Muchas personas recordarán qué estaban haciendo el 18 de enero de 2015 cuando se enteraron de la muerte del fiscal Alberto Nisman, como también seguro registren sus circunstancias frente al atentado a la Amia o a la Embajada de Israel. Son sucesos que golpean de manera tan profunda que quedan guardados en nuestra memoria, intrínsecamente unidos y asociados a la cotidianeidad de nuestras vidas. Por fuera del plano individual, la memoria colectiva es la que, pese al paso del tiempo, revive aquel luctuoso episodio para volver a estremecernos, impidiéndonos enterrar en el olvido a quien aún clama por justicia. ¿Cómo permanecer indiferentes sin sumergirnos en una suerte de silencio cómplice?
Torre de Puerto Madero. Domingo. Escena invadida y pisoteada inconcebiblemente. Acusaciones cruzadas, responsabilidades evadidas, relevamiento de horarios de comunicaciones y movimientos, análisis de cerraduras, de puertas, de dispositivos, de comidas… Ríos de tinta, grabaciones, expedientes, testimonios corren hasta el día de hoy sin que por el crimen se haya puesto tras las rejas a sus responsables. Bajo la misma lógica con que se absuelve a los culpables de incontrastables delitos, largamente documentados, este amenaza con no esclarecerse nunca. Todo esto, a pesar de muchos magistrados que contribuyeron a mantener viva la causa para llegar a la verdad y penar a quienes ejecutaron la orden y a quienes la dieron, culpables de tamaño magnicidio.
Para disipar cualquier grotesca duda, la justicia argentina determinó en 2018 que el fiscal fue asesinado y que dicho suceso fue directa consecuencia de la denuncia que formuló el 14 de enero de 2015, en la que involucraba a la por entonces presidenta Cristina Kirchner, como responsable de las maniobras vinculadas con el encubrimiento del atentado a la Amia, a raíz de la firma del Memorándum con Irán.
El incendio ocurrido en la Casa Rosada, el 17 de enero de 2015, barrió puntualmente los registros de entradas y salidas en Balcarce 50, una de las pruebas que acreditaba Nisman en su denuncia. El intento por desestimar tamaña pista llevó incluso a Aníbal Fernández, jefe de Gabinete de entonces y actual ministro de Seguridad, al disparate de pretender, primero, ocultar el hecho; luego, cambiarle la fecha y, finalmente, afirmar que no tuvo consecuencias para disipar conjeturas sobre su vinculación con el asesinato.
A pesar de que los registros de comunicaciones no mienten, la ley de inteligencia prohíbe ahondar en la explosión de llamados entre funcionarios, figuras políticas y personal de la entonces Secretaria de Inteligencia, entre otros, que tuvo lugar en aquel fin de semana y que involucran también a Mena, hoy viceministro de Justicia y por entonces número dos de los espías.
El poder del oficialismo actual, el mismo que gobernaba cuando el fiscal Nisman jugó su vida en una denuncia contra las máximas autoridades del Estado, ha construido una barrera pretendidamente inexpugnable que desplegó todas las acciones posibles para doblegar a la Justicia. Algunos jueces se dejaron acorralar. La apertura de la causa que Daniel Rafecas, Eduardo Freiler y Jorge Ballestero intentaron cerrar con una velocidad inusitada logró superar la etapa de investigación. Todas las instancias, hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación, entendieron que debía celebrarse el juicio oral y público, que ahora los jueces María Gabriela López Iñiguez, Daniel Obligado y José Michilini decidieron impedir, al determinar que no eran delito las maniobras ocultas en el insólito Pacto con Irán que entró en vigor antes de que lo tratara el Congreso. López Iñiguez, Obligado y Michilini consideraron que poco importaba todo lo investigado por fiscales y jueces desde primera instancia hasta la Corte en relación con las serias sospechas sobre la comisión del delito de encubrimiento. Esa fue la sentencia, ahora sujeta a revisión, a la que llegaron; una complicidad judicial indiscutida, por acción o por omisión.
Siete años se cumplieron días atrás; todavía una cifra inferior al tiempo que el fiscal llevaba dedicado a la investigación que lo desvelaba y que lo volvía objeto de innumerables presiones. Nisman no tenía miedo a pesar de vivir amenazado por elementos iraníes o proiraníes. “Yo puedo salir muerto de esto”, reconocía. Su vida era la causa que había abrazado con capacidad indiscutible, compromiso y valentía. Vale la pena despabilarse con su ejemplo y reclamar justicia.