Mal de muchos, consuelo de optimistas
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CORRIENTES:

Mal de muchos, consuelo de optimistas

Creer que el efecto global alcanza para explicar la complejidad de las perspectivas económicas, suponiendo que así se minimiza su relevancia, es no entender nada de lo que está ocurriendo.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

El popular refrán dice “mal de muchos, consuelo de tontos”. Tal vez sea momento de comprender que esta forma de interpretar el presente ha llegado a estas latitudes mostrando la candidez de ciertos frívolos analistas.
El hecho de afirmar livianamente que se dispone de una ventaja circunstancial sobre la base de que el tropiezo es planetario y no doméstico, confirma que nadie toma conciencia de la magnitud de sus propios dilemas.
La caída de la actividad será de enorme envergadura en cada continente. Dicho así pareciera que todos tendrán desafíos similares al ingresar a esta recesión generalizada que no exime a nadie de sus derivaciones.
Este planteo pretende instalar la visión de consolar a los propios mostrándoles que no serán las únicas víctimas de esta crisis en ciernes, ya qué en otros sitios distantes también la gente tendrá idéntico destino.
Es un abordaje simplista, pero fundamentalmente falaz. Muchas naciones proyectaban un crecimiento modesto pero consistente para este 2020, a un ritmo estimado del 2 o 3% anual, siendo esa meta más que movilizadora.
Los pronósticos ubican esas cifras ahora, en esas mismas regiones con retrocesos del 3 a 6% según el caso, lo que implica un derrumbe muy significativo respecto de la expectativa primaria.
Algunos suponen que lo que ocurrirá en los países emergentes y, peor aún en otros con fragilidades sistémicas será un mero espejo de los desarrollados, sin tomar nota de las brutales diferencias que contradicen semejante conclusión. En los más débiles los desplomes serán superiores al 10%, con repercusiones mucho mas funestas y con demoras para resurgir.
Intentar comparar la situación de las potencias con la propia parte de errores conceptuales gigantescos. Cuando se ha hecho lo adecuado y todo se apoya sobre pilares sólidos el horizonte no puede ser parecido.
Una moneda legítima, finanzas públicas equilibradas, un aparato productivo consolidado, con seguridad jurídica es el escenario de partida que contrasta con el que ofrecen otras aberrantes y patéticas realidades.
Evaluar el futuro como si aquí reinaran condiciones análogas a las descriptas para conjeturar utilizando ese prisma es, como mínimo, un despropósito repleto de cinismo intelectual. Claro que ya se siente el impacto de esta pandemia y que todo puede volverse más confuso y difícil, pero esa realidad no se replica en todas partes con la misma intensidad.
Aquellos que han hecho todo mal durante tantos años, obviamente, no sufrirán las mismas consecuencias que los que hicieron los deberes aceptablemente. No sería razonable, ni tampoco equitativo.
Por ese motivo, quienes han decidido, deliberadamente, no encarar las reformas estructurales y se han llenado la boca impidiéndolas sistemáticamente hoy se verán obligados a probar su propia medicina.
Esos que permanentemente sostuvieron con vehemencia que no había nada que revisar, que la nómina de empleados estatales es una vaca sagrada y que quitarle privilegios a la política era estadísticamente irrelevante tendrán ahora que hacerse cargo de sus hipócritas discursos.
Son los mismos que hacen caso omiso respecto de cualquier propuesta de cambio. Para ellos la reforma laboral es un acto criminal, la previsional una bestial canallada y la impositiva sólo producto del “lobby” de los poderosos.
Ni hablar de tocar un ápice del sistema carcelario, judicial, educativo, sanitario o electoral. Todos esos emergen como aspectos intocables de una perversa dinámica que no puede ser siquiera parcialmente cuestionada.
No lo quisieron hacer antes porque las consideraban inviables o inoportunas. Ahora tendrán que lidiar con esas supuestas convicciones y pedirles a sus votantes que financien sus ridículas ideas con más esfuerzo, pauperización y deterioro, exigiéndoles paciencia para un lento retorno.
La ansiada recuperación de esos países a los que miran con inocultable desprecio e indisimulable resentimiento será mucho más veloz que lo que sucederá en otros lugares y eso sucederá por haber entendido las reglas.
La arrogante visión que sostienen quienes dicen que aquí existe mucha experiencia para superar calamidades es sólo una leyenda que recitan los que viven de la nostalgia y jamás tomaron nota de que el mundo avanza, mientras por aquí se continúa sin rumbo alguno desde hace casi cien años.
La ignorancia, impericia o negligencia de una clase dirigente y una sociedad que se resiste a aceptar lo evidente, se llevará vidas humanas, aunque no puedan contabilizarlas con tanta precisión como lo hacen con el covid-19.
La pobreza endémica genera un círculo vicioso del que no se desea salir, o del que se pretende escapar sin abonar costo alguno. Ese infantilismo tiene precio y lo terminarán pagando, paradójicamente, los más vulnerables, esos a los que se dice proteger desde el grandilocuente relato oficial de décadas.
Lo que viene no será fácil. Retomar la senda llevará tiempo, sacrificio y padecimientos múltiples. El panorama es trágico y no se trata de ser pesimista u optimista, sino más bien asumir el presente con realismo.
Este ingenuo mecanismo que invita a la “buena onda”, como si se hubiera  demostrado que eso es suficiente, constituye una práctica que pretende reemplazar a la inteligencia sólo apelando a un voluntarismo tonto que todo lo soluciona. Los números hablan y la historia es categórica a la hora de exhibir los inapelables resultados de esa filosofía superficial.

