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La hora de los cínicos

El egreso de Evo Morales del poder, a dos meses de completar tres mandatos consecutivos, mostró todo el cinismo del discurso político. El centro del debate fue si existió o no un golpe de Estado, olvidando que la crisis boliviana se originó en una inconstitucional candidatura y en comicios fraudulentos.

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Jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

“Los derechos humanos de la democracia no son los que esgrimen los autócratas para perpetuarse en el poder, sino los que tienen los pueblos para evitarlo”.

La crisis institucional en Bolivia y el egreso de Evo Morales del poder, fueron el disparador de toda suerte de opiniones acerca de si el acontecimiento podía considerarse o no un golpe de Estado. Casi naturalmente, todas ellas impregnadas de un sesgo ideológico conforme la ubicación de cada quien, sin que nada importaran los hechos y las razones objetivas.
Desde un gobierno argentino que mantuvo una posición contraria a los populismos del continente, diputados y senadores donde el peronismo impuso su número, hasta un presidente electo, Alberto Fernández, que es un especialista en adaptar sus posiciones conforme las circunstancias, se escucharon expresiones para ambos lados.
Hace mucho tiempo (¿o quizás siempre?) el discurso político tiene una moralidad de doble estándar, una cosa son los amigos políticos y otra diferente, los adversarios o enemigos. Para estos, al decir del primer Perón, “ni justicia”. Lo que se dice, un cinismo inconmensurable.
Todo lo que ha sucedido en Bolivia en los últimos tres lustros, para bien o para mal, es casi exclusiva responsabilidad de Evo Morales, inclusive la actual crisis institucional. Es el que ejerció uno de los mejores gobiernos de la historia boliviana y del continente en su contexto actual, pero también es el mismo que tomó la pala para cavar su propia fosa política.
Es que el poder envanece, nubla el entendimiento, distorsiona la percepción, porque teniendo la puerta grande para egresar como líder de la cara eficiente del populismo continental, prefirió la puerta del costado que la historia reserva a los pequeños gobernantes presos de sus ambiciones desmedidas.
Y fue Evo, por mano propia, el que firmó su carta de renuncia y se subió a un avión rumbo a México, demostrando que golpes de Estado eran los de antes, esos al estilo pinochetista, y gobernantes valientes también, como Salvador Allende que, rodeado de tanques y  golpistas armados, no tomó la lapicera para renunciar sino el fusil Ak-47 para suicidarse en el Palacio de la Moneda.
Es una pena que Evo Morales haya decidido no ser una referencia para el pueblo boliviano, para preferir sumar “una nueva lápida para el copioso cementerio de hegemonías fallidas”, al decir de Natalio Botana. A los que se creen imprescindibles, debería prohibírseles olvidar que estamos aquí porque nos puso Dios.
Es cierto que cada gobierno, una vez en el mando, ejercita una suerte de opción moral: o camina por la ancha avenida de la democracia o se escabulle por los resquicios apretados que brindan los atajos éticos.
Y esto último es lo que eligió Evo, descartando la puerta que le abría la historia para tomar la opción correcta. De tal modo, el orden jurídico fue para Evo apenas una apariencia, un ropaje que se construyó a medida para justificar sus deseos y sus ambiciones. Y así le fue.
Es que, por más eficiente que sea un gobernante, nunca puede creerse más importante que la comunidad para la que gobierna. Y Evo quiso ser más que la propia Bolivia, quiso ser el dato permanente de la nacionalidad boliviana, sin darse cuenta de que fue apenas una circunstancia histórica en un país que tiene doscientos años de vida autonómica.
