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Avivato

Las “avivadas”, son las cancheras soluciones argentinas para burlar las responsabilidades

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Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Desde su sobrenombre popular y celebrado, el dibujante y humorista Lino Palacio, lo inauguró en una tira en Diario “La Razón” el 23 de septiembre de 1946. No lo sabía o realmente lo predijo bautizando a ese tipo de argentino con mucha calle en el país. Es el vividor, chuzo y muy práctico para encontrar siempre dinero sin esfuerzo y con eterna simpatía. En el deporte, en la política, en cualquier aspecto y tareas de la vida, sin esfuerzos, poniendo lo mejor de sí: caradurez y habilidad, como ganzúa que habilita cualquier ingreso por peliagudo que fuera. Fue tal la popularidad que el 17 de noviembre de 1953, se edita la revista “Avivato”. El nuestro, el que fue madurando hasta hoy es mucho más peligroso y no aconsejable porque ha transformado la avivada simple, simpática en arma poderosa de peligrosa “portación”.
Gabriel García Márquez lo caracterizó al personaje de cuerpo entero: “Tipo perfecto de vividor sin escrúpulos, oportunista practicante irreductible de la alta y vulgarizada filosofía del embudo, muy distante de ser el tipo humano digno de la simpatía pública o privada, un estafador de la buena fe. Un aprovechado de la ingenuidad y la confianza del vecino”. Hasta el cine lo plasmó a este vecino argentino que hoy lo emulan como una suerte de moda, de gran popularidad, todos los “triunfadores” connacionales. La película se estrenó en 1949 con la producción y dirección de Enríque Cahen Salaberry, y el protagonismo absoluto de Pepe Iglesias “El Zorro”. Esta suerte de “raza” variopinto muy distinto a la avivada común, bate de antemano que estamos frente a una especie que se ha hecho cotidiana muy evolucionada: gestores, punteros, relacionistas, siempre amigos de los que están “arriba”. Ellos siguen una vocación hecha en casa, saltar cualquier valla. Los argentinos aman a los transgresores, a aquellos que hacen por izquierda cualquier avivada por peligrosa que fuera, si logra lo que se propone es un ídolo. Por eso los celebramos como auténticos fenómenos, tipos que se han robado medio país, gestores y testaferros de alguien o de muchos que siempre se largan a todas las contiendas electorales, sabiendo que los militantes, los admiradores los votan a muerte. Son quienes llegado el momento se arman de odio como clima cotidiano de “apoyo irrestricto” a sus candidatos, números puestos. El periodista y filósofo Miguel Wiñaski los define a esas fuerzas de choque: “La administración pública de la rabia es el reverso de la sociedad. A mayor temor, mayor agresión contenida, y la estrategia, feudal casi siempre, a lo largo de las cronologías argentinas, ha sido la de decidir desde el poder a quién es conveniente odiar”. Pero el poder no solamente es el Gobierno, sino más que nada los “Avivatos” que con poderes adquiridos de otra manera, sin escrúpulos se sirven de todas las locuras que inundan las noticias. La historia argentina está plagada de “Avivatos” que siempre salieron ganando, promoviendo desidia y frustraciones a un país anclado.
Ya lo marcó el tango, especialmente un sociólogo como lo fue Enríque Santos Discépolo cuando en 1926, estrena “¡Qué va cha ché..!” “¿ Pero no ves, gilito embanderado,/ que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado/ y a la moral la dan por moneditas..?/ ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista/ frente a dos pesos moneda nacional..?/ Vos resultás, haciendo el moralista,/ un disfrazao… sin carnaval…”.
