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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Tragedia y milagro en la cordillera

El 13 de octubre de 1972, un avión Fairchild 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, llevando al equipo amateur de rugby Old Christians, un total de 45 personas, cayó en la Cordillera de los Andes. Cuando ya todo el mundo los había dado por muertos, 72 días después, 16 sobrevivientes del accidente fueron rescatados de las montañas. Una historia que se llamó el Milagro de los Andes.
Hallazgo. Los sobrevivientes junto al avión caído. Abajo, la portada del libro.
Resistencia. El último día, antes de ser encontrados.

Por Francisco Villagrán

villagranmail@gmail.com

Especial para El Litoral

Se cumplen hoy 46 años desde que el avión de la Fuerza Aérea Uruguaya, turborreactor, arrendado por el Old Christians Rugby Club de Montevideo, a la fuerza aérea, para que los trasladara a Santiago de Chile para un partido amistoso, cayera en los Andes.  El equipo estaba formado por ex alumnos de entre 18 y 23 años de ese colegio católico y se dirigía a la capital chilena para jugar contra su par de Old Boys. También los acompañaban familiares y amigos. El avión se estrelló en plena Cordillera de los Andes, cerca de una zona inaccesible denominada el Glaciar de las Lágrimas y estaba piloteado por el coronel Julio César Ferradas habiendo partido del aeropuerto mendocino de El Plumerillo, luego de una escala obligada en Mendoza, por un frente de tormenta, tenía previsto realizar el cruce de la cordillera por el llamado Paso del Planchón para llegar a Chile. Las condiciones climáticas adversas confundieron a Ferradas y lo llevaron a estrellar el avión contra las montañas, destrozando su cola y sus alas antes de precipitarse en el Valle de las Lágrimas, una larga pendiente nevada de 3.500 metros de altura, en las inmediaciones del cerro El Sosneado, en plena cordillera. Antes de ocurrir el accidente, Ferradas había transmitido su posición erróneamente 100 km más hacia el Norte, por lo cual la posterior búsqueda no dio resultados. Trece personas murieron inmediatamente en el accidente y otras cuatro en la madrugada posterior al choque, entre ellos Ferradas y toda la tripulación. Quedaron 28 sobrevivientes que lucharían por mantenerse vivos en una geografía hostil, de hielos traicioneros y temperaturas de 30-40 grados bajo cero, sin víveres suficientes y aferrados a una esperanza débil de rescate. Al cabo de 72 días, 16 sobrevivientes, fueron rescatados de las montañas y allí se produjo el llamado milagro de Navidad, por la fecha. 

Después de haberse precipitado a tierra, el avión se deslizó varios cientos de metros por la nieve hasta detenerse por completo. La desaceleración fue brutal y, por la inercia, los asientos delanteros quedaron comprimidos contra la parte frontal, lo que causó la muerte inmediata de muchos pasajeros. A la mañana siguiente ya habían muerto cuatro personas más y otras tres estaban graves, entre ellas Fernando Parrado, quien había estrellado su cabeza contra el montante de los equipajes y tenía una fractura de cráneo agravada por un edema cerebral. Milagrosamente Parrado se recuperó y terminó siendo uno de los pilares del grupo de sobrevivientes que lograría salir de la cordillera 72 días más tarde. Un informe médico especializado de neurología, realizado meses después, demostró que hubo una combinación de factores que le permitieron superar este mal momento, muy grave. En un comienzo fue dado por muerto y colocado fuera del avión, hasta que alguien se dio cuenta de que aún respiraba y fue llevado adentro, cubierto por el fuselaje.  Pasó tres días en coma con fracturas en el cráneo, hipotermia y deshidratación, fueron problemas que, paradójicamente, lo ayudaron a mantenerse con vida, la baja temperatura permitió la sobrevida de las neuronas que habían sido afectadas por el golpe. Milagrosamente se recuperó y junto con Roberto Canessa fueron los héroes que tras caminar 55 km en la nieve durante nueve días, finalmente. encontraron al arriero chileno Sergio Catalán, quien fue el que llevó la noticia a los carabineros que los rescataron.

Una verdadera odisea

En las últimas horas del domingo 29 de octubre, cuando ya habían pasado más de dos semanas desde el accidente, un alud se precipitó desde lo alto de las montañas, sepultando por completo los restos del avión, donde dormían todos. Sólo uno no quedó cubierto por la nieve, Roy Harley, quien desesperadamente  comenzó a cavar con las manos en la nieve para rescatar a sus compañeros, pudo recuperar a varios, pero el saldo trágico que dejó el alud fue de 8 muertos. Los días que siguieron a la avalancha envolvieron a los sobrevivientes en un mundo oscuro. El fuerte temporal de viento y nieve que azotaba  afuera no los dejaba salir del fuselaje, no había más comestibles  y hubo entonces que tomar una decisión heroica: comer la carne de sus compañeros muertos recientemente, ya que era la única forma de sobrevivir. El temporal duró hasta el 1 de noviembre y cuando mejoró el tiempo, pudieron sacar la nieve del interior del avión y los cadáveres al exterior, donde los apilaron junto al resto de los muertos, a un costado del avión.

La situación estaba en un punto crítico, y se dieron cuenta de que si ellos no hacían algo para salvarse, nadie los vendría a rescatar, porque las autoridades ya los daban por muertos. Decidieron, entonces, que los que estaban en mejores condiciones físicas y anímicas, hicieran una expedición en busca de ayuda. Los elegidos fueron Roberto Canessa y Fernando Parrado, quienes emprendieron su aventura con mucha esperanza. Luego de caminar durante nueve días por lugares con hielo, nieve y rocas, soportando temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, llegaron a un valle, bordeado por algunos pequeños árboles. Con más bríos siguieron bajando, presintiendo que la salvación estaba cerca. El miércoles 20 de diciembre, ya al límite de sus fuerzas,  divisaron al otro lado del río que estaban bordeando, a un arriero que los observaba extrañado. Parrado le gritó una y otra vez, pero el ruido del agua impedía escucharlo. Tomó entonces una piedra y la envolvió con un papel en el que escribió un mensaje: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo, hace diez días que estamos caminando. Tengo un amigo herido y en el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos buscarán? Por favor, no podemos ni caminar”. 

El arriero, cuyo nombre era Sergio Catalán, les arrojó un poco de pan que tenía encima y por señas les pidió que esperen. Se dirigió con el mensaje al retén de Puente Negro, a cargo de carabineros chilenos, que de inmediato comenzaron el rescate. Al fin del día siguiente, dos helicópteros de la Fuerza Aérea chilena rescataron a los 14 sobrevivientes que quedaron en el avión. De esta manera, se puso fin a la odisea que pasaron los sobrevivientes del avión uruguayo caído en la Cordillera de los Andes. Un mes después del rescate, los restos de los fallecidos fueron enterrados a unos 800 metros del avión y sobre ellos se colocó una gran cruz de hierro en honor a las víctimas. Lo que quedó del fuselaje fue quemado para evitar que buscadores de curiosidades se lo llevaran, pues esto suele ocurrir. Su increíble historia inspiró a escribir varios libros y filmar películas que aún hoy son muy valoradas.

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