco, quien también fue coreógrafa de Ara Berá en 1977.
Pero cómo llegó esta gran figura del ballet italiano a recalar en Corrientes y a tener después semejante predicamento en todo lo que tuviera que ver con el arte en la ciudad.
En uno de aquellos prolongados viajes, cruzando el mar de Europa a América y de América a Europa, conoció al capitán del barco, Alfonso Cigersa, se enamoraron y se casaron en 1920. Ella intentó por un tiempo conciliar el matrimonio y su arte, pero circunstancias impensadas la convirtieron de protagonista en maestra.
Nació su hija Terencia -nuestra conocida y querida Pupa, que nos dejó no hace mucho- y poco tiempo después, en 1935, tuvo que emigrar con su esposo por razones políticas.
El destino de su exilio era duro: el monte chaqueño. Alfonso vino a la Argentina con un contrato para administrar una explotación forestal. Instalaron casa en Resistencia y Nity se dedicó a ser mamá y ama de hogar.
La casualidad la devolvió al mundo de la danza.
Con modestia -su situación económica era muy ajustada- Nity mantuvo sus costumbres refinadas. Su casa no tenía lujos, pero siempre había una taza de té o de café para el visitante, siempre estaba su charla rica e interesante, siempre había un libro en sus manos, siempre había música que escuchaba con oído crítico y sabedor. Ella era refinada en todo lo que hacía. Su andar era pausado, se deslizaba; su conversación era calma -reservaba para las clases toda su energía y todo el carácter que desarrolla necesariamente una bailarina, pero su severidad amainaba rápidamente con dos besos- su peinado, alto, estaba siempre impecable. Su maquillaje era discreto y fino, sus manos estaban siempre arregladas con esmero. Las luces de su lugar de estar estaban situadas con criterio de iluminación teatral. Su casa era un remanso en el que se respiraba el arte como el aire natural que rodeaba a su figura. Buenas reproducciones de la mejor pintura en las paredes, y algunos objetos queridos y accesorios de ambientaciones de sus puestas de teatro, completaban el carácter de cada ambiente.
Viviendo aún en Resistencia fue una tarde a una confitería de su barrio a comprar sus masitas para el té -infaltables- y oyó en la trastienda una voz joven que pronunciaba términos del lenguaje del ballet: pliée, developpée, chassée, attitude… Interesada preguntó a la dueña del negocio quién estaba practicando técnica clásica y la señora le contó que su hija, recién llegada de Buenos Aires, donde estudiaba danza, estaba haciendo sus ejercicios diarios.
Pensó Nity que si las chicas tenían que ir a Buenos Aires a estudiar danza, ella podría abrir un instituto en Resistencia para darles clases sin que tuvieran que dejar sus casas para poder hacerlo. En ese momento tal vez le pareció algo remoto, y contó a la tendera su vida y su trayectoria.
Poco tiempo después, en 1936, Josefina Contte la convocó para formar parte de la Academia de Bellas Artes y dar clases en Corrientes y Resistencia. Nació así su primer instituto, como filial de la Academia de Corrientes.
Poco después se independizó y creó su primera academia propia, la “Academia Chaco” de Danzas Clásicas, en la que también se enseñaba idiomas, declamación y algún instrumento musical. Fue un éxito y no sólo concurrieron alumnos chaqueños sino que hubo correntinos que, algunos ya alumnos suyos de su tiempo de enseñar aquí y otros enterados de la posibilidad, cruzaban en balsa o vaporcito a tomar clases con ella. Entre ellos, mi madre adolescente, que recordaba aquellos viajes y algunas tormentas en el río en pos de lo que amaba profundamente, la danza y a Nity.
Nity fue para ella una fuerte referencia hasta el último día de su vida. Y aun después, fue un recuerdo siempre presente, siempre traído a la conversación por alguna razón. A pocos años de abierta la Academia Chaco, razones de trabajo de Alfonso los trajeron a Corrientes. Y aquí instaló la Academia Corrientes. Su creación cambió muchas cosas en el panorama artístico de la ciudad. Su alumnado abarcó varias generaciones, porque afortunadamente para nosotros, enseñó durante muchos años. El Teatro Vera conoció galas de ballet de alta jerarquía en las que nada se descuidaba: los decorados se traían de Buenos Aires, el vestuario se realizaba sobre diseños de la propia Nity y con su supervisión en la hechura. (Yo vi programas de funciones presenciadas por ella en los teatros Colón y Argentino de La Plata, con sus dibujos y apuntes al margen, tomando ideas para sus espectáculos). Tal vez de ahí proviene esta capacidad de realización artesanal para escenario de que hoy nos enorgullecemos y esta mirada crítica que tenemos los correntinos. Las mamás de las futuras figuritas del ballet aprendieron a hacer tutús, a bordar con lentejuelas, a armar coronas de cisnes devenidos en princesas… Desde 1936 en adelante -su primera función la brindó el 7 de julio de ese año en el desaparecido Teatro Argentino de Resistencia- mostró anualmente en una gala de ballet puesta con toda la ortodoxia clásica, el trabajo realizado en su actividad formadora. Hay muchas fotos de sus bailarines en escena en las que se la ve entre cajas, supervisando la actuación y dando ánimo e indicaciones.
Una gran función de ballet que, el 29 de setiembre de 1937, se realizó en el teatro Argentino de Resistencia con el nombre “Noche azul”, marcó el nivel de lo que sería para siempre su postura en el arte. En la portada se leía: Nity T. de Cigersa presenta los Hijos del Chaco en Excelsior, Poesía de la Danza y Ondinas, de Loreley. Fue la primera de sus presentaciones independientes.
Disfrutamos de muchos buenos espectáculos en esos tiempos, valoramos a muchos buenos bailarines entre sus discípulos. Y el público de Corrientes consolidó su natural apego a lo artístico, a lo bien hecho, y refinó su educación como espectadores de teatro clásico, ballet y conciertos.
Parte de su trabajo era la charla sobre ballet. Para ello, además de los libros -entonces no se contaba con los valiosos medios de que ahora se dispone para mostrar en clase las mejores interpretaciones del mundo- cada vez que se pasaba en el cine alguna película en la que buenos bailarines tuvieran participación, ella reunía a sus alumnos y los llevaba a verla para después señalarles puntualmente algunos detalles importantes. Cuando venían compañías de ballet a Corrientes, era obligatorio concurrir. Y después íbamos a saludar a los artistas y a comentar, casi en una clase improvisada, los momentos sobresalientes de la noche.
Yo recuerdo una de esas entrevistas, y a Maquelita Rivero y José Ramírez ensayando ahí mismo, de civil, un salto seguido de un giro en el aire y un levantamiento que entrañaba una enorme dificultad, y a los artistas visitantes, mostrándoles la técnica. De las filas de sus discípulos más destacados surgieron José Ramírez y Godofredo San Martín, que trasladaron al Carnaval todo lo aprendido con Nity.
El Momo Baby