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Ganamos, perdimos, igual nos divertimos

Miles de cantos futboleros entonamos cuando chicos, ganáramos o perdiéramos. La diversión era una sola: reunirnos por deporte a la amistad, aunque “pataduras”, pero quién “nos quitaba lo bailado”.

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

En la película del año 1948 “Pelota de trapo”, dirigida por Leopoldo Torres Ríos, papá del gran Leopoldo Torres Nilsson, con la actuación de Armando Bo, Santiago Arrieta, “Toscanito” y gran elenco, los chicos tenían como “himno” la poesía simple pero ruidosa que da simiente al Sacachispas Club: “Siento ruido de pelota, y no sé, y no sé, y no sé lo que será; es el Club de Sacachispas que se viene, que se viene, que se viene a ganar”. Siempre la de trapo fue la idea primera de una media que se transformó en pelota, diría en vida, para que 22 chicos expresaran en juego todas las pasiones humanas, como dijo alguien: el amor, el desamor, el odio, el orgullo, la justicia, la injusticia, la solidaridad, la sed de venganza, el coraje, la ambición, la cobardía, la violencia, el culto al dinero. En fin, todas ellas marcando el destino de muchos que en zapatillas dejaban el alma en la cancha.
Amo el decir del escritor uruguayo Eduardo Galeano, en cuyo prólogo de su libro “El fútbol a sol y sombra”, cortándose solo desde media cancha, dice elocuentemente: “Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un ‘pata dura’ terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido”. Uno retoma lo aprendido y comprueba que no sabemos si el fútbol es una equivocación, patrimonio u orgullo. Tal vez “22 personas corriendo detrás de una pelota”, como aseveraba irónicamente Jorge Luis Borges, no tiene sentido alguno. O como lo indicara Atahualpa Yupanqui entre crítica y reproche: “En Argentina es mucho más probable que el periodismo sepa una semana antes quién o quiénes harán goles la próxima semana, que saber de antemano cómo le irá a la cultura”.
El fútbol como tal siempre concitó toda la atención y fue el generador de movilizar grandes multitudes, hasta como ahora que, jugando mal, igual las canchas están repletas. En nuestro país, el 18 de mayo de 1931 fue creada la Liga Argentina de Fútbol, modificando todo lo conocido hasta entonces al transformarse en fútbol profesional.
No era nueva la intención de serlo, ya que desde 1910 el profesionalismo era la meta de los clubes, pero sucede que la gran cantidad de equipos participantes -36 en el año 1930- exacerbaba mucho más los ánimos por superar como fuera la famosa cláusula gatillo que impedía el pase libre de los jugadores. Con el agravante de que se les había prometido pero no cumplido, ya que las postergaciones acentuaban la tensión. Por ello, los jugadores comprendidos realizaron una famosa marcha de protesta que cundió en fuertes días de huelga. Un año antes había caído Hipólito Yrigoyen, asumiendo Uriburu como presidente de facto, siendo el encargado de recibirlos en pleno Estado de sitio aún en plena vigencia, en su propio despacho de la Casa Rosada, con la promesa de que se ocuparía de ello. Hubo un acuerdo de los clubes para evitar una nueva división, por eso se unieron a las instituciones más modestas para lograr número y así, felizmente, lograr la concreción del fútbol profesional en la República Argentina.
Con mi padre íbamos los domingos a la catedral del fútbol correntino, el Field Ferré que estaba emplazado donde hoy se erige el Hospital Escuela. Se unía en la caminata rumbo a la cancha un amigo de mi padre que iba a jugar esa tarde; era Raúl Rúveda, gran jugador del Lipton Football Club. Me impresionaba verlo, buen físico, excelente presencia, equipado bajo el buzo y con los zapatos con tapones colgándole del hombro. A medida que nos íbamos acercando, el volumen subido de los cánticos cubrían ya gran parte del estadio, rompían el silencio de la siesta dominguera dando la temperatura que se viviría más tarde. Una jornada de “rompe y raja”.
Era impresionante, con tribunas techadas en partes, lo cual para la época era una modernidad que solo el fútbol podía lograr. El campo albergaba al público abigarrado, mientras en la espera corría el chipá, los pastelitos, las empanadas y una gaseosa popular: el Taragüí, por lo menos hasta allí me estaba permitido.
Mi vínculo con el fútbol siempre estuvo de mi parte por mi entrañable tío Titín, “el fotógrafo de los deportistas”, que llegó a ser vice y presidente del Lipton Football Club. Por el otro, un primo hermano cuyo seudónimo profesional era Ricardo Avellaneda, por su amor incontenible por el Racing Club. Nació en Mercedes, Corrientes; de chico, junto a un tío, hacían fuerzas y sufrían por el club de Avellaneda. Su nombre real era Ricardo Alberto Fuica, decidido, comprador, un especialista en fútbol. Tanto fue su empeño que logró acceder a Racing con tareas periodísticas y con el apoyo de la entidad montar un programa radial en LR4 Radio Splendid de Buenos Aires, “La voz de Racing”. Más tarde, ya crecidito, hizo su primer gran negocio: intermedió en la venta del jugador Julio Villa de Atlético Tucumán por su pase triunfal al Racing Club de Avellaneda. En esa tarea vivió en dos puntos de residencias, donde su negocio de compraventa era inmejorable: Valencia y Milán. La moraleja no es contar mi vida, sino ejemplificar cómo la pasión confiere milagros. Lo que no se logra entender es cómo el fanatismo, que la costumbre dominguera a pesar de un fútbol tremendamente bajo, la hinchada acompaña, viva, pelea, se emociona, grita y canta, celebra hasta quedarle apenas un hilo de voz. 
Diría al final, como cuando volvíamos del campito con la barra a cuestas, cantando:
“Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

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Ganamos, perdimos, igual nos divertimos

Miles de cantos futboleros entonamos cuando chicos, ganáramos o perdiéramos. La diversión era una sola: reunirnos por deporte a la amistad, aunque “pataduras”, pero quién “nos quitaba lo bailado”.

