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La cautiva de los indios | Parte 2 final

Moglia Ediciones. Del libro “Aparecidos, tesoros  y leyendas”.

Sabado, 14 de marzo de 2026 a las 18:46

 Además observaban un indio en estas tierras, cosa rara, salvo para trabajar como esclavo o proveedores de leña, pastos o hierbas. 
El marido ni siquiera quiso verla la había dado por muerta o perdida, retomando su vida con otra esposa; no era mal hombre pero la vida era así. Sus hijos crecidos la miraban con extrañeza, el padre de Dorotea no podía digerir que su hija trajera un “indio” a su casa, el desprestigio era total.  
La cautiva con serenidad explicó claramente su situación. -Comprendo que mi ex esposo se haya casado, que mis hijos apenas me reconozcan, pero que mi padre me desprecie sabiendo cómo son los hechos, no lo entiendo. 
Madre, si molesto en esta casa me iré - afirmó con contundencia.  -¡No!- gritó su progenitora.  -Vivirás con nosotros, con tus hijos, todos tus hijos, gracias a tu valentía están nuestros nietos que son todos. -Y tú -refiriéndose al marido -si no quieres a tu hija me voy con ella, no me importan los vecinos, los sacerdotes, ni nadie, al carajo, que se los lleve el diablo, es mi hija y todos son mis nietos.  
Los críos mientras tanto estaban jugando en el patio sin problema alguno, entre los niños no existen discriminaciones, la sociedad los transforma. 
Ante la apabullante interpelación don Ramón expresó: -Está bien pero no concurrirá a ninguna reunión social, vivirá enclaustrada-. Todos sabían que esa sentencia era inapelable por la estupidez de las costumbres del tiempo antiguo que debían respetarse. 
Dorotea saltó de su silla: -Jamás, nunca agacharé la cabeza ante ningún badulaque de esta mísera villa, no concurriré a ninguna reunión social eso sí porque no me interesa ni me invitarán, pero saldré, caminaré con la cabeza alta, iré a la iglesia porque nunca perdí la fe, aunque me siente con los esclavos, todos somos humanos padre - y agregó: -Lo que sí te pido padre es que me compres una casa o me prestes de las que tienes, voy a poner una botica, aprendí mucho con mis violadores. Ramón desconcertado rodeado de dos mujeres bravas asintió, con gesto de tristeza, estaba derrotado ante los argumentos.  
Es de imaginar que los primeros días, cuando caminaba por las calles arenosas, barrosas de la ciudad, Dorotea no recibía un solo saludo, ni de propina, iba de la mano con sus tres hijos orgullosa.
Un sábado a la tarde al cruzarse en la plaza con su ex marido éste no supo qué hacer, los dos hijos suyos corrieron a sus brazos, el tercero indígena mestizo se quedó junto a su madre. Era un buen hombre, jamás olvidó que salvó a sus hijos como madre que era, se acercó como un caballero besó la mano de Dorotea delante de un grupo de imbéciles. Expresando en voz alta lanzó: -Nadie en esta ciudad tuvo la valentía que tuviste, la tienes tú Dorotea. Salvaste a los niños. ¡Venga niño que tú también eres hijo de Dorotea y mío! - Pedro corrió a sus brazos como todo niño acurrucándose en los brazos del buen hombre que cambió su perspectiva; mientras la actual mujer quería que le cayera un rayo en ese momento. 
La botica abrió sus puertas por la calle Carlos Pellegrini entre La Rioja y Salta. Al comienzo nadie se acercaba a comprar a la cautiva, era una apestada -según decían-, estaba machada, tenía lepra como la maldición bíblica. 
Pero… pero… un día apareció un patricio de grandes genealogías sin un cobre con qué sostenerse, mordido por una yarará, en estado calamitoso. La mujer que antes le daba vuelta la cara se arrodilló ante ella para que lo curara. 
Con la tranquilidad de la buena gente, la cautiva tomó los recaudos, la levantó solicitando que la ayudara. Utilizó los elementos que recogía de las lagunas y arroyos, especialmente el laurel amarillo (tenía un inmenso herbolario) el postrado cayó en un sueño profundo, poco a poco su semblante cambió, en el catre que oficiaba de camilla pidió agua. Eso ya era un buen síntoma. Habló mientras atendía al paciente en el idioma de los chamanes arandús (sabios),  le dio de beber abundante té con otras yerbas, limpió la herida con cuidado y con jabón común, poco a poco el hombre fue tomando color, la mujer lloraba a su lado, la recuperación fue rápida.  
Esa curación corrió como el viento norte penetrando en todos los portales, se hablaba en los boliches, la iglesia, la plaza, era buena farmacéutica ndayé, claro que lo era.  
A partir de ese momento se fueron sumando muchos clientes, poco a poco el mote despectivo de La Cautiva, despreciada, vilipendiada, repudiada, cambió y ganó amigos, a veces la vida enseña a la fuerza, a palazos. 
Una mañana con el embozo que le cubría la cara, cuando se dirigía a misa observó a cinco indios chaqueños con sus mercaderías ofreciendo distraídamente. El cacique 
