Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral
Existen películas que se parecen a la vida misma, aunque lo exagerada que fueran a veces la distancian de la realidad. Sin embargo, las auténticas, cuando logran romper lo permitido, son más peligrosamente inverosímiles.
“La Fiesta Inolvidable”, es una película de 1968 cuyo su título original es “The Party”, que por sus excesos superó todos los límites de lo imaginable con una producción encabezada por Peters Sellers, la primera rodada en los Estados Unidos el actor inglés, con la dirección, producción y guión de Blake Edwards y la música de Henry Mancini y Don Black.
Se trata de una invitación por equivocación de un productor cinematográfico a un desconocido y torpe aspirante a estrella de cine, con motivo de una fiesta ofrecida por la presentación de una película suya, que resulta totalmente desbordada por las actuaciones del personaje Hrundi Bakshi (Peters Selleres), y el Mayordomo Levinson (Steve Franken), que rompen todo, orden y paciencia.
Hilarante de principio a fin, porque las secuencias no tienen parangón, mientras la risa busca desesperadamente un respiro, otra vuelta de tuerca nos vuelve a sumir en la comicidad desbordante, cuyas situaciones no respetan absolutamente nada de lo establecido.
Eso en la ficción, pero en la realidad, en el país que vivimos hace 4 años, el drama nos acompaña también sin poder respirar. Tiempo electoral, comienzan las avivadas por si las dudas.
Las paradojas de las contradicciones, alguna vez la prensa internacional lo dijo tan claramente que hubo adictos que defenestraron por “equivocadas”; sin embargo, la realidad es dura y a veces aleccionadora, nos pinta de cuerpo entero: “Argentina es el país que premia a sus ladrones”.
Vemos a diario cómo esos personajes apoltronados y atornillados, se ríen de la democracia “reinando” más allá de todo cálculo con el reaseguro que sus fanáticos a pesar de los precios por las nubes siguen depositando sus votos.
La presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en una de sus alocuciones contra Pedro Sánchez, en una precisa comparación dijo: “Nos va a llevar a la ruina. Es el gobierno que primero crea la pobreza para luego crear dependencia del Estado. Es populismo fiscal. Le quitan el dinero a la gente para luego, como hacen los peronistas, repartirlo en pagas, ayudas, subsidios.” Y, remató: “Me niego a que el peronismo arruine el motor económico de España, se instale en esa decadencia política y económica que está arruinando tantos países por el mundo.”
Entre tantas aberraciones -contradicciones, diría-, no obstante ya casi por superar el 100% de inflación, los representantes de los trabajadores, quienes siempre paran cuando el color les es ajeno, hoy miran para otro lado para no defraudar a sus mandantes y darles “yangüí” inmerecido.
Hay una fidelidad a muerte aunque ya perezcan hasta los sueños, que es lo más sagrado por representar una Argentina ideal que todos se merecen por lo menos imaginar.
La autocrítica está ausente y cuando lo hacen ellos mismos, hablan del Gobierno como si ellos no pertenecieran a él, porque en su filosofía partidista siempre son los otros los culpables de tanto desastre reunido.
Es una “Fiesta Inolvidable” de papeles impresos que no valen absolutamente nada, los comercios no tienen tiempo de remarcar productos porque la inflación les pisa los talones.
Cómo se ha deteriorado la “casta política”, nada es poco para satisfacer sus apetencias personales, por eso la desesperación por aferrarse con uñas y dientes al sillón triunfal.
Son los que siguen con las mismas argucias, agachadas de siempre, que postergan las esperanzas que termina por germinar en los más jóvenes el descreimiento como norte.
No creen en nada ni en nadie. Y, tienen razón, si los ejemplos dejan tanto que desear. He allí la motivación causada por esos “salvadores de pacotilla” que no ha permitido a la Argentina ser el país que alguna vez hemos soñado.
Siempre lo repito porque, la “letra con sangre entra”, pero únicamente la repetición sistemática logra tomar conciencia de las cosas, porque los argentinos, ante la crisis, estamos aletargados. Y quienes tienen en sus manos la tarea, están enfrascados en encuestas para poder continuar con el “carnaval”.
Sonia Decker, mujer bonaerense, hace un tiempo nos dio una buena lección en sacar todo afuera en carta de los lectores de un medio que se hizo general: “LA IRA DE LOS MANSOS. Llegará un momento en que el gobierno tome conciencia de la gravedad de la situación por la que estamos pasando la mayoría de los argentinos. No tenemos la más mínima posibilidad de proyectar nada, tengamos la edad que tengamos. La educación y la salud pública están en una decadencia absoluta. Nadie cree en esta justicia populista por más esfuerzos que hagan los jueces honrados para defender la Constitución.
Los votos de los miembros del Congreso nos dan pavor a pesar que de los elegimos para que resuelvan nuestros problemas. La inseguridad nos aferra, nos mutila y deshace nuestras familias. Y mientras tanto, seguimos escuchando estos sainetes y peleas inútiles a diario, que son producto de la inoperancia y la hipocresía absolutas de estos gobernantes sordos que solo se preocupan por no tener su mínima porción de poder y sus sustento por la vida. Estamos hartos. Sépanlo. Y cuídense de la ira de los mansos.”
Paremos La Fiesta Inolvidable. Pongamos orden. Pero más que nada, ética y conciencia a la hora de votar y gobernar. Cumplamos con la Constitución, que es la Biblia de los pueblos responsables.