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Mal de muchos, consuelo de optimistas

Creer que el efecto global alcanza para explicar la complejidad de las perspectivas económicas, suponiendo que así se minimiza su relevancia, es no entender nada de lo que está ocurriendo.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

El popular refrán dice “mal de muchos, consuelo de tontos”. Tal vez sea momento de comprender que esta forma de interpretar el presente ha llegado a estas latitudes mostrando la candidez de ciertos frívolos analistas.
El hecho de afirmar livianamente que se dispone de una ventaja circunstancial sobre la base de que el tropiezo es planetario y no doméstico, confirma que nadie toma conciencia de la magnitud de sus propios dilemas.
La caída de la actividad será de enorme envergadura en cada continente. Dicho así pareciera que todos tendrán desafíos similares al ingresar a esta recesión generalizada que no exime a nadie de sus derivaciones.
Este planteo pretende instalar la visión de consolar a los propios mostrándoles que no serán las únicas víctimas de esta crisis en ciernes, ya qué en otros sitios distantes también la gente tendrá idéntico destino.
Es un abordaje simplista, pero fundamentalmente falaz. Muchas naciones proyectaban un crecimiento modesto pero consistente para este 2020, a un ritmo estimado del 2 o 3% anual, siendo esa meta más que movilizadora.
Los pronósticos ubican esas cifras ahora, en esas mismas regiones con retrocesos del 3 a 6% según el caso, lo que implica un derrumbe muy significativo respecto de la expectativa primaria.
Algunos suponen que lo que ocurrirá en los países emergentes y, peor aún en otros con fragilidades sistémicas será un mero espejo de los desarrollados, sin tomar nota de las brutales diferencias que contradicen semejante conclusión. En los más débiles los desplomes serán superiores al 10%, con repercusiones mucho mas funestas y con demoras para resurgir.
Intentar comparar la situación de las potencias con la propia parte de errores conceptuales gigantescos. Cuando se ha hecho lo adecuado y todo se apoya sobre pilares sólidos el horizonte no puede ser parecido.
Una moneda legítima, finanzas públicas equilibradas, un aparato productivo consolidado, con seguridad jurídica es el escenario de partida que contrasta con el que ofrecen otras aberrantes y patéticas realidades.
Evaluar el futuro como si aquí reinaran condiciones análogas a las descriptas para conjeturar utilizando ese prisma es, como mínimo, un despropósito repleto de cinismo intelectual. Claro que ya se siente el impacto de esta pandemia y que todo puede volverse más confuso y difícil, pero esa realidad no se replica en todas partes con la misma intensidad.
Aquellos que han hecho todo mal durante tantos años, obviamente, no sufrirán las mismas consecuencias que los que hicieron los deberes aceptablemente. No sería razonable, ni tampoco equitativo.
Por ese motivo, quienes han decidido, deliberadamente, no encarar las reformas estructurales y se han llenado la boca impidiéndolas sistemáticamente hoy se verán obligados a probar su propia medicina.
Esos que permanentemente sostuvieron con vehemencia que no había nada que revisar, que la nómina de empleados estatales es una vaca sagrada y que quitarle privilegios a la política era estadísticamente irrelevante tendrán ahora que hacerse cargo de sus hipócritas discursos.
Son los mismos que hacen caso omiso respecto de cualquier propuesta de cambio. Para ellos la reforma laboral es un acto criminal, la previsional una bestial canallada y la impositiva sólo producto del “lobby” de los poderosos.
Ni hablar de tocar un ápice del sistema carcelario, judicial, educativo, sanitario o electoral. Todos esos emergen como aspectos intocables de una perversa dinámica que no puede ser siquiera parcialmente cuestionada.
No lo quisieron hacer antes porque las consideraban inviables o inoportunas. Ahora tendrán que lidiar con esas supuestas convicciones y pedirles a sus votantes que financien sus ridículas ideas con más esfuerzo, pauperización y deterioro, exigiéndoles paciencia para un lento retorno.
La ansiada recuperación de esos países a los que miran con inocultable desprecio e indisimulable resentimiento será mucho más veloz que lo que sucederá en otros lugares y eso sucederá por haber entendido las reglas.
La arrogante visión que sostienen quienes dicen que aquí existe mucha experiencia para superar calamidades es sólo una leyenda que recitan los que viven de la nostalgia y jamás tomaron nota de que el mundo avanza, mientras por aquí se continúa sin rumbo alguno desde hace casi cien años.
La ignorancia, impericia o negligencia de una clase dirigente y una sociedad que se resiste a aceptar lo evidente, se llevará vidas humanas, aunque no puedan contabilizarlas con tanta precisión como lo hacen con el covid-19.
La pobreza endémica genera un círculo vicioso del que no se desea salir, o del que se pretende escapar sin abonar costo alguno. Ese infantilismo tiene precio y lo terminarán pagando, paradójicamente, los más vulnerables, esos a los que se dice proteger desde el grandilocuente relato oficial de décadas.
Lo que viene no será fácil. Retomar la senda llevará tiempo, sacrificio y padecimientos múltiples. El panorama es trágico y no se trata de ser pesimista u optimista, sino más bien asumir el presente con realismo.
Este ingenuo mecanismo que invita a la “buena onda”, como si se hubiera  demostrado que eso es suficiente, constituye una práctica que pretende reemplazar a la inteligencia sólo apelando a un voluntarismo tonto que todo lo soluciona. Los números hablan y la historia es categórica a la hora de exhibir los inapelables resultados de esa filosofía superficial.