Y los hechos no pueden discutirse, están ahí y no son adaptables a los sesgos que los oportunistas quieren imprimirle a conveniencia.
Cayó víctima de su propia medicina. Gobernó desde 2006, elección anticipada mediante, luego de que con sus piquetes cocaleros, cortes de ruta y actos violentos obligara a renunciar al presidente, vicepresidente y demás autoridades constitucionales de entonces, presionadas por la situación incontrolable.
Durante su mandato se reformó la constitución boliviana, impidiendo más de una reelección consecutiva. Interpretación judicial mediante, logró que no se considerara computable su primer mandato, lo que le posibilitó tener tres períodos seguidos en el poder.
Como si tres no le fueran suficientes, en 2016 convocó a un referéndum para reformar el artículo 168 de la Constitución boliviana que permitía sólo una reelección consecutiva. El pueblo le dijo “no”, y parecía que se le terminaban las ansias de ser reelecto por cuarta vez.
Pero, si para cualquier persona normal el ordenamiento jurídico se hizo para cumplirse y la decisión popular para respetarse, no para Evo. Se consiguió una decisión de su “amistoso” Tribunal Constitucional Plurinacional, para poder competir por un cuarto mandato en las elecciones de 2019.
Respetar los derechos humanos de Evo de elegir y ser elegido, dijo la justicia amiga, olvidando que los derechos humanos que suministra la democracia no son los que esgrimen los autócratas para perpetuarse en el poder, sino los que tienen los pueblos para evitarlo.
Pero es el 20 de octubre de 2019, el día de las elecciones generales, que Evo termina de desbarrancarse, a través de una maniobra fraudulenta que suspende el conteo por 24 horas, y desde una posición de segunda vuelta pasa a ganar en primera por un sospechoso porcentaje ínfimo.
La burda maniobra colmó el vaso y generó el inicio de la resistencia civil, la que verdaderamente posibilitó la renuncia del autócrata. La adhesión de los militares y policías vino después de que Evo Morales se había vaciado de poder ante sus maniobras fraudulentas. Los Comités Cívicos de las distintas ciudades, que son entidades que agrupan a las organizaciones civiles de la comunidad y que existen en Bolivia hace más de cincuenta años, encabezaron las protestas.
Es que, haciendo un parangón con la teoría jurídica, no se podían obtener frutos sanos de un árbol venenoso.
A esta altura cabe preguntarse, ¿quién, y menos un autócrata, aceptaría mansamente repetir comicios que cree haber ganado en buena ley? Nadie, salvo que sepa que haya hecho fraude y ya no tenga el poder para imponerlo. La oportunista posición de la OEA apenas le sirvió como pretexto para generar una nueva chance, lo que no fue aceptado por las fuerzas civiles.
La democracia tiene normas y un contexto ético insoslayable. Unos y otros fueron abrogados por un Evo Morales ebrio de poder. La reacción del pueblo boliviano le impidió continuar con su derrotero, diciéndole no a la “venezolanización” de su patria.
El golpeo en el pecho de muchos políticos del continente, incluyendo Argentina, sobre un pretendido golpe de Estado porque achica el mandato de Evo en dos meses, tiene la hipocresía y el cinismo del doble estándar, que no contrabalancea el hecho contundente de un intento de perpetuarse en el poder a través de maniobras jurídicas y electorales delictuosas y antidemocráticas.
Se abre un período de incertidumbre política y económica en Bolivia, sólo los bolivianos serán capaces de ir introduciendo la racionalidad necesaria para continuar por el sendero democrático, sin hacerles el juego a los violentos de adentro y de afuera.

