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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Milei y la democracia se parecen: impredecibles

Incógnita. Es la palabra que se cierne sobre el futuro inmediato de la Argentina luego del triunfo (amplísimo e inapelable) logrado por Javier Milei hace una semana. ¿Qué pasará con los precios? ¿Con los sueldos públicos? ¿Con las jubilaciones? ¿Con el aguinaldo? ¿Con el dólar oficial, el turista, el contado con liqui, las“leliqs”?

El presidente electo se movió con cautela y mostró una faceta desconocida de su personalidad. Mesurado y dialoguista, concurrió a la reunión con Alberto Fernández para iniciar la transición como las reglas institucionales y las buenas costumbres mandan. Por un momento, ver al presidente saliente y al entrante sentados a una misma mesa, nos hizo comparables con Suecia o Noruega, por citar ejemplos de civilidad inmarcesible.

Aunque más no sea porque representa la respuesta al afán de cambio expresado en las urnas, Milei se transformó en una esperanza aunque al 44 por ciento de los argentinos que no lo votaron les cueste reconocerlo. Es más, de ese porcentaje seguramente una buena cantidad observó los primeros movimientos del presidente electo con agrado en razón de la gestualidad amistosa de quien, por el momento, pareciera haber guardado la espada (o la motosierra) para manejarse con la pluma y la palabra.

Como todo lo nuevo, la expectativa de que algo buena pueda salir del jeroglífico que finalmente encumbró al libertario en el pináculo del poder está presente aun en quienes, a regañadientes, admiten que lo de Sergio Massa era una patriada imposible, con un oficialismo hundido en los internismos y un pueblo sometido a la peor debacle inflacionaria de los últimos 30 años.

Pero hasta ahí. Alberto, convertido hace tiempo en el holograma de un presidente, se está yendo sin hacerse cargo (puso su mejor cara de póker para decir que no se siente responsable por la derrota de Massa) y, como en las distopías cinematográficas, la realidad pareciera haber entrado en un período antigravitacional en el que todo y todos ralentizaron sus movimientos a la mínima expresión hasta el 10 de diciembre. Incluso el dólar informal comenzó un período de estancamiento a la baja sin que pueda saberse el motivo de fondo: ¿Es Milei un factor generador de confianza o es una bomba de tiempo que explotará en el ejercicio del mandato?

Por el momento son ambas cosas. La confianza deviene de la seguridad con que se expresa en las entrevistas concedidas luego del triunfo. Aunque editadas por el propio equipo del mandatario electo (la incuria del neoperiodismo), las imágenes muestran el costado menos vidrioso de quien fuera un candidato confrontativo y cáustico hasta la primera vuelta, cuando eligió aceptar las vitaminas del macrismo para unificar los apoyos obtenidos por ambas fuerzas liberales en contra del peronismo que, vencido, no está muerto ni mucho menos.

Al mismo tiempo, la sensación de un estallido con deflagraciones cuyas esquirlas más candentes se esparcirá como napalm sobre los sectores del trabajo y la industria nacional permanece latente atizada por el temor a una economía desbarrancada hacia una hiperinflación. Todo como consecuencia de la liberación de precios, la ausencia de regulaciones y la ratificación de medidas controversiales como la dolarización.

Las versiones de que el posible ministro de Economía, Luis Caputo, pondría en el freezer la eliminación del Banco Central por lo menos en el mediano plazo, sembraron una tranquilidad relativa en los mercados, pero al mismo tiempo el presidente electo volvió a definir como “innegociable” la supresión del que hoy es el principal instrumento de regulación de la política monetaria y cambiaria de la república.

Así, minado de contradicciones, el camino de la transición se caracteriza por un minué de versiones y desmentidas, con futuros miembros del nuevo gabinete que son “destituidos” antes de asumir (caso Píparo en la Anses u Ocampo en el BCRA). El desconcierto reina hasta en las plumas de los editorialistas más compenetrados con el proyecto enarbolado por el nuevo presidente, quien debió posponer una visita religiosa a Estados Unidos (pensaba visitar la tumba de un rabino milagroso) para hacer frente a lo que se cree es la infiltración de las huestes macristas en el núcleo áulico del armado libertario.

