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Y vos, chabón, ¿de qué lado estás?

Lunes, 28 de febrero de 2022 a las 01:00

jorgesimonetti.com
Especial para El Litoral

“Dicen que hay guerra en la Uropa, dicen que se están peleando…parece que está hecha e’ sangre, de tambor y poncho n’alto, que tiene el grito de los niños y de las madres el llanto... Dicen que hay guerra en la Uropa, y es mejor que siga arando”

Porfirio Zappa, 
“Tierra arada”, 1942

Comencemos por el kilómetro cero del análisis. Una guerra es una guerra, y no existe argumento racional alguno que la justifique. Es, siempre lo fue, el lado más oscuro del género humano.
Pero, hay una gran diferencia en el uso de la violencia que supone toda guerra, es la diferencia que se encuentra entre el agresor y el agredido, entre el ataque y la defensa, entre la invasión y el invadido.
Con la invasión rusa a su vecina Ucrania, hemos retrocedido en principio 100 años, con la teoría del “lebensbraun” (espacio vital), que les sirvió a los nazis para justificar su violento expansionismo hacia países de la Europa Central y Europa del Este. Pero como el “corsi et ricorsi” de la historia, con Putin volvimos a la ley del más fuerte de la Edad Media, en la que la guerra y la paz estaban separadas solo por la voluntad invasora del poderoso.
Gobierno de “nazis y drogadictos” fue el insostenible pretexto de Putin para invadir Ucrania. Poco le importó justificarse ante el resto del mundo, su mensaje estuvo dirigido al corazón del pueblo ruso, que conserva un fuerte sentimiento antinazi como recuerdo de luchas pasadas. 
Un gobernante con fuerte impronta autoritaria, machista, homofóbico, que gobierna su país hace más de veinte años, por sí o por interpósita persona, comenzó a transitar la fase siguiente de su gestión, la de la expansión.
No se nos escapan las similitudes con la trayectoria de alguien que, en la apariencia de sus pretextos, está en sus antípodas, aunque en los hechos puros y duros constituye un émulo: Adolf Hitler. Los tiempos son distintos, poco menos que un siglo de distancia; las coincidencias, notables.
Hitler asumió el poder en Alemania como canciller imperial en 1933 y como führer (líder) en 1934. La recuperación del orgullo alemán luego del tratado de Versalles, fue el mensaje político en su primera etapa de gobernante, mensaje que encarnó en el espíritu ario y lo popularizó. La etapa siguiente se inició en 1939 con la invasión a Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
 Vladimir Putin trabajó en sus primeros años sobre el eje de la recuperación de la autoestima del pueblo ruso, muy venida a menos con caída de la Urss. 
Ello le trajo un gran prestigio entre la población, el eslavo ama los liderazgos poderosos, como pasó con el pueblo alemán, lo que convirtió al ex KGB en un zar del siglo XXI.
Cómo puede verse, es el caso de dos personalidades férreas, que ingresaron al gobierno de la mano de la política, y se convirtieron en gobernantes autocráticos con ambiciones expansivas. Los argumentos para invadir al vecino pasan a formar parte del anecdotario de la historia.
Ucrania, la nación invadida, tiene una larga historia de vida y de sentido de pertenencia, tiene su propia lengua. Es anterior a Rusia, es la matriz de la “Rus de Kiev”, una federación de tribus eslavas orientales regida por la dinastía rúrika desde finales del siglo IX hasta mediados del XIII. De modo que, con la desaparición de la Urss, los ucranianos recuperan su autonomía y, fundamentalmente, su historia y su orgullo nacional.
La historia reciente de Ucrania demuestra el espíritu libertario de un pueblo con fuerte identidad propia. La invasión rusa no estriba en la ocupación de una división cartográfica, sino de una nación distinta, jurídica, histórica y políticamente.
Poco más podemos agregar para advertir el panorama general de un conflicto que se origina en una agresión injustificada y alevosa de un Goliat sobre un David.
Más allá del incumplimiento de los acuerdos de Minsk suscriptos en 2014 y 2015, subyace en la razón de los invasores, el argumento de la mengua de su seguridad a raíz de la expansión de la Otan.
Sin embargo, con todo ello, en verdad la pelea de fondo parece estar entre la democracia y la autocracia. Por propia voluntad de los países que pertenecieron a la Urss, más de una decena de ellos pasaron a formar parte de la Otan. Es que, con aciertos y errores, los sistemas de vida democráticos fueron empujando las fronteras autoritarias y, obviamente, se sienten amenazados. Entonces invaden, como a Ucrania, o amenazan, como a Suecia o Finlandia.
Los países guían su diplomacia, el marco de sus alianzas y su ubicación en el mapa mundial, en función de sus intereses geopolíticos, sus beneficios económicos y la ideología de sus gobernantes.
Argentina no tiene en claro cuáles son sus prioridades, quiénes son sus verdaderos amigos, qué alianzas estratégicas le son convenientes, y dónde se ubica en función de la ideología. Reiteradamente repite la conducta masoquista de escupir para arriba, dando mensajes poco amistosos hacia aquellos que pueden favorecer nuestros intereses
A todo esto, el gobierno kirchnerista tiene un compromiso sentimental con el sector autoritario del orbe, y ha colocado a la Argentina en el eje geopolítico que forman Rusia, China, Nicaragua, Venezuela, Cuba y algunos otros. Pero, estoy seguro, ese no es el sentimiento mayoritario de los argentinos.
 Sin embargo, las posturas en el seno del poder son cada vez más divergentes, desde un Sergio Massa que se pronunció claramente contra la invasión rusa hasta el silencio atronador de Cristina y sus adláteres (incluso el caso de los incendios forestales de Corrientes, de los que no pronunciaron una sola palabra de empatía), que callan, callan y callan, pero que no les alcanza para ocultar sus inclinaciones hacia las dictaduras.
En medio, cuando no, Alberto en equilibrio inestable, imposible diría, condenando sin condenar, quitándole apoyo a la resolución de la OEA, escondido tras las chicanas de la diplomacia lumpen, debilitando cada vez más la posición argentina en el tablero internacional. 
No en vano, el jefe de la embajada ucraniana dejó en claro que no están para nada conformes con la posición argentina.
Perdiendo la paciencia por el juego de un multilateralismo de cabotaje, pareció escucharse a Matías Martin gritarle a Alberto, con tono de urgencia: “y vos, chabón, ¿de qué lado estás?”. El Presidente, sordo, ciego y mudo, no se animó a definir su propio jeroglífico político.
Porfirio Zappa es un poeta correntino de extraordinaria producción. En plena Segunda Guerra Mundial, cuando se reclamaba una definición de la Argentina, dijo en sus versos “Dicen que hay guerra en la Uropa; es mejor que siga arando”.
La Argentina, a través de su presidente Alberto Fernández, con pleno conocimiento de una guerra de agresión en 2022, le parece mejor “seguir arando”.

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