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La hora de los cínicos

El egreso de Evo Morales del poder, a dos meses de completar tres mandatos consecutivos, mostró todo el cinismo del discurso político. El centro del debate fue si existió o no un golpe de Estado, olvidando que la crisis boliviana se originó en una inconstitucional candidatura y en comicios fraudulentos.

Jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

“Los derechos humanos de la democracia no son los que esgrimen los autócratas para perpetuarse en el poder, sino los que tienen los pueblos para evitarlo”.

La crisis institucional en Bolivia y el egreso de Evo Morales del poder, fueron el disparador de toda suerte de opiniones acerca de si el acontecimiento podía considerarse o no un golpe de Estado. Casi naturalmente, todas ellas impregnadas de un sesgo ideológico conforme la ubicación de cada quien, sin que nada importaran los hechos y las razones objetivas.
Desde un gobierno argentino que mantuvo una posición contraria a los populismos del continente, diputados y senadores donde el peronismo impuso su número, hasta un presidente electo, Alberto Fernández, que es un especialista en adaptar sus posiciones conforme las circunstancias, se escucharon expresiones para ambos lados.
Hace mucho tiempo (¿o quizás siempre?) el discurso político tiene una moralidad de doble estándar, una cosa son los amigos políticos y otra diferente, los adversarios o enemigos. Para estos, al decir del primer Perón, “ni justicia”. Lo que se dice, un cinismo inconmensurable.
Todo lo que ha sucedido en Bolivia en los últimos tres lustros, para bien o para mal, es casi exclusiva responsabilidad de Evo Morales, inclusive la actual crisis institucional. Es el que ejerció uno de los mejores gobiernos de la historia boliviana y del continente en su contexto actual, pero también es el mismo que tomó la pala para cavar su propia fosa política.
Es que el poder envanece, nubla el entendimiento, distorsiona la percepción, porque teniendo la puerta grande para egresar como líder de la cara eficiente del populismo continental, prefirió la puerta del costado que la historia reserva a los pequeños gobernantes presos de sus ambiciones desmedidas.
Y fue Evo, por mano propia, el que firmó su carta de renuncia y se subió a un avión rumbo a México, demostrando que golpes de Estado eran los de antes, esos al estilo pinochetista, y gobernantes valientes también, como Salvador Allende que, rodeado de tanques y  golpistas armados, no tomó la lapicera para renunciar sino el fusil Ak-47 para suicidarse en el Palacio de la Moneda.
Es una pena que Evo Morales haya decidido no ser una referencia para el pueblo boliviano, para preferir sumar “una nueva lápida para el copioso cementerio de hegemonías fallidas”, al decir de Natalio Botana. A los que se creen imprescindibles, debería prohibírseles olvidar que estamos aquí porque nos puso Dios.
Es cierto que cada gobierno, una vez en el mando, ejercita una suerte de opción moral: o camina por la ancha avenida de la democracia o se escabulle por los resquicios apretados que brindan los atajos éticos.
Y esto último es lo que eligió Evo, descartando la puerta que le abría la historia para tomar la opción correcta. De tal modo, el orden jurídico fue para Evo apenas una apariencia, un ropaje que se construyó a medida para justificar sus deseos y sus ambiciones. Y así le fue.
Es que, por más eficiente que sea un gobernante, nunca puede creerse más importante que la comunidad para la que gobierna. Y Evo quiso ser más que la propia Bolivia, quiso ser el dato permanente de la nacionalidad boliviana, sin darse cuenta de que fue apenas una circunstancia histórica en un país que tiene doscientos años de vida autonómica.
Y los hechos no pueden discutirse, están ahí y no son adaptables a los sesgos que los oportunistas quieren imprimirle a conveniencia.
Cayó víctima de su propia medicina. Gobernó desde 2006, elección anticipada mediante, luego de que con sus piquetes cocaleros, cortes de ruta y actos violentos obligara a renunciar al presidente, vicepresidente y demás autoridades constitucionales de entonces, presionadas por la situación incontrolable.
Durante su mandato se reformó la constitución boliviana, impidiendo más de una reelección consecutiva. Interpretación judicial mediante, logró que no se considerara computable su primer mandato, lo que le posibilitó tener tres períodos seguidos en el poder.
Como si tres no le fueran suficientes, en 2016 convocó a un referéndum para reformar el artículo 168 de la Constitución boliviana que permitía sólo una reelección consecutiva. El pueblo le dijo “no”, y parecía que se le terminaban las ansias de ser reelecto por cuarta vez.
Pero, si para cualquier persona normal el ordenamiento jurídico se hizo para cumplirse y la decisión popular para respetarse, no para Evo. Se consiguió una decisión de su “amistoso” Tribunal Constitucional Plurinacional, para poder competir por un cuarto mandato en las elecciones de 2019.
Respetar los derechos humanos de Evo de elegir y ser elegido, dijo la justicia amiga, olvidando que los derechos humanos que suministra la democracia no son los que esgrimen los autócratas para perpetuarse en el poder, sino los que tienen los pueblos para evitarlo.
Pero es el 20 de octubre de 2019, el día de las elecciones generales, que Evo termina de desbarrancarse, a través de una maniobra fraudulenta que suspende el conteo por 24 horas, y desde una posición de segunda vuelta pasa a ganar en primera por un sospechoso porcentaje ínfimo.
La burda maniobra colmó el vaso y generó el inicio de la resistencia civil, la que verdaderamente posibilitó la renuncia del autócrata. La adhesión de los militares y policías vino después de que Evo Morales se había vaciado de poder ante sus maniobras fraudulentas. Los Comités Cívicos de las distintas ciudades, que son entidades que agrupan a las organizaciones civiles de la comunidad y que existen en Bolivia hace más de cincuenta años, encabezaron las protestas.
Es que, haciendo un parangón con la teoría jurídica, no se podían obtener frutos sanos de un árbol venenoso.
A esta altura cabe preguntarse, ¿quién, y menos un autócrata, aceptaría mansamente repetir comicios que cree haber ganado en buena ley? Nadie, salvo que sepa que haya hecho fraude y ya no tenga el poder para imponerlo. La oportunista posición de la OEA apenas le sirvió como pretexto para generar una nueva chance, lo que no fue aceptado por las fuerzas civiles.
La democracia tiene normas y un contexto ético insoslayable. Unos y otros fueron abrogados por un Evo Morales ebrio de poder. La reacción del pueblo boliviano le impidió continuar con su derrotero, diciéndole no a la “venezolanización” de su patria.
El golpeo en el pecho de muchos políticos del continente, incluyendo Argentina, sobre un pretendido golpe de Estado porque achica el mandato de Evo en dos meses, tiene la hipocresía y el cinismo del doble estándar, que no contrabalancea el hecho contundente de un intento de perpetuarse en el poder a través de maniobras jurídicas y electorales delictuosas y antidemocráticas.
Se abre un período de incertidumbre política y económica en Bolivia, sólo los bolivianos serán capaces de ir introduciendo la racionalidad necesaria para continuar por el sendero democrático, sin hacerles el juego a los violentos de adentro y de afuera.