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En coma

Por El Litoral

Domingo, 05 de junio de 2022 a las 01:00

Por Emilio Zola
Especial
Para El Litoral

Cuando el jueves pasado esta columna comenzó a ser pensada, la idea era desarrollar un tema diferente, no caer en la repetición sistemática del análisis sobre lo archiconocido, como la pelea entre el presidente y su vice, o las expresiones provocativas de un profeta antiestado que bajo el manto de la palabra “libertario” justifica calamidades que vaya uno a saber de qué mentalidades medievales afloran.
Pero no pudo ser. El peso de los acontecimientos, la densidad informativa de episodios de última hora, en una escalada macondiana de lisérgicas derivaciones, obliga a este columnista a permanecer en el monotema de las últimas semanas: los Pimpinela de la política nacional y la verborrea psicopática de quien, hasta el mes pasado, era el único referente que venía creciendo en las encuestas.
Gabriel Milei dejó de subir en la intención de voto a partir de sus expresiones disvaliosas sobre los derechos de la mujer, el descubrimiento reincidente de plagio literario en una de sus producciones editoriales y su participación como influencer publicitario a favor de una estafa piramidal (la supuesta trader de criptomonedas “Coinx”), entre otras fisuras de un mensaje que pregona en la teoría lo que vulnera en la práctica.
Enriqueció el combo la legisladora Victoria Villarruel, de “La Libertad Avanza” (sello partidario del aleonado economista), quien agotó el plus por pasajes aéreos asignados a los diputados para viajar a sus provincias de origen, con un pequeño detalle: la susodicha es oriunda de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y no precisa volar para mantener arraigo. Le bastaría con tomar el subte.
Y por supuesto, falta lo más delirante: el aval taxativo para un hipotético mercado de compra y venta de órganos humanos, en el que los individuos en situación de penuria económica comercialicen sus riñones, hígados o duodenos para satisfacer las urgencias médicas de selectos consumidores cuyo poder adquisitivo les permita el lujo de la sobrevida gracias al tejido biológico de donantes famélicos.
Como sacado de la novela de terror “Coma”, de Robin Cook, el pensamiento distópico de Milei podría sorprender al propio Josef Mengele, famoso por los experimentos con víctimas del Holocausto, atormentadas con todo tipo de prácticas quirúrgicas, inoculaciones virales e inducciones a contraer enfermedades, además del punto de contacto con este desquicio enunciado por el legislador libertario: la extracción de órganos para ser sometidos a maléficos procederes, incluso su implantación en otros prisioneros de los campos de concentración.
A esos extremos llega el conductismo ilimitado de Milei, capaz de convalidar el derecho a decidir sobre el propio cuerpo incluso cuando tal determinación desembocara en la muerte de quien provee una porción de su materialidad física.
Estamos hablando del mismo referente que hace un tiempo izó las banderas de las dos vidas, en rechazo al aborto legal. Se advierte así en tan enigmático emergente de la desilusión pública una evidente contradicción producto de un comportamiento refractario, según el cual objeta los privilegios de la denominada “casta política” mientras usufructúa de todas las prerrogativas que de ella emanan, desde pasajes hasta sugestivos honorarios en dólares billete a cambio de conferenciar ante los dueños del dinero.
En “Coma”, la novela que fue sensación hace medio siglo, llevada al cine por Michael Crichton en 1978, un prestigioso hospital de Boston oculta un escalofriante frigorífico de órganos humanos, en el que cierto procedimiento aletargante permite mantener con vida a las personas “proveedoras”, en estado de coma, enhebradas por alambres de acero de los cuales cuelgan, suspendidas en una cámara refrigerada de donde los cirujanos extraen los “cortes” demandados.
¿Qué falta para hacer realidad lo que la literatura de ciencia ficción relató para advertir a miles de lectores sobre el peligro de mercantilizar las partes del cuerpo humano? Según Milei nada. O mejor dicho, restaría un solo paso: la estructuración de un procedimiento legal que plasme en los hechos el proceso descripto por Cook, impensado en la esfera política hasta el advenimiento de esta corriente libertaria cuyo líder, increíblemente, abriga chances de acceder a la presidencia de la República Argentina.
Hasta aquí hemos criticado sin cortapisas a Milei, cuya consolidación en la paleta de opciones electorales se explica en el segmento social menos dúctil para el discernimiento autocrítico. Los jóvenes convencidos de que las políticas económicas expansivas del Estado son el equivalente de las siete plagas, conforman su base de adeptos. La completan los miles de desencantados con las opciones tradicionales, dispuestos a lanzarse por el acantilado de la dolarización con tal de respirar una bocanada de oxígeno antes de estrellarse contra el piso. 
¿Pero gracias a quién surgió Milei? ¿Por qué aparecen alternativas desestructuralistas, despojadas de frenos inhibitorios, hábiles para seducir desde la subversión de la escala de valores del mundo contemporáneo? Milei, Trump, Bolsonaro y más recientemente Rodolfo Hernández, el candidato presidencial de Colombia que admite ser admirador de Hitler, son el resultado de la sucesión de errores, arbitrariedades e intrigas palaciegas aventadas por líderes políticos que en determinado momento gozaron de la confianza popular, hasta dilapidarla en una interminable sucesión de disparates como el que por estos días (meses, o incluso años) protagonizan el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Ellos, que tanto defienden el rol del Estado como herramienta de igualación distributiva en un país jaqueado por la pobreza estructural, son los principales enemigos de la estatidad, pues conspiran con su confrontación pública contra los principios básicos de la estructura orgánica encargada de administrar los resortes económicos, sociales y políticos en pos de la convivencia pacífica de la ciudadanía.
Dice Oscar Oszlack, irreprochable analista de la conformación del Estado nacional, que el trabajoso proceso de estructuración de los organismos públicos que dieron forma definitiva a la Argentina se pudo lograr sobre la base de una idea común de evitar la disgregación de las provincias que hasta mayo de 1810 fueron parte del ex Virreinato del Río de la Plata.
Para adquirir el estatus de Nación políticamente organizada, los referentes de la institucionalidad germinal de los primeros años de emancipación debieron asumir, a lo largo de décadas de guerras civiles, que solamente podrían alcanzar el objetivo de funcionar como un Estado nacional libre, soberano e independiente si cumplían con requisitos esenciales como la externalización del poder y el monopolio de los medios de coerción.
Cristina y Alberto son abogados, es decir que sin dudas estudiaron a Oszlack, no obstante lo cual incurren en la tergiversación del Estado a través de una disputa interna anunciada desde el momento en que una eligió al otro para la candidatura de 2019. A partir de allí, los desencuentros metodológicos y filosóficos entre ambos fueron una constante que terminó por licuar la autoridad del número uno del dúo gobernante. Es decir, se perdió la capacidad de externalización del poder, al mismo tiempo que se fraccionó la facultad omnímoda del presidente para ejercer el monopolio de la coerción.
Alberto, reducido a una mueca del presidente que alguna vez soñó ser, recibió el viernes una nueva dosis de la irrefrenable intromisión autoritaria de su compañera de fórmula, que por otra parte es jefa absoluta de la fuerza gobernante. “Tenés la lapicera, lo único que te pido es que la uses sin miedo”, sentenció la dama de hierro de la política argentina en el aniversario de YPF. Y la poca autoridad que le restaba a Alberto se escabulló por los parlantes, hacia la nada.

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