“Avivato” es el eterno canchero argentino que se lleva todo por delante, lo malo es que con su vigencia naturaliza ser chorros confesos porque ya no es una avivada, sino un deporte nacional en que cada uno toma lo ajeno construyendo poderosos más que el poder mismo. Celedonio Flores rescata esa fuerte personalidad arribista del primer “escalón” del gran salto a las “estrellas,” el canchero con mucho de Avivato. Lo cantó con gran suceso Julio Sosa: “Para el récord de mi vida sos una fácil carrera/ que yo me animo a ganarte sin emoción ni final./ Te lo bato pa’ que entiendas en esta jerga burrera/ que sos una ‘potranca’ para una ‘penca cuadrera’/ y yo- ¡che, vieja..!- ya he sido relojiao pa’l Nacional”.
Siempre hemos tomado con humor los excesos. En otras latitudes se expía con sentencias acordes con la gravedad, acá son candidatos. Esta ligereza con que hoy se “cocinan” todos los desvíos nos llevan a preguntarnos... ¿y el resto de la suma prometida…? responden con una sonrisa socarrona gesticulando con el pulgar en lo alto: “...¡para los de arriba!”. Algo siempre tiene que quedar, o si no cómo se llenan los bolsos.
El argentino, en vez de defenestrar, admira a estos notorios del verso, porque siempre merced “cometa”, logran sortear todos los obstáculos. Son vividores que van subiendo la escala que no sólo se prostituyen en su ascendente vuelo rapaz, sino que con su proceder prostituyen a sus “fans” y a quienes caen en sus garras tras una urgente causa, de vida o muerte.
Rolando Laserie, ese popular cantante cubano, artista de Proartel, la empresa productora de Canal 13, cuando la brillante gestión de otro cubano, Goar Mestre, amaba los tangos pero cantaba uno en particular que justamente habla del desengaño de la moral. Es un tema recurrente que con la música de Roberto Grela, Francisco Gorrindo plasma una letra que es una verdadera radiografía específicamente argentina: “Las cuarenta”,  estrenado en el año 1936 por el cantor Roberto Díaz, actuando en Gral. Pico, La Pampa: “Aprendí todo lo malo, aprendí todo lo bueno,/ sé del beso que se compra,/ sé del beso que se da,/ del amigo que es amigo siempre/ y cuando le convenga/ y sé que con mucha plata/ uno vale mucho más./ Aprendí que en esta vida/ hay que llorar si otros lloran/ y si la murga se ríe, uno se debe reír,/ no pensar ni equivocado,/ ¡para qué si igual se vive..!/ y además corrés el riesgo/ de que te bauticen gil”.
Al doctor René Favaloro siempre lo menciono, porque no debemos olvidar a quienes hicieron y dejaron un legado de ponderaciones certeras. Siempre es el mal ejemplo el que cunde, porque Argentina siempre repite lo inevitable. Severamente enfatizaba, marcando una diferencia ponderable: “A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla, sociedad de privilegio, donde unos pocos gozan hasta del hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación”. “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes. Si resurgiera San Martín, caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes”. Las buenas palabras. Los buenos deseos. La firmeza de los propósitos ha construido pueblos que han sabido escuchar. Los argentinos, adictos al libertinaje, optamos por lo práctico y cómodo: la atorrante viveza criolla, la poderosa “marca” con sello argentino en el orillo.

