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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Rebelión en la granja

Por Emilio Zola

No lograron las soluciones prometidas y perdieron las elecciones primarias. Ni siquiera las generales legislativas. Pero fue suficiente para que las dentelladas internas hicieran trizas la estabilidad institucional argentina, en una peligrosa mueca reminiscente de los tiempos afiebrados en que el expresidente Fernando De la Rúa ensayaba distintos experimentos desde el estratégico Ministerio de Economía, hasta que el estallido social se tradujo en una Plaza de Mayo ensangrentada.

La fractura del Gobierno nacional abre una caja de Pandora por cuanto las dos facciones enfrentadas desde los inicios de la actual administración (esto es el kirchnerismo de Cristina, Máximo y La Cámpora por un lado; y el Presidente, sus ministros leales y un puñado de intendentes del conurbano por el otro) no hallan vías de solución para encarar los próximos 60 días, a fin de frenar el aluvión de votos negativos que se avecina para las elecciones de noviembre.

¿Profundizar el aparato clientelar del Estado, aumentando el gasto público mediante una inyección de pesos a granel en los sectores más golpeados por la pobreza? ¿Ajustar desde la ortodoxia económica, siguiendo los lineamientos del Fondo Monetario para mantener estables los signos vitales de la macroeconomía? El dilema de los dos caminos que bifurcan las recetas de la coalición gobernante se transformó en una aporía que sume al Frente de Todos en el destino que siempre estuvo escrito para las mezclas de aguas y aceites: si se agitan demasiado, se homogenizan a la fuerza, pero con el costo de trocar en un producto abismalmente diferente al que fueron antes de fundirse el uno con el otro.

George Orwell pintó con precisión meridiana estos procesos desavenidos por la confrontación entre ideas radicales y postulados conservadores. En su novela “Rebelión en la Granja”, graficó la caída del régimen soviético mediante una metafórica pelea entre dos cerdos líderes que se juntan para derrocar al dueño del campo, pero luego se disputan el poder al punto de que el puerco Napoleón encabeza hordas de fanáticos que se dedican a boicotear al cerdo Snowball, mentor de un frustrado plan para abastecer de energía a la totalidad de la granja.

Así como en la novela de Orwell el generador eólico ideado por Snowball es arrasado por una tormenta, el plan que propuso Alberto Fernández para superar la crisis mediante un acuerdo civilizado con los mercados y desarrollar empleo desde la inversión privada quedó desactivado por la pandemia. Y en medio tanto dolor y tanta muerte, aparecieron los privilegios inexplicables del que manda a todo un país a guardar cuarentena mientras celebra con amigos y sin barbijos el cumpleaños de su consorte, en la palaciega residencia de Olivos.

Y como sucede en “Rebelión…”, los animales que apoyaron el levantamiento que los haría libres, toman conciencia de que están en la misma situación en la que se hallaban cuando eran oprimidos por el granjero humano. Simplemente han cambiado de opresor.

La gangrena que corroe el actual gobierno peronista desde sus cimientos todavía no llegó a los extremos que derivaron en la disolución de la Unión Soviética, pero se aproxima demasiado al trance que padeció De la Rúa cuando el vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez lo vació de legitimidad con una renuncia que echó por la borda aquel esperanzador proyecto político que fue la Alianza de 1999. Exactamente 20 años después de aquel caos, Cristina y los suyos vendrían a ser una cruza del cerdo Napoléon, sus muyahidines y “Chacho” Álvarez.

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