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Voces extrañas

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

La historia de Corrientes tiene muchos vacíos sin llenar, omitidos la mayoría de las veces por conveniencia, creencias religiosas o en el peor de los casos ocultar alguna rama de árboles familiares que no convienen.

Existen personas que trascendieron a la propia historia, su recuerdo inmortal pasa de generación en generación con el agradecimiento eterno de quienes se vieron beneficiados. Un caso sobresaliente es el de doña Juana Francisca Cabral, quien donó terreno y obras para un hospital de mujeres, cuando éstas no tenían ni siquiera participación política y de acuerdo a ciertas creencias aún vigentes en muchos casos, ni siquiera derechos. 

Ni pensar en aquellas mujeres que vivían en concubinato, o provenían de relaciones prohibidas según estrictos códigos urbanos caldeados en normas de tipo religioso, el mejor destino era la muerte, porque la sociedad patriarcal no perdonaba, nada de escuelas medias, si por suerte llegaban a la primaria y la terminaban. Destino, sirvientas en la mayoría de los casos, en otros la prostitución.

El pobre, al hospital o la asistencia pública, con mucha suerte vivía. El control estaba en manos de religiosas católicas, que hasta en los sanatorios se las ubicaba, pero en este último caso el dinero perdonaba muchas herejías, dado que el oro no tiene olor ni credo.

El hospital de mujeres cumplía con el destino que su fundadora le había dado, con las limitaciones que advertí con anterioridad.

Muchas pobres mujeres llegaban de alguna forma al centro hospitalario, a veces en bicicleta, caminando, en carros y hasta a caballo. Pocos autos y menos ambulancias, no existían. 

Las mujeres parturientas que no alcanzaron el refugio de la comadrona, corrían al hospital como última alternativa, si no eran casadas ante el divino, recibían el maltrato y desprecio que se prodigaba a los heréticos y heterodoxos, pero el dolor insoportable permitía que la paciencia se centuplicara y menguara el padecimiento físico al que se agregaba el espiritual, ya que era suficiente ser simplemente mujer. 

En ese torbellino que la mujer sufría antes y durante el parto, nacía viva o muerta una criatura, cuando lloraba terminaba pronto en brazos de su madre con la intención de despejar la cama, que otras en los largos corredores del hospital esperaban entre llantos y oraciones, si no respiraba la poca piedad existente en el ambiente que describimos, llevaba a que los participantes del acto determinaran que fuera enterrado en lo que se denominaba “el antiguo cementerio” que existía en el fondo del lazareto casi sobre la calle Belgrano, donde hoy se encuentra el Geriátrico, más o menos.

Los restos de los sin nombre eran enterrados arbitrariamente, si alguna religiosa tenía algo de piedad, porque alguna sí lo sentían, esbozaba un rezo sencillo casi en silencio que terminaba con la última palada de tierra. Solo Dios conocía sus nombres. No sabemos si alguno que otro cuerpo estaba o no en el lugar, sagrado o pagano según la preferencia del enterrador.

Dicen los que habitaban el hospital, empleados o enfermeros, que en noches de lluvia, tormentas o muy frías, se oía el llanto de niños a coro. Voces que reclamaban a sus madres, o gritos contra la injusticia y el mal trato recibido.

De buena fuente informativa, según el modelo de informe policial, dos personas fueron destinatarias no solo de las voces. Una mucama que según mentas era muy mala y se ensañaba con mujeres desprotegidas y más si eran pecadoras, según sus dichos, y una monja que manejaba el taller de costura que en sus ratos de ocio hostigaba y humillaba a las internas eligiendo un pabellón al azar, recorriendo el largo camino de las extensas salas del hospital con su hábito negro y profiriendo agravios a diestra y siniestra. Las mujeres se tapaban con sábanas si las tenían y rogaban piedad, que por supuesto, jamás obtenían. Esas dos mujeres comenzaron a escuchar cada vez más fuerte los gritos de niños del presunto cementerio y en noches oscuras de tormenta, tal como dije, volaban los objetos sobre ellas como si fueran látigos. Nadie podía explicar el suceso, los demás no escuchaban pero si veían pasar objetos como dirigidos a las dos personas que mencionamos.

No pudieron aguantar el acoso de los inocentes. Una renunció al trabajo y vive pidiendo perdón a su Dios que creo difícilmente la escuche. La otra cayó en un estado de locura, deambulando por los pasillos, hablando y gesticulando como si tuviera permanente compañía, daba saltos y pegaba manotazos, terminó internada en un psiquiátrico de Córdoba.

Cuentan que en el lugar de costura se continúa escuchando voces. Una, tranquila y pacífica, que es muy parecida a la de una excelente mujer llamada doña Milí que ayudaba a todo el mundo, de gran bondad, que honró a la fundadora del hospital, secretamente cambiaba sábanas, entregaba remedios a los necesitados y siempre encontraba palabras de aliento para tanto martirio. Otra, de gritos desaforados como si vinieran del averno, cuyo acento norteño es el de la monja que pide perdón por tanta maldad.

Ana y Eva fueron testigos oculares de este asunto, ambas mujeres solteras padecieron lamentablemente en el hospital, hasta el día que el doctor Bonzón expulsó a las religiosas al comprobar que una cantidad incalculable de remedios estaban escondidos en armarios, vencidos por no haber sido suministrados a los necesitados. 

Los niños continúan llorando en las noches y dicen que cuando una buena persona, piadosa y generosa pasa por ese lugar el llanto se convierte en coro de ángeles.

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