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Almas en pena en un cementerio paraguayo

En el cementerio de La Recoleta de la capital paraguaya, al igual que en otros de todo el mundo, suceden hechos increíbles y asombrosos que en los últimos años se incrementaron en apariciones fantasmales y manifestaciones post mortem. Todos estos hechos no hacen más que confirmar que, tras la muerte física, no todas las almas parten al otro nivel.
Necrópolis. El cementerio Recoleta en Asunción, donde ocurren los hechos.
Presencia. Es habitual que fantasmas y sombras sean vistos en los cementerios.

Por Francisco Villagrán

villagranmail@gmail.com

Especial para El Litoral

El cementerio guaraní de Asunción, no solo es la última morada de grandes personalidades de la historia y la vida cultural, social y política paraguaya, sino que también se ha constituido en un polo de atracción de extrañas manifestaciones por las cuales fantasmas y aparecidos suelen erizar con su presencia, la piel de trabajadores y visitantes de esa importante necrópolis paraguaya. Tanto cultores de fenómenos paranormales como curiosos dispuestos a poner sus nervios a prueba, recorren habitualmente las calles internas del cementerio en el cual sepultureros, personal administrativo y guardias de seguridad aseguran tener un contacto cercano y frecuente con lo que consideran son almas en pena.

Como siempre, algunos de los involucrados en esta clase de episodios buscan bajar los decibeles en torno a las experiencias que, dicho sea de paso, son bastante coincidentes a la hora de ser relatadas, porque refieren por lo general a un mismo tipo de anomalía sintetizada en la visión de un fantasma. Los casos más singulares tienen que ver, por ejemplo, con haber visto figuras de personas, por parte de los visitantes, que de repente desaparecen, se esfuman delante de ellos. En ese rubro también se inscriben sombras que de repente se cruzan sin que exista nada a la vista que la haya provocado. Varios medios periodísticos paraguayos se han encargado de abordar esta problemática en los últimos tiempos, en paralelo a la descripción del estado de abandono en que se encuentra el camposanto, que empezó a funcionar como tal hace unos 176 años, luego de que los terrenos le fueran confiscados a la orden de los franciscanos recoletos (de allí su nombre de Recoleta).

Sus inicios

El cementerio como tal comenzó a funcionar en 1842, luego de que una gran porción de terreno perteneciente a los franciscanos recoletos fuera expropiada unos años antes por orden del mandatario paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia. Con el tiempo, el camposanto situado en lo que es hoy uno de los barrios más antiguos de Asunción, comenzó a ser la última morada de destacadas figuras de la historia paraguaya, como el mariscal Francisco Solano López y su esposa, madame Elisa Lynch, cuyos restos fueron traídos al Paraguay tras su muerte en París, ocurrida en julio de 1886. Políticos, poetas y héroes de la Guerra de la Triple Alianza fueron a dar con sus huesos a ese cementerio, donde primero como un mito urbano y más tarde como una realidad que muchos aseveran, los fenómenos inexplicables pasaron a ser hechos habituales y comunes. Se dice, por ejemplo, que entre los numerosos fantasmas avistados en distintas circunstancias, pudieron identificar al de Solano López y su esposa Elisa Lynch, por las características físicas.

Entre el cúmulo de situaciones increíbles sucedidas, hay una narrada por una de las autoridades del cementerio, que un día vio pasar entre las callejuelas de la necrópolis a una mujer vestida totalmente de negro. Pensando que estaba perdida, intentó alcanzarla para ayudarla, pero fue en vano. No hubo forma de que pudiera dar con esa mujer que, salvo que se hubiera desvanecido en el aire, no había otra forma de entender su desaparición. En parte el hecho quedó aclarado cuando la administrativa se acercó a una cuadrilla de albañiles que estaba reparando un panteón y les contó lo ocurrido. “No se haga problema, señora —le dijeron— seguro era un alma en pena, se las suele ver a menudo”, expresó uno de los obreros ante la impresionada mujer. “Acá estamos acostumbrados a ver esas cosas, porque a menudo van y vienen por todos lados, ya es normal para nosotros, no nos hacen daño”.

El extraño caso de las monjas

Gladys Mir es una florista cuyo puesto está afuera del cementerio. Para esta trabajadora las historias de fantasmas que cuentan sus clientes y muchos conocidos tienen un viso de realidad, porque ella, siendo niña, tuvo una impresionante experiencia similar a las que relatan en la actualidad. Sucedió que jugaba con su hermano en un árbol de moras situado en el límite del cementerio, cuando aparecieron dos monjas vestidas de blanco para pedirles que no hicieran tanto ruido porque querían descansar en paz. Los niños, en son de chiste, no les hicieron caso y comenzaron a arrojarles moras, pero ninguna impactó en sus blancas vestiduras, las atravesaban limpiamente, ninguna manchó sus hábitos. “Eso nos asustó mucho —recuerda Mir— y nos fuimos corriendo, cuando miramos para atrás, ya las dos monjas se habían esfumado. Luego, con el tiempo y ya grandes, nos enteramos de que allí cerca había un panteón donde estaban enterradas algunas monjas. Fue una experiencia increíble que hasta hoy me acuerdo bien”.

En cementerios y otros lugares donde hubo muertes trágicas, aparecen a menudo los fantasmas, aunque no en todos los casos se muestran, hay veces que una persona muere y nunca más se la ve, en cambio en otros casos se manifiestan, se dejan ver una o dos veces, dejan un mensaje y luego parten. Ahora bien, ¿cuál es la razón por la que los muertos se hacen presentes ante los vivos? La gran mayoría parece ser espectros que tienen la conciencia intranquila, frecuentemente han sido víctimas de alguna injusticia y por ello tratan de solicitar ayuda a los vivos. Por ejemplo, para que sus restos tengan un entierro decente, de acuerdo con su religión, piden protección para sus seres queridos, avisarles que al lugar donde fueron están bien o simplemente un poco de comprensión. Otros claman por la paz, que ha sido perturbada. Por lo general, las personas que han tenido una vida buena, vivida con respeto, honestidad y amor al prójimo, no tienen mayormente problemas, y al fallecer, su espíritu se dirige rápidamente al lugar que les corresponde en el otro lado, en el otro nivel, que se han ganado por su accionar en este mundo físico. 

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