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

En la película del año 1948 “Pelota de trapo”, dirigida por Leopoldo Torres Ríos, papá del gran Leopoldo Torres Nilsson, con la actuación de Armando Bo, Santiago Arrieta, “Toscanito” y gran elenco, los chicos tenían como “himno” la poesía simple pero ruidosa que da simiente al Sacachispas Club: “Siento ruido de pelota, y no sé, y no sé, y no sé lo que será; es el Club de Sacachispas que se viene, que se viene, que se viene a ganar”. Siempre la de trapo fue la idea primera de una media que se transformó en pelota, diría en vida, para que 22 chicos expresaran en juego todas las pasiones humanas, como dijo alguien: el amor, el desamor, el odio, el orgullo, la justicia, la injusticia, la solidaridad, la sed de venganza, el coraje, la ambición, la cobardía, la violencia, el culto al dinero. En fin, todas ellas marcando el destino de muchos que en zapatillas dejaban el alma en la cancha.
Amo el decir del escritor uruguayo Eduardo Galeano, en cuyo prólogo de su libro “El fútbol a sol y sombra”, cortándose solo desde media cancha, dice elocuentemente: “Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un ‘pata dura’ terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido”. Uno retoma lo aprendido y comprueba que no sabemos si el fútbol es una equivocación, patrimonio u orgullo. Tal vez “22 personas corriendo detrás de una pelota”, como aseveraba irónicamente Jorge Luis Borges, no tiene sentido alguno. O como lo indicara Atahualpa Yupanqui entre crítica y reproche: “En Argentina es mucho más probable que el periodismo sepa una semana antes quién o quiénes harán goles la próxima semana, que saber de antemano cómo le irá a la cultura”.
El fútbol como tal siempre concitó toda la atención y fue el generador de movilizar grandes multitudes, hasta como ahora que, jugando mal, igual las canchas están repletas. En nuestro país, el 18 de mayo de 1931 fue creada la Liga Argentina de Fútbol, modificando todo lo conocido hasta entonces al transformarse en fútbol profesional.
No era nueva la intención de serlo, ya que desde 1910 el profesionalismo era la meta de los clubes, pero sucede que la gran cantidad de equipos participantes -36 en el año 1930- exacerbaba mucho más los ánimos por superar como fuera la famosa cláusula gatillo que impedía el pase libre de los jugadores. Con el agravante de que se les había prometido pero no cumplido, ya que las postergaciones acentuaban la tensión. Por ello, los jugadores comprendidos realizaron una famosa marcha de protesta que cundió en fuertes días de huelga. Un año antes había caído Hipólito Yrigoyen, asumiendo Uriburu como presidente de facto, siendo el encargado de recibirlos en pleno Estado de sitio aún en plena vigencia, en su propio despacho de la Casa Rosada, con la promesa de que se ocuparía de ello. Hubo un acuerdo de los clubes para evitar una nueva división, por eso se unieron a las instituciones más modestas para lograr número y así, felizmente, lograr la concreción del fútbol profesional en la República Argentina.
Con mi padre íbamos los domingos a la catedral del fútbol correntino, el Field Ferré que estaba emplazado donde hoy se erige el Hospital Escuela. Se unía en la caminata rumbo a la cancha un amigo de mi padre que iba a jugar esa tarde; era Raúl Rúveda, gran jugador del Lipton Football Club. Me impresionaba verlo, buen físico, excelente presencia, equipado bajo el buzo y con los zapatos con tapones colgándole del hombro. A medida que nos íbamos acercando, el volumen subido de los cánticos cubrían ya gran parte del estadio, rompían el silencio de la siesta dominguera dando la temperatura que se viviría más tarde. Una jornada de “rompe y raja”.
Era impresionante, con tribunas techadas en partes, lo cual para la época era una modernidad que solo el fútbol podía lograr. El campo albergaba al público abigarrado, mientras en la espera corría el chipá, los pastelitos, las empanadas y una gaseosa popular: el Taragüí, por lo menos hasta allí me estaba permitido.
Mi vínculo con el fútbol siempre estuvo de mi parte por mi entrañable tío Titín, “el fotógrafo de los deportistas”, que llegó a ser vice y presidente del Lipton Football Club. Por el otro, un primo hermano cuyo seudónimo profesional era Ricardo Avellaneda, por su amor incontenible por el Racing Club. Nació en Mercedes, Corrientes; de chico, junto a un tío, hacían fuerzas y sufrían por el club de Avellaneda. Su nombre real era Ricardo Alberto Fuica, decidido, comprador, un especialista en fútbol. Tanto fue su empeño que logró acceder a Racing con tareas periodísticas y con el apoyo de la entidad montar un programa radial en LR4 Radio Splendid de Buenos Aires, “La voz de Racing”. Más tarde, ya crecidito, hizo su primer gran negocio: intermedió en la venta del jugador Julio Villa de Atlético Tucumán por su pase triunfal al Racing Club de Avellaneda. En esa tarea vivió en dos puntos de residencias, donde su negocio de compraventa era inmejorable: Valencia y Milán. La moraleja no es contar mi vida, sino ejemplificar cómo la pasión confiere milagros. Lo que no se logra entender es cómo el fanatismo, que la costumbre dominguera a pesar de un fútbol tremendamente bajo, la hinchada acompaña, viva, pelea, se emociona, grita y canta, celebra hasta quedarle apenas un hilo de voz. 
Diría al final, como cuando volvíamos del campito con la barra a cuestas, cantando:
“Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.