Una democracia a medio camino
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Una democracia a medio camino

Macri recibió un país insolvente, con las finanzas públicas arruinadas, con déficit fiscal, con alta inflación y con un Estado devastado. En el presente, el Presidente ha finalizado su tercer año de mandato con una inflación aún más alta, con déficit fiscal, recesión, con desigualdades más profundas, y con un gigantesco endeudamiento.

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Por Hugo Quiroga 
Politólogo. Profesor de las Universidades de Rosario y Litoral (UNR-UNL). Nota publicada en el diario Clarín.

Mauricio Macri llegó al poder sin un plan de resolución de la decadencia que desde muchas décadas atrás lesiona la economía y la sociedad argentina. Ese plan debió ser el eje central de un proyecto de crecimiento. Recibió un país insolvente, con las finanzas públicas arruinadas, con déficit fiscal, con alta inflación, con inaceptables niveles de desigualdad y con un Estado devastado.
En el presente, el Presidente ha finalizado su tercer año de mandato con una inflación aún más alta, con déficit fiscal, recesión, con desigualdades más profundas y con un gigantesco endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional. Una parte considerable de esos recursos se destina al asistencialismo para evitar la revuelta social de las poblaciones de extrema vulnerabilidad. El control social parece constituir la prioridad de la autoridad política, en aras de la gobernabilidad.
No estoy afirmando que los dos fenómenos políticos son iguales, pero los resultados económicos y sociales están a la vista.
La democracia convive con signos contradictorios. Los avances sobre la corrupción sistémica organizada y reproducida mediante redes institucionales no son suficientes para ganar elecciones y mucho menos para constituirse en la base de las transformaciones colectivas con un horizonte de sentido.
Precisamente, lo que cuesta aceptar y resolver es un largo itinerario de la sociedad argentina, su declinación. La decadencia pesa sobre la vida colectiva de los argentinos, que esperan verdaderas políticas de cambio con instituciones justas.
Frente a este planteamiento de fondo, se impone desplazar el ángulo desde el que se examina la decadencia de nuestra sociedad; ángulo siempre dispuesto a enfocar el presente. No resulta eficaz ni plausible la separación de la política de la inmediatez de la política sustantiva, ni la separación de la democracia del capitalismo, aunque este último concepto suene a antiguo para muchos. O, si se prefiere, del sistema capitalista como economía de mercado.
Esto revela una de las contradicciones de nuestro tiempo, que no es el de la bonanza. Es pensar que las políticas democráticas son independientes de la esfera de la economía y, viceversa, que las exigencias del mercado lo son de la democracia. Lo inaceptable son las desigualdades permanentes y un Estado democrático que permanezca indiferente.
En aquellas experiencias de gobierno, carentes de definiciones estratégicas y con el dólar gobernando la sociedad, el capital se emancipa cada vez más de la política; ello señala también la desconfianza hacia la política. Se requiere, pues, una crítica de la política a partir de la política.
El poder del capital financiero -desregulado y volátil- prevalece en un mundo globalizado y el Estado, a la vez que interactúa con el capital, queda limitado en su intervención. Esta situación, con sus maniobras económicas, tiene repercusiones inmediatas para la democracia.
Por eso, la democracia no puede ser examinada únicamente bajo la lupa de la teoría política, sino más bien hay que repensarla en términos de una teoría democrática capitalista.
Sin entrar en otras consideraciones que las diferencian notoriamente, tanto el gobierno anterior como el actual no pudieron dar cuenta del rumbo histórico (más grave aún luego de doce años de permanencia en el poder) de una comunidad de vida y de los destinos de la misma, que exige pegarse a lo concreto sin perder la perspectiva.
Esa es la obligación de los gobernantes y no una retórica de cambio -del signo político que sea- que culmina en incumplidas promesas que sólo alientan el desencanto. La pregunta aún sin respuesta es ¿cómo resolver el misterio del crecimiento? En el camino del desarrollo, las personas deberían ocupar el centro de la relación entre Estado, democracia y economía de mercado.
La vida política no sigue una sola regla. Con frecuencia, los gobiernos se ven obligados a cambiar de política bajo la amenaza de perder las elecciones, con el objetivo de afrontar los desafíos de la gobernabilidad.
Así, con el préstamo del FMI, el gobierno de Macri evitó el derrumbe de la economía real y “compró tiempo” para sostener el orden social y seguir gobernando hasta la finalización de su mandato y, de ser posible, lograr la reelección con su estilo político gerencial. La crisis económica del macrismo es el resultado de una doble crisis: de confianza política y de confianza del capital (que frena sus inversiones).
Después de 35 años, convivimos en una democracia a medio hacer, que arrastra todavía desigualdades insostenibles, la que mantiene a millones de argentinos en la pobreza y la indigencia, aun cuando la democracia es siempre un proyecto inacabado.
La decadencia es excesivamente compleja y enmarañada como para que la capte una sola mirada, además con pretensiones de corto plazo y sin liderazgos de calidad. La apuesta sobre el futuro reclama una discusión colectiva e integral sobre las condiciones de salida de la decadencia.
Sin una redefinición profunda de la vida democrática, el riesgo se observa en la extrema derecha, la xenofobia y las injusticias crecientes; riesgo que sobrevuela y se ha instalado en numerosos países occidentales y que advierte sobre la nueva disposición de los escenarios políticos en la discordancia de un mundo tan oscilante.

