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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Para donde hay que ir, ahora

Es sólo una frase, pero dice mucho sobre lo mucho que se dice sin decir nada: “Ahora tenemos despejado el horizonte a donde queremos llegar”. Lo dijo Alberto Fernández en su primera declaración tras el cierre de la negociación por la deuda. Y la pregunta que surge, obvia, es: ¿A dónde queremos llegar, Presidente?

¿A una inflación normal? ¿A un crecimiento anual sostenido del PBI? ¿Al superávit fiscal? Ilusiones tenemos todos. Por supuesto, la cuestión es cómo lograr tales metas: para algunos el camino será vivir con lo nuestro y estatizar algunas empresas; para otros será una economía abierta e integrada al mundo motorizada por la inversión privada. Qué piensa el Gobierno, por ahora no lo sabemos: el plan económico no sólo parece no existir sino que hasta se duda de la conveniencia de tenerlo.

Sin embargo, esos objetivos son sólo algunos de los muchos que tenemos pendiente alcanzar. Lo que en verdad queremos es llegar a vivir bien de una buena vez. Con todo lo que eso implica.

Sin inflación, pero también sin inseguridad. Inseguridad que va más allá de la cifra de espanto que señala que en el Amba hay un muerto cada tres días. Los videos difundidos estos días sobre el padre asaltado con su hija de 4 años mientras caminaba por las calles de Quilmes, o el de los motochorros en Adrogué que le dispararon a centímetros de la cabeza a un hombre que paseaba con su hijo en bicicleta, demuestran lo aterradora que es esa experiencia lamentablemente cotidiana incluso cuando, como en estos casos, no pasa nada “grave”.

A todas y cada una de las víctimas de la inseguridad les robaron, además, calidad de vida. Les dejaron instalado un miedo que no se va fácil, que se presenta una y otra vez cuando alguien camina rápido cerca nuestro, al entrar o sacar el auto del garaje, al esperar el colectivo de noche, cuando llevamos la cartera apretada por las dudas o cuando no atendemos el celular en la calle para evitar que alguien lo arrebate.

Una educación decente también es una meta que debería preocuparnos tanto como el valor del dólar blue. ¿O no queremos llegar a una educación nivel escandinavo? En este caso, suele declamarse, pero no se verifica en la práctica. Las notas que hablan del tema nunca están entre las más leídas: una clara señal del poco interés que despierta la cuestión. ¿Otro ejemplo? En otras geografías hubieran sido inimaginables casos como el de Santiago del Estero, que con sólo 47 contagiados de covid-19 y ninguna muerte hasta ahora, recién se esté planteando reabrir el 18 de agosto las aulas que llevan 4 meses cerradas, y únicamente para los alumnos de los últimos años de Primaria y Secundaria, cuando en esa provincia hay, en todos los niveles, 260.000 estudiantes. Ni hablar de la situación en el Amba, donde lo más probable es que las clases presenciales no vuelvan en todo el año y no hay todavía ni una explicación de cómo se enfrentará el desafío de recuperar un ciclo lectivo entero prácticamente perdido.

La calidad institucional es otro objetivo que podría incluirse entre los “donde queremos llegar”. Lamentablemente, cuestiones como la presencia de Carlos Beraldi, abogado de Cristina Kirchner en sus causas por corrupción, en el comité que sugerirá cambios en la Justicia en general y en la Corte en particular, hacen sospechar que este tema no está entre las prioridades del Presidente.

Vivir bien es todo eso, pero a la vez, como plan, es la nada misma. Hay que poner en marcha en cada uno de esos cuatro grandes temas de Estado (economía, seguridad, educación, calidad institucional) medidas estudiadas, concretas, consensuadas y a corto, mediano y largo plazo. Y Fernández debe explicitarlas, con el mayor detalle posible. Así sabremos “a dónde queremos llegar”.

El año es una catástrofe y no sirve de nada maquillar el diagnóstico. Lo terminaremos más pobres, con más delitos y menos educados. El desafío es empezar a recuperarse ya. No como sostuvo Fernández en las mismas declaraciones: “Tras la pandemia debemos repensar muchas cosas”. No hay que esperar a que pase la pandemia, simplemente porque no hay manera de saber cuándo pasará. Hay que pensar ya. Y actuar cuanto antes.

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