padre de su hijo y los otros perpetradores venían con fines inconfesables. No la reconocieron por la vestimenta, negra y la cara cubierta, agregó a su andar una renguera pronunciada a propósito, se dirigió al Cabildo y los denunció. Los cinco engrillados fueron puestos bajo las arcadas del edificio, ella acompañada del Alcalde de primer voto señaló a cuatro, no acusó al padre de su hijo. Pidió hablar lejos de los otros cuatro sin liberarlo de los grillos. Lo hizo en su 
propio idioma: “Te perdono porque fuiste bueno, nunca más vuelvas porque te mato, ¿estamos de acuerdo?”. 
Lo liberaron con la condición de que nunca más volviera a la ciudad. Los otros fueron llevados a Empedrado o Santa Lucía, engrillados como peligrosos a trabajos forzados. El liberado tomó una canoa y se alejó agradeciendo. 
Nunca más regresó. 
No tardó mucho en acercarse un sacerdote franciscano, primero como inquisidor y segundo como curioso solicitando sus enseñanzas, ella generosa como era gustosa brindó sus conocimientos a cambio de libros de medicina, que eran de uso exclusivo de los sacerdotes, más su protección de los chismosos. 
Recibió una invitación imprevista de una de las familias poderosas, salvó la vida a uno de sus integrantes, pensó en no concurrir pero lo hizo. Qué más da. Los únicos que asistieron fueron sus pacientes que eran muchos, pero faltaron incontables que oteaban cómo se desarrollaban las relaciones, los famosos indecisos. Más tarde vendrían las disculpas mientras el abanico cerrado se abría para atrapar el viento fresco. 
Su madre siempre la visitaba con amor, embelesada como abuela de sus nietos. Don Ramón era reticente, su formación le impedía dar el paso necesario hacia su hija, pero sus nietos todos, lo rodeaban y le jugueteaban, al fin eran su sangre. 
Una noche Dorotea fue a la casa de sus padres, tenían visitas, no la miraban y ella tampoco ¿Qué se creían manga de cobardes? musitaba, otras se acercaron a hablar con ella, demostrando valentía y respeto. 
Le dijo a su progenitor que quería hablar con él a solas, lo esperó en la cocina, Ramón desobedeciendo o por cobardía ingresó con su esposa. Su hija, La Cautiva, le expresó: -Papá no debes tener vergüenza de mí soy una buena mujer, mis hijos saben leer, escribir y ciencias… Padre serán excelentes médicos… - imprimiendo a la voz un tono fascinante secreto señaló - Vengo a revelarte un 
secreto, hablé con tu madre. 
Ramón pegó un salto: -¿Cómo es posible si está muerta hace años enterrada en el cementerio de la Matriz. 
Ella mirándolo con tristeza añadió: -Ya lo sé, apenas la conocí era muy pequeña, pero aprendí a hablar con los muertos se llama nigromancia. Me comentó que era hija de una cautiva así que tú y Pedro tiene el mismo origen por ello quiero decirte que te sigue amando, te manda a decir que debes adorar a tu nieto mestizo. Azorado el Padre la miraba al linde del miedo. -Si deseas podemos invocarla, ahora está abierto el portal -. 
Ramón embadurnado de turbación miró a su esposa, ésta le hizo seña que acepte, dudando lo hizo. 
La muchacha realizando las invocaciones necesarias logró su objetivo, se presentó en forma transparente su abuela, le expresó cosas dulces narrándole su historia, de improviso se dirigió a su hijo ordenándole: -Ramón ama, defiende a tu nieto, me lo debes, como cautiva te lo digo. 
Ramón extasiado no sabía qué hacer. -Nos quemarán por brujos si saben esto, ¡es herejía! - gritaba. Dorotea lo calmó: -No es así, le enseñé al padre Otano en secreto, no debes hablar de ello nunca. 
Desde entonces cambió su actitud con el niño. 
Transcurrieron los años, un boticario francés recién llegado a la ciudad llamado Philip se casó con Dorotea, no tuvieron otros hijos, vivieron felices con gran progreso en curaciones en la aldea. 
Con la presencia del Franciscano Otano, la boticaria ex cautiva, en la iglesia San Francisco hablaba con los muertos, “por cuestiones controladas por la iglesia”, según Otano.  
Mucha gente tenía preguntas que hacerles a sus ancestros había sido chamigo, claro, el cura Otano garantizaba que no la quemaran por bruja o algo así, entonces nadie veía ni escuchaba a Dorotea, el clérigo oficiaba de emisario tomando debida nota de las preguntas familiares, dónde se hallaban enterrados etc.  
Como se supone, es natural murieron los protagonistas. Sus hijos fueron médicos que lucharon contra la fiebre amarilla en Corrientes, los dos rubios y el de rasgo indígena eran inseparables.  
En ocasiones se los ve por la plaza Mayor, lugar de encuentro de espectros y fantasmas paseando a una mujer con tres niños, un sacerdote franciscano más un hombre de levita que habla francés.  
Muchas fueron las estirpes que encontraron joyas escondidas, secretos olvidados o conocieron sus verdaderos orígenes, varios descendían de esclavos, otros de indios resultaba variada la cuestión. Eso sí, nadie contaba con que el buen clérigo les informaba, temían la persecución de los inquisidores. 
Si deseas querido lector, Dorotea anda por el cementerio San Juan Bautista cerca de la familia Villegas, a la derecha, al entrar al campo mortuorio puedes visitarla, pregúntale las dudas que tengan, eso sí bánquese lo que les responda.

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