Macri, nunca mejor definido por Jorge Asís como el “Ángel Exterminador”, vuelve por sus fueros a cobrarse el caudal de votos que el ganador del domingo pasado cosechó para celebrar una victoria histórica no solamente por los números obtenidos, sino por lo que él mismo destacó en una entrevista por streaming con su amigo Alejandro Fantino: “Nunca, hasta ahora, un presidente ganó las elecciones diciendo que iba a hacer un ajuste”.

Es tal cual lo ha significado el ganador de la segunda vuelta: más de la mitad del país se pronunció a favor de sus propuestas de un reset generalizado de la economía, las instituciones y el Estado Nacional, cuyo destino pareciera encaminarse a un reducción drástica por las vías del shock, con privatizaciones, eliminación de subsidios y un detalle que encendió chispas de entusiasmo en los argentinos más perspicaces: una avanzada contra la obra pública, a la que Milei observa como el plataducto por el que se dilapidan recursos públicos hacia destinos inconfesables.

El presidente electo podría producir una revolución que lo entronizaría como un ordenador del sistema que rige el funcionamiento del Estado si se atreve, como amaga, a desmantelar la patria contratista. El costo social que ya comenzaron a padecer los afiliados de la UOCRA mediante telegramas de despido anticipatorios del acabose así lo demuestra: pareciera que el nuevo jefe estado está dispuesto a hundir su bastón de mando en el corazón del avispero para bloquear una industria de la sobrefacturación que nunca nadie se animó a enfrentar.

Si lo hace, podrá ser minarquista, anarcocapitalista o procaz, pero sus votantes sentirán que no fueron defraudados porque estaría tomando decisiones milimétricamente coincidentes con la que fue su propuesta de cortar tantas cabezas como hagan falta para disminuir el déficit fiscal mediante una reducción equivalente a 15 puntos del Producto Interno Bruto. 

Esos miles de millones de pesos que Milei dejaría de volcar al sistema constituyen la argamasa de combustible financiero que permite financiar bueno del Estado paternalista (jubilaciones a través de moratorias, remedios gratuitos, educación pública, salud pública, etc.), pero también lo malo de una administración viciada por la porosidad de un circuito corroído por pérdidas “no técnicas” a granel. Dicho en castizo: de mayor a menor, en todos los estamentos, se obtienen ventajas injustificadas de una maquinaria pública que se quedó sin nada, con el tesoro vacío, con balances negativos y con la necesidad de más deuda o más emisión.

Milei dice ser experto en ganar dinero sin tener dinero. Niega los atributos equilibradores de un Estado que contemple un enfoque social en resguardo de los que nacen pobres, sin culpa de nada. Quien esto escribe no coincide con la doctrina del nuevo presidente, pero confiesa que hasta lo siente un poco peronista (del 45) cuando sus patillas se encrespan para repudiar a los libadores parasitarios de una Argentina diezmada por el latrocinio.

Pareciera que el presidente electo se está esforzando por ser fiel a sus ideas. Se lo observa convencido de que su dogma es el indicado para un despegue que, con la receta de la iniciativa privada, ponga en marcha una economía competitiva que redunde en una disminución de los precios al consumidor final de acá a un año. La pregunta es si su socio principal, el heredero de Socma, la constructora que mejores negocios cerró con el Estado desde los años 70 hasta bien entrado el menemismo, lo dejará desarticular el almácigo de la rentabilidad automática que representa la obra pública.

Si el nuevo presidente fracasa, el calvario por el que transitarán los asalariados y los trabajadores de a pie habrá sido en vano. Y de ser así, la otra mitad del país volverá a organizarse para resurgir como tantas veces, de la mano de Massa, Kicillof, Grabois o quien fuera. El peronismo alimentó a Milei hasta romper con la teoría garantizada según la cual Juntos por el Cambio tenía la vaca atada para volver a Balcarce 50 en 4 años. Se las ingenió para que la simiente envenenada de los internismos germine en la coalición derechista. Si Milei defecciona, las mismas multitudes que vivaron al “loco de la motosierra” clamarán lo contrario. Así es la democracia argentina, cambiante, inmadura e impredecible.

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