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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

El extraño robo de la corona de la Virgen

La inseguridad de los tiempos que corren no es privativa de ahora, sino que ya existía, aunque en menor medida, en tiempos no muy lejanos. En los comienzos del año 1900 ocurrió un misterioso robo del cual fue objeto la mismísima Virgen de Itatí, cuya festividad estamos próximos a festejar, a la que le fue robada su corona hecha especialmente.

Por Francisco Villagrán

Especial para El Litoral

El terrible sacrilegio que hasta hoy permanece en medio de misterios aún no develados, ocurrió entre la noche del 27 y la madrugada del 28 de noviembre de 1902, cuando manos anónimas hurtaron de la cabeza de la imagen de Nuestra Señora de Itatí la valiosa corona que su pueblo, su gobierno y su clero le habían ofrendado y colocado como símbolo de amor filial y sumisión.

En la mañana del 28 de ese año, el sacristán Gabriel López abrió las puertas de la iglesia, tal como era su costumbre diaria, y descubrió con espanto que a la sagrada imagen que estaba en su pedestal le faltaba su corona; la noticia sacudió a todo Corrientes y a la zona. Los medios de prensa existentes en esa época, “El Trabajo”, “La Libertad” y “La Provincia” se hicieron eco del impactante suceso, sin percibir la gravedad del caso, donde el escándalo y la calumnia aparecieron en escena, como un virus que sufrió el clero y el gobierno de Corrientes en los próximos seis años. Los medios de prensa estaban dividido entre los que atacaban al obispo de Paraná, Monseñor Rosendo Lastra y Gordillo, acusándolo directamente que él o los ladrones que envió eran buenos conocedores de joyas, ya que se habían interesado en llevar únicamente la corona muy valiosa. Otros aludían a connotaciones políticas, acusando al gobierno de José Rafael Gómez, tras el cual, según se dijo, estaba la figura acosada de Juan Esteban Martínez. Otra figura atacada constantemente desde el principio fue la de Fray Ludovico Bertacagni, cura párroco del Santuario, quien fue apresado por orden gubernamental y enviado a la capital correntina.

Aparecen fragmentos

Cuando corrían los primeros meses de 1903, de manera misteriosa e inexplicable se hallaron algunos restos de la corona. Esta fue la primera y principal prueba de que la misma había sido desarmada totalmente. Esto ocurrió en las proximidades de la ribera del río Paraná y a raíz de algunas investigaciones realizadas por la Policía Federal se logró detectar y rescatar en algunas casas cercanas, más restos de la corona. En un baldío del pueblo y gracias a la velocidad de la actuación del juez Vallejos, se logró encontrar el armazón principal de la corona. En marzo de 1905, el sacristán López halló otra parte de la corona, cerca del río. El padre Brunel Pruyas, tiempo después, dijo que “las partes estaban enteras pero abolladas”, rectificando lo dicho por el sacristán, quien aseguró que los restos estaban fragmentados, envueltos en una arpillera y colocados en el hueco de una roca. Los hallazgos fragmentados de los distintos restos de la corona comenzaron a sucederse desde 1903.

En otra ocasión, una persona que esperaba la llegada del vapor, recostado en un derruido techo de paja a orillas del río, observó que allí brillaba en forma intensa un objeto, y armado con un palo, llegó al mismo y de un golpe lo hizo caer. Para su asombro, cayó a sus pies la última estrella de oro faltante para la reconstrucción de la corona.

Otro hecho similar ocurrió días más tarde, como si los ladrones se empeñasen en devolver lo robado al ver el escándalo que había estallado. Ya con las doce estrellas de la corona, solo faltaba encontrar la diminuta cruz. Siempre a orillas del río, una sirvienta de la familia Vallejos, de origen negro, se encontraba lavando ropas cuando observó sorpresivamente brillar entre las piedras un diminuto objeto. Curiosa por ver lo que era, lo tomó y descubrió con asombro que era la pequeña cruz faltante de la corona. Le comunicó la novedad al juez Vallejos, quien se lo hizo saber al clero del Santuario para que, en procesión solemne y en medio de un gran repique de campanas, se anunciase que se recuperó el último trozo perdido de la valiosa joya renacentista. Juntadas todas las partes fragmentadas, las autoridades dispusieron su envío a París para su reconstrucción por el mismo orfebre que la había fabricado y a la vez se haga un peritaje para determinar su autenticidad. Todo resultó favorable y se comprobó que la corona era la original y auténtica y ante el alborozo de toda la feligresía, volvió a la testa de nuestra Madre de Itatí, donde se mantiene incólume hasta nuestros días. Nunca se supo, al menos oficialmente, quién o quiénes fueron los autores de este sacrílego robo, que tuvo un final feliz.

Peregrinaciones

La localidad de Itatí, desde hace más de cuatrocientos años, cuando Fray Luis de Bolaños llevó a cabo la fundación de la “Reducción de la Pura y Limpia Concepción de Itatí”, se constituyó en un centro de peregrinaciones. Primero fueron los aborígenes que veneraron a nuestra Señora de Itatí y luego generaciones enteras que se llegan hasta Itatí a ofrendar a María sus testimonios de agradecimiento y de pedidos. Miles de peregrinos desfilan durante todo el año por el santuario pero especialmente en el mes de julio, el día 16, de su festividad, para agradecer los favores concedidos. Gente de todo el país, especialmente del nordeste pero también desde los puntos más recónditos, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, como así también de países limítrofes como Paraguay, Brasil, Uruguay y Chile, devotos de todos lados la visitan en su majestuoso e imponente santuario.

La basílica es de estilo renacentista y las medidas del templo son ciertamente notables, tiene 2.900 metros cuadrados de superficie para albergar a los miles de peregrinos que la visitan, a 25 metros de altura hay una azotea de 1.800 metros cuadrados de superficie, la altura total de la basílica es de 80 metros, incluyéndose en ello una estatua de la Virgen de 7,50 metros de altura, vaciada en cobre. La cúpula tiene algo más de 26 metros de diámetro y está considerada una obra maestra de ingeniería, registrada entre las grandes del mundo. Itatí tiene el hechizo de su rica historia a orillas del majestuoso Paraná y sus barrancas. En “El Tabacué”, lugar donde apareció Nuestra Señora, todo es historia, todo es misterio, pero en lo alto flamea la bandera de la fe.

Ante tanta majestuosidad, el peregrino se siente impactado y pequeño a la vez, y es por eso que Itatí desde hace más de 400 años se levanta orgullosa de su destino. El 16 de julio de cada año es el broche de oro de tantas peregrinaciones, donde se reúnen alrededor de unos 500.000 devotos de todas las latitudes, que copan prácticamente el pueblo en una invasión de fe;  algunos no duermen por cumplir su promesa y estar al lado de la Virgen en esta fecha.

Bibliografía consultada: “Nuestra Señora de Itatí” del profesor Miguel Fernando González Azcoaga.

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