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Amamantar

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Mi madre era una mujer de pechos generosos. Desde muy pequeño viví la escena donde ella fue amamantando a cada hijo que Dios le regalaba. Ella lo hacía con toda naturalidad. Recuerdo que se tomaba su tiempo para dar la leche a su bebé de turno.
Estoy recordándome, a los 5 o 6 años, mirando la escena con absoluta normalidad, con la inocencia de los pequeños. Ella introducía sus descuidadas manos campesinas en uno de los corpiños y aparecía esa “fábrica de leche” ofreciendo el pezón al fruto de sus entrañas, nena o varón, quien solía absorber con fuerza el manjar que la madre le brindaba. Me parece estar viéndola también con qué naturalidad y cautela volvía el primer pecho a su lugar para ofrecer el otro y completar así la tarea.
Como le gustaba cantar, su padre era cantor de coro en la iglesia, solía canturrear una canción de cuna; que era siempre la misma, porque otra no había aprendido.
La mamadera aparecería después, cuando, tras meses de amamantar, la madre ofrecía poca sustancia, o el bebé requería unas chupadas suplementarias.
Entonces no existían las leches artificiales, o al menos eran desconocidas por mi familia. Suerte para nosotros, que pudimos disfrutar (casi diría, sacarle jugo) a esa leche materna que contiene 400 componentes, destinados por Dios para provecho de la criatura.
Después de algunos años en que se quiso “liberar” a la mujer de la “pesada tarea” de amamantar ofreciendo productos artificiales que “suplían perfectamente” la leche materna, se volvió a lo natural. Y se volvió naturalmente.
Aun cuando hay madres que, por diversas razones, no deben amamantar, sigue siendo válido el mandato natural de nutrir a la criatura con el mejor alimento que podamos imaginar. 
No olvidemos, por lo demás, que la leche ofrecida forma parte de un mundo mucho más amplio, en el que la intercomunicación afectiva cubre también un espacio vital.
¡Hasta mañana!

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Amamantar

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Mi madre era una mujer de pechos generosos. Desde muy pequeño viví la escena donde ella fue amamantando a cada hijo que Dios le regalaba. Ella lo hacía con toda naturalidad. Recuerdo que se tomaba su tiempo para dar la leche a su bebé de turno.
Estoy recordándome, a los 5 o 6 años, mirando la escena con absoluta normalidad, con la inocencia de los pequeños. Ella introducía sus descuidadas manos campesinas en uno de los corpiños y aparecía esa “fábrica de leche” ofreciendo el pezón al fruto de sus entrañas, nena o varón, quien solía absorber con fuerza el manjar que la madre le brindaba. Me parece estar viéndola también con qué naturalidad y cautela volvía el primer pecho a su lugar para ofrecer el otro y completar así la tarea.
Como le gustaba cantar, su padre era cantor de coro en la iglesia, solía canturrear una canción de cuna; que era siempre la misma, porque otra no había aprendido.
La mamadera aparecería después, cuando, tras meses de amamantar, la madre ofrecía poca sustancia, o el bebé requería unas chupadas suplementarias.
Entonces no existían las leches artificiales, o al menos eran desconocidas por mi familia. Suerte para nosotros, que pudimos disfrutar (casi diría, sacarle jugo) a esa leche materna que contiene 400 componentes, destinados por Dios para provecho de la criatura.
Después de algunos años en que se quiso “liberar” a la mujer de la “pesada tarea” de amamantar ofreciendo productos artificiales que “suplían perfectamente” la leche materna, se volvió a lo natural. Y se volvió naturalmente.
Aun cuando hay madres que, por diversas razones, no deben amamantar, sigue siendo válido el mandato natural de nutrir a la criatura con el mejor alimento que podamos imaginar. 
No olvidemos, por lo demás, que la leche ofrecida forma parte de un mundo mucho más amplio, en el que la intercomunicación afectiva cubre también un espacio vital.
¡Hasta mañana!