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Una voz que no se parece a ninguna otra voz

Con Alberto Castillo, se da el cantor entreverado con su público. Cantándole al oído con toda su voz. 

Buen juego de palabras de Julián Centeya, para denominar y situar un estilo único en el tango. El Doctor Ginecólogo, Alberto Salvador De Luca, se hacía llamar Alberto Castillo porque el seudónimo se estilaba en la época, amén de alejar se desvele que “el Doctor cantaba”  porque su padre-de enterarse- le “cortaría los víveres.”

Alberto había nacido allí donde nace Floresta y va muriendo Provincia Unidas al 4.700. Como correspondía, entonces, debido al gran aluvión inmigratorio, era hijo de una pareja de italianos, los De Luca.

Hizo sus estudios musicales, haciendo sus primeras armas portando el violín, un instrumento dúctil pero difícil. Como era entonces, como alguna vez, todos, lo hicimos, que estando en barra de amigos cada cual hacía “bailar su trompo”.

El canto era la expresión más transitado, porque permitía “masticar” alguna letra de moda que el tango se había impuesto.

El guitarrista, Armando Neira, habida cuenta enterado que a Alberto el canto lo hacía absolutamente diferente, y que lo entonaba muy bien, le propuso integrar su grupo. Para entonces, recién había cumplido los 15 años, sin imaginar que junto a la medicina, sería en el futro sustento seguro.

A pesar de su edad muy temprana y no prestarle la total atención de su vida, tuvo la inmejorable suerte de cantar con nombres muy calificados, como Agustín Pedro Berto, Mariano Rodas, y Julio De Caro.

Si bien ya recibido de Médico, el tango lo tiraba “como cabra al monte”. Fue cuando la suerte y las ganas lo catapulta con una orquesta señera, que venía haciendo ruído.

La Orquesta “Los Indios” de Ricardo Tanturi. Comenzaba el año 1941, cuando Alberto Castillo, joven vocalista, graba su primer disco con Tanturi, con el vals “Recuerdos”

Quién no lo recuerda con su estilo bien canyengue, arrastrado, y en un tono que lo matizaba con unas infleciones particulares que lo hacían único, junto a lo gestual en permanente devaneo como si bailara con el micrófono.

Fue el artista popular que se ganó la admiración y el respeto de quienes lo seguían a muerte. Su invariable silueta de personaje popular, con nostalgia de barrio, y siempre predispuesto.

Trajes de sacos cruzados, corbata floja, y pañuelos al tono cayéndole como cataratas en desproporcionado juego desde el bolsillo del saco, como si pidiendo cancha que ya comienza la milonga.

La radio fue su aliada porque la audiencia que lograba domingo a domingo en la audición Federal de Radio Belgrano, no lo abandonaba potenciando su fama y el gran carisma.

Hay un tango cuyos versos primeros le servían como presentación radial, compuesto por Carlos Petit y Rodolfo Schiamarella: “Los cien barrios porteños”, que comenzaba diciendo:

(Recitado)

“Yo soy parte de mi pueblo / y le debo lo que soy: / hablo con su mismo verbo / y canto con su misma voz..!” /

(Cantado)

“He querido rendirle a los barrios / un sincero homenaje de amor / y no encuentro motivo más lindo / que brindárselo en una canción. / Cada uno me trae un recuerdo, / cada uno me da una emoción: / he querido rendirle a los barrios / un sincero homenaje de amor. / Barraca, La Boca, Boedo, / Belgrano, Palermo, Saavedra y Liniers, / Urquiza, Pompeya. Patricios, / Balvanera, Caballito, / Villa Luro, y Monserrat. / Villa Crespo, Almagro y Lugano, / el Retiro y Paternal. / Cien barrios porteños, / cien barrios de amor, / cien barrios metidos, / en mi corazón.”

En esas paradojas de la vida, siempre he sido adeptos incondicional de la radio, así que desde muy pequeño, en mi casa, la radio ha sido mi escape de conocimiento y entretenimiento más creativo que influyó felizmente en mi vida.

Como todos los chicos de entonces, imitaba bastante bien a Alberto Castillo, por ello mis padres me invitaron a concurrir ese día al “Rawson Tenis club”, bautizado como “Club San Martín”a partir de 1950, año del Sesquicentenario de San Martín.

Junto a la “Casa Antigua”, mi padre, me dijo enseguida vas a ver a un señor que siempre lo imitás. De pronto, aparece Alberto Castillo, con la orquesta de Tanturi y los tamboriles de las “morenadas” que los tenía en su repertorio rioplatense.

Justamente integraba su programación, un candombe que fue éxito, cuyo autor era  Osvaldo Sosa Cordero: “Charol”.

Castillo debido a su gran simpatía, fue suceso en el cine Nacional dominando uno de los géneros considerado por los especialistas como el más difícil donde se dan todos los climas: la comedia. Siendo su paternaire de grandes sucesos, la artista cubana, Amelita Vargas.

Alberto Castillo, sin duda ha sido un artista éxito en todos los desafíos, en el disco, en las transmisiones radiales, en las giras por el país, Uruguay y España, en las  puestas teatrales, en la Televisión, en el cine nacional, y también como letrista de tangos; “Cucusita”, “Un regalo del cielo”, Muchachos, escuchen”, “A Chirolita”, “Dónde me quieren llevar…!”, “Yo soy de la vieja ola”, “La perinola”, etc.

Alberto Castillo, ha sido completo como profesional y persona. Siempre abriendo cancha. Contagiando con el público. No defraudando. Sin dudas: El cantor de “Los Cien Barrios Porteños.”

 

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