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Avivato

Las “avivadas”, son las cancheras soluciones argentinas para burlar las responsabilidades

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Desde su sobrenombre popular y celebrado, el dibujante y humorista Lino Palacio, lo inauguró en una tira en Diario “La Razón” el 23 de septiembre de 1946. No lo sabía o realmente lo predijo bautizando a ese tipo de argentino con mucha calle en el país. Es el vividor, chuzo y muy práctico para encontrar siempre dinero sin esfuerzo y con eterna simpatía. En el deporte, en la política, en cualquier aspecto y tareas de la vida, sin esfuerzos, poniendo lo mejor de sí: caradurez y habilidad, como ganzúa que habilita cualquier ingreso por peliagudo que fuera. Fue tal la popularidad que el 17 de noviembre de 1953, se edita la revista “Avivato”. El nuestro, el que fue madurando hasta hoy es mucho más peligroso y no aconsejable porque ha transformado la avivada simple, simpática en arma poderosa de peligrosa “portación”.
Gabriel García Márquez lo caracterizó al personaje de cuerpo entero: “Tipo perfecto de vividor sin escrúpulos, oportunista practicante irreductible de la alta y vulgarizada filosofía del embudo, muy distante de ser el tipo humano digno de la simpatía pública o privada, un estafador de la buena fe. Un aprovechado de la ingenuidad y la confianza del vecino”. Hasta el cine lo plasmó a este vecino argentino que hoy lo emulan como una suerte de moda, de gran popularidad, todos los “triunfadores” connacionales. La película se estrenó en 1949 con la producción y dirección de Enríque Cahen Salaberry, y el protagonismo absoluto de Pepe Iglesias “El Zorro”. Esta suerte de “raza” variopinto muy distinto a la avivada común, bate de antemano que estamos frente a una especie que se ha hecho cotidiana muy evolucionada: gestores, punteros, relacionistas, siempre amigos de los que están “arriba”. Ellos siguen una vocación hecha en casa, saltar cualquier valla. Los argentinos aman a los transgresores, a aquellos que hacen por izquierda cualquier avivada por peligrosa que fuera, si logra lo que se propone es un ídolo. Por eso los celebramos como auténticos fenómenos, tipos que se han robado medio país, gestores y testaferros de alguien o de muchos que siempre se largan a todas las contiendas electorales, sabiendo que los militantes, los admiradores los votan a muerte. Son quienes llegado el momento se arman de odio como clima cotidiano de “apoyo irrestricto” a sus candidatos, números puestos. El periodista y filósofo Miguel Wiñaski los define a esas fuerzas de choque: “La administración pública de la rabia es el reverso de la sociedad. A mayor temor, mayor agresión contenida, y la estrategia, feudal casi siempre, a lo largo de las cronologías argentinas, ha sido la de decidir desde el poder a quién es conveniente odiar”. Pero el poder no solamente es el Gobierno, sino más que nada los “Avivatos” que con poderes adquiridos de otra manera, sin escrúpulos se sirven de todas las locuras que inundan las noticias. La historia argentina está plagada de “Avivatos” que siempre salieron ganando, promoviendo desidia y frustraciones a un país anclado.
Ya lo marcó el tango, especialmente un sociólogo como lo fue Enríque Santos Discépolo cuando en 1926, estrena “¡Qué va cha ché..!” “¿ Pero no ves, gilito embanderado,/ que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado/ y a la moral la dan por moneditas..?/ ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista/ frente a dos pesos moneda nacional..?/ Vos resultás, haciendo el moralista,/ un disfrazao… sin carnaval…”.
“Avivato” es el eterno canchero argentino que se lleva todo por delante, lo malo es que con su vigencia naturaliza ser chorros confesos porque ya no es una avivada, sino un deporte nacional en que cada uno toma lo ajeno construyendo poderosos más que el poder mismo. Celedonio Flores rescata esa fuerte personalidad arribista del primer “escalón” del gran salto a las “estrellas,” el canchero con mucho de Avivato. Lo cantó con gran suceso Julio Sosa: “Para el récord de mi vida sos una fácil carrera/ que yo me animo a ganarte sin emoción ni final./ Te lo bato pa’ que entiendas en esta jerga burrera/ que sos una ‘potranca’ para una ‘penca cuadrera’/ y yo- ¡che, vieja..!- ya he sido relojiao pa’l Nacional”.
Siempre hemos tomado con humor los excesos. En otras latitudes se expía con sentencias acordes con la gravedad, acá son candidatos. Esta ligereza con que hoy se “cocinan” todos los desvíos nos llevan a preguntarnos... ¿y el resto de la suma prometida…? responden con una sonrisa socarrona gesticulando con el pulgar en lo alto: “...¡para los de arriba!”. Algo siempre tiene que quedar, o si no cómo se llenan los bolsos.
El argentino, en vez de defenestrar, admira a estos notorios del verso, porque siempre merced “cometa”, logran sortear todos los obstáculos. Son vividores que van subiendo la escala que no sólo se prostituyen en su ascendente vuelo rapaz, sino que con su proceder prostituyen a sus “fans” y a quienes caen en sus garras tras una urgente causa, de vida o muerte.
Rolando Laserie, ese popular cantante cubano, artista de Proartel, la empresa productora de Canal 13, cuando la brillante gestión de otro cubano, Goar Mestre, amaba los tangos pero cantaba uno en particular que justamente habla del desengaño de la moral. Es un tema recurrente que con la música de Roberto Grela, Francisco Gorrindo plasma una letra que es una verdadera radiografía específicamente argentina: “Las cuarenta”,  estrenado en el año 1936 por el cantor Roberto Díaz, actuando en Gral. Pico, La Pampa: “Aprendí todo lo malo, aprendí todo lo bueno,/ sé del beso que se compra,/ sé del beso que se da,/ del amigo que es amigo siempre/ y cuando le convenga/ y sé que con mucha plata/ uno vale mucho más./ Aprendí que en esta vida/ hay que llorar si otros lloran/ y si la murga se ríe, uno se debe reír,/ no pensar ni equivocado,/ ¡para qué si igual se vive..!/ y además corrés el riesgo/ de que te bauticen gil”.
Al doctor René Favaloro siempre lo menciono, porque no debemos olvidar a quienes hicieron y dejaron un legado de ponderaciones certeras. Siempre es el mal ejemplo el que cunde, porque Argentina siempre repite lo inevitable. Severamente enfatizaba, marcando una diferencia ponderable: “A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla, sociedad de privilegio, donde unos pocos gozan hasta del hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación”. “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes. Si resurgiera San Martín, caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes”. Las buenas palabras. Los buenos deseos. La firmeza de los propósitos ha construido pueblos que han sabido escuchar. Los argentinos, adictos al libertinaje, optamos por lo práctico y cómodo: la atorrante viveza criolla, la poderosa “marca” con sello argentino en el orillo.