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Una democracia a medio camino

Macri recibió un país insolvente, con las finanzas públicas arruinadas, con déficit fiscal, con alta inflación y con un Estado devastado. En el presente, el Presidente ha finalizado su tercer año de mandato con una inflación aún más alta, con déficit fiscal, recesión, con desigualdades más profundas, y con un gigantesco endeudamiento.

Por Hugo Quiroga 
Politólogo. Profesor de las Universidades de Rosario y Litoral (UNR-UNL). Nota publicada en el diario Clarín.

Mauricio Macri llegó al poder sin un plan de resolución de la decadencia que desde muchas décadas atrás lesiona la economía y la sociedad argentina. Ese plan debió ser el eje central de un proyecto de crecimiento. Recibió un país insolvente, con las finanzas públicas arruinadas, con déficit fiscal, con alta inflación, con inaceptables niveles de desigualdad y con un Estado devastado.
En el presente, el Presidente ha finalizado su tercer año de mandato con una inflación aún más alta, con déficit fiscal, recesión, con desigualdades más profundas y con un gigantesco endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional. Una parte considerable de esos recursos se destina al asistencialismo para evitar la revuelta social de las poblaciones de extrema vulnerabilidad. El control social parece constituir la prioridad de la autoridad política, en aras de la gobernabilidad.
No estoy afirmando que los dos fenómenos políticos son iguales, pero los resultados económicos y sociales están a la vista.
La democracia convive con signos contradictorios. Los avances sobre la corrupción sistémica organizada y reproducida mediante redes institucionales no son suficientes para ganar elecciones y mucho menos para constituirse en la base de las transformaciones colectivas con un horizonte de sentido.
Precisamente, lo que cuesta aceptar y resolver es un largo itinerario de la sociedad argentina, su declinación. La decadencia pesa sobre la vida colectiva de los argentinos, que esperan verdaderas políticas de cambio con instituciones justas.
Frente a este planteamiento de fondo, se impone desplazar el ángulo desde el que se examina la decadencia de nuestra sociedad; ángulo siempre dispuesto a enfocar el presente. No resulta eficaz ni plausible la separación de la política de la inmediatez de la política sustantiva, ni la separación de la democracia del capitalismo, aunque este último concepto suene a antiguo para muchos. O, si se prefiere, del sistema capitalista como economía de mercado.
Esto revela una de las contradicciones de nuestro tiempo, que no es el de la bonanza. Es pensar que las políticas democráticas son independientes de la esfera de la economía y, viceversa, que las exigencias del mercado lo son de la democracia. Lo inaceptable son las desigualdades permanentes y un Estado democrático que permanezca indiferente.
En aquellas experiencias de gobierno, carentes de definiciones estratégicas y con el dólar gobernando la sociedad, el capital se emancipa cada vez más de la política; ello señala también la desconfianza hacia la política. Se requiere, pues, una crítica de la política a partir de la política.
El poder del capital financiero -desregulado y volátil- prevalece en un mundo globalizado y el Estado, a la vez que interactúa con el capital, queda limitado en su intervención. Esta situación, con sus maniobras económicas, tiene repercusiones inmediatas para la democracia.
Por eso, la democracia no puede ser examinada únicamente bajo la lupa de la teoría política, sino más bien hay que repensarla en términos de una teoría democrática capitalista.
Sin entrar en otras consideraciones que las diferencian notoriamente, tanto el gobierno anterior como el actual no pudieron dar cuenta del rumbo histórico (más grave aún luego de doce años de permanencia en el poder) de una comunidad de vida y de los destinos de la misma, que exige pegarse a lo concreto sin perder la perspectiva.
Esa es la obligación de los gobernantes y no una retórica de cambio -del signo político que sea- que culmina en incumplidas promesas que sólo alientan el desencanto. La pregunta aún sin respuesta es ¿cómo resolver el misterio del crecimiento? En el camino del desarrollo, las personas deberían ocupar el centro de la relación entre Estado, democracia y economía de mercado.
La vida política no sigue una sola regla. Con frecuencia, los gobiernos se ven obligados a cambiar de política bajo la amenaza de perder las elecciones, con el objetivo de afrontar los desafíos de la gobernabilidad.
Así, con el préstamo del FMI, el gobierno de Macri evitó el derrumbe de la economía real y “compró tiempo” para sostener el orden social y seguir gobernando hasta la finalización de su mandato y, de ser posible, lograr la reelección con su estilo político gerencial. La crisis económica del macrismo es el resultado de una doble crisis: de confianza política y de confianza del capital (que frena sus inversiones).
Después de 35 años, convivimos en una democracia a medio hacer, que arrastra todavía desigualdades insostenibles, la que mantiene a millones de argentinos en la pobreza y la indigencia, aun cuando la democracia es siempre un proyecto inacabado.
La decadencia es excesivamente compleja y enmarañada como para que la capte una sola mirada, además con pretensiones de corto plazo y sin liderazgos de calidad. La apuesta sobre el futuro reclama una discusión colectiva e integral sobre las condiciones de salida de la decadencia.
Sin una redefinición profunda de la vida democrática, el riesgo se observa en la extrema derecha, la xenofobia y las injusticias crecientes; riesgo que sobrevuela y se ha instalado en numerosos países occidentales y que advierte sobre la nueva disposición de los escenarios políticos en la discordancia de un mundo tan oscilante.