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El destino que nos espera

Por El Litoral

Domingo, 22 de mayo de 2022 a las 01:00

Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral

¿Qué es el Estado? ¿Somos todos o es solamente un grupo de notables que, en forma de castas, acceden al poder para satisfacer sus intereses personales o sectoriales? La primera opción es la que mayor viso de verdad encierra en una definición que, pese a su esencia integradora y si se quiere absoluta, no logra incluir al universo de ciudadanos. 
Es a partir de esa exclusión de sectores que permanecen al margen de derechos inalienables como el trabajo, la educación o la vivienda que el Estado pierde legitimidad como autoridad administradora de un país con potencialidades para que la totalidad de sus habitantes hallen oportunidades de progreso.
Frente a las fallas del sistema, adquiere vigor la segunda definición citada al comienzo de esta columna, según la cual los comandos de la Nación recaen siempre en manos de una clase política divorciada de sus representados y matrimoniada con los poderes fácticos que residen en los grandes grupos económicos, los oligopolios mediáticos y los intereses facciosos de minorías que hacen lo posible por mantener al ciudadano tipo en una situación de escepticismo crónico.
“Yo soy apolítico, no me meto en el barro”, suelen argüir quienes miran transcurrir la realidad nacional desde los cristales de sus ventanas, enfocados en sus propias penurias cotidianas, sin comprender que la retahíla de calamidades que se evidencian a diario en la escalada de precios, la caída de los salarios y la pobreza estructural sólo pueden ser combatidas desde la herramienta democrática.
Otra frase muy común en estos tiempos es esa que despotrica contra “la democracia que no sirve para nada”, preocupante síntoma de que cada vez son más quienes simpatizan con el rictus autoritario y despótico de un modelo antiestado pregonado por la pose rebelde, el look capilar desordenado, los gritos insultantes y las frases de autosuficiencia impostada de Javier Milei.
Caemos así en la única figura pública que, en medio de la crisis generalizada que empuja a las clases trabajadoras a la condición de supervivientes, creció en la consideración pública hasta aparecer en el lote de los presidenciables 2023. 
Solo hay una razón para comprender el avance de la ultraderecha fundamentalista que pregona el despeinado líder de “La Libertad Avanza”: mientras promete combatir a la igualdad de género eliminando el Ministerio de la Mujer, mientras vocifera que puede hacer “mierda” a Horacio Rodríguez Larreta, mientras se jacta de su rubicundia, conquista apoyos entre los millares de desencantados que en 2015 creyeron que Cambiemos controlaría la inflación, que son los mismos que en 2019 creyeron que el peronismo reinstalaría al país en un plano de equidad social.
La eliminación del Banco Central, la dolarización, la supresión de derechos laborales y sociales, la jibarización del Estado como instrumento indispensable de una equilibrada distribución de la riqueza, son parte de una plataforma electoral dislocada y meritocrática que seduce a partir del desconocimiento.
No es casual que las ideas anarcocapitalistas del diputado que rifa sus dietas encuentren consenso entre los jóvenes y las franjas menos politizadas de una Argentina desideologizada, carente de las pasiones que en el siglo XIX motorizaron las guerras civiles en pro de la organización nacional, que son las mismas motivaciones que a principios del siglo XX impulsaron a los movimientos sindicales, socialistas y anarquistas hasta producir cambios que derivaron en las conquista de derechos hoy naturalizados como el voto universal, el descanso dominical, la gratuidad educativa y la libertad política.
En la actualidad la desilusión de las masas se justifica en la falta de eficacia de un Estado que no llega a proporcionar las soluciones demandadas por una generación que ha perdido la esperanza en la movilidad ascendente. 
Es decir, familias que caen en la cuenta de que su progenie no logrará subir en la escala social para cumplir la máxima ley no escrita del obrero argentino: que su hijo viva mejor que él, si es posible como profesional de una carrera de grado.
El sueño landrisciniano de “m’hijo el dotor” se esfumó producto de un nuevo mandato psicológico, intrínseco e individualista, según el cual todos los políticos son iguales, de nada sirve votar, ser honesto no reditúa, el país es una porquería y muchas otras variantes más del mismo pensamiento eunuco en el que abrevan miles de ciudadanos convertidos al agnosticismo político.
Milei los representa porque exterioriza la bronca contenida de esos miles que no alcanzan a comprender que la razón de sus enojos subyace en el mar de indolencia en que la sociedad argentina del siglo XXI se convirtió a partir del bombardeo de datos que narcotiza a la comunidad global.
Millones de incautos caen víctimas de ese asedio informativo, multiplicado a la enésima potencia por las redes sociales, sin decodificar el verdadero objetivo de las inteligencias artificiales que trepanan desde los algoritmos hasta influir sobre microdecisiones como la marca de sábanas, el momento de comprarlas y el color “de moda”.
Y si lo consiguen con las sábanas, también lo consiguen con tópicos más complejos y profundos como la opción electoral, y una finalidad única: inundar con información superficial para desinformar en las cuestiones de fondo, hasta forjar el criterio ascético que tantos prefieren cultivar para no bajar al “barro” desde donde nuestros padres, abuelos y bisabuelos construyeron esto que llamamos Patria.
Ese “barro”, no es otra cosa que las instituciones democráticas que han servido para canalizar el pensamiento, los reclamos y las preferencias de las masas hasta hace no tanto tiempo. Partidos políticos, organizaciones gremiales, ateneos culturales, clubes sociales, agrupaciones vecinales, entre otras expresiones de identidad colectiva que trocaron por monitores, pantallas de celulares “smart”, tabletas digitales, auriculares inalámbricos y lo que viene llegando: la realidad virtual o paralela.
Desde el nacimiento del Estado Nacional como entidad organizada en torno de atributos esenciales como el poder de la coerción, la externalización de la soberanía y la institucionalización de la autoridad a través de reparticiones oficiales que establecieron la omnipresencia de lo público en todo el territorio nacional, existió una puja entre el modelo liberal de mercado y el modelo popular de economía social.
Bartolomé Mitre en 1862, luego Julio A. Roca en 1880 y Roque Sáenz Peña en 1910, son ejemplos de líderes que llegaron a la presidencia para aplicar el capitalismo exportador sin atisbar en la desigualdad social que dio lugar a las formaciones opositoras que llevaron a pulso Hipólito Yrigoyen hasta instalarlo en la Casa Rosada, en 1916. 
Fue don Hipólito el primer líder de masas en aplicar medidas de neto corte igualador, iniciando un ciclo pendular en el que la Argentina debatió (incluso a sangre y fuego) entre dos corrientes políticas predominantes, de Perón a Frondizi, de Illia a Perón, de Alfonsín a Menem.
Lo que nunca sucedió fue esto que está pasando: que surja mágicamente, cual genio de la lámpara de Aladino, un exponente de la antipolítica cuya prédica estridente convenza a una multitud de desinformados y los conduzca al precipicio de la autoextinción, sin que nadie logre vislumbrar el destino que nos espera.

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