Se conoce como la Inquisición o Santa Inquisición, al Tribunal creado por la Iglesia Católica Apostólica Romana dedicado a la persecución sistemática y al castigo de los llamados herejes y disidentes religiosos. También se lo llamó Santo Oficio.
Es muy triste hablar de la Inquisición, este criminal tribunal. Sólo pensar en él da escalofríos, miedo, terror; lo de leyenda negra sólo es para los que no quieren ver, la historia es historia, ciencia.
Eran tan crueles en su ignorancia libidinosa, lujuriosa, que sus pensamientos se convertían en acusaciones con el fin de satisfacer su sadismo peculiar. Los que confesaban lo hacían después de varios días de torturas inimaginables. Si lo pensó, multiplíquelo por mil, así eran estos ilustres pesquisidores, católicos o protestantes da lo mismo, gente ruin, maligna torcida. Sus pensamientos encajaban en dos elementos fundamentales: el sexo (frustrado o no) más el sadismo. Degenerados completos volcaban sus pensamientos en acciones tenebrosas. Haz lo que yo digo no lo que yo hago.
Un autor español nos relata: “Pues dígote, lector suave, que la brujería no es vida descansada. ¿No ves cómo el maldito de Dios les hace trabajar, y qué malas noches les da, y qué rechinante música, y cómo los asolea, y qué asquerosas cenas les guisa, y qué torpemente los engaña? Yo creí que esto de ser brujo era otra cosa. ¡Y hay quien quiere serlo! Tú haz lo que te parezca, pero yo te aseguro, a fe de hombre de bien, que primero me pondría a escritor de periódicos, que a obligarme a buscar por esos campos limazos, caracoles, lagartijas, sapos y culebras, y después tener que sufrir el mal humor del amo y sus azotainas .¡Yo, que soy de tierra de Toledo!.. .Y darle dinero encima y besarle el envés y… Vaya no es para mí esto”.
Estas gentes también anduvieron por Corrientes controlando la vida privada de todos, apoderándose de los bienes que ambicionaban, denunciando a los que querían para hacerles daño. Este grupo nefasto acumuló la envidia, los celos, la avaricia, todos los males del ser humano juntos en la historia de nuestra provincia. Había de todo: como el inquisidor que ejercía ese cargo ante la lejanía de Lima Virreynal, luego Buenos Aires sede de éste criminal tribunal, con representantes en regiones alejadas como nuestra ciudad.
Estaban los calificadores, los comisarios, otros agentes, (alcahuetes, envidiosos, codiciosos, celosos, engañados en amores, en fin la lacra social), denunciaban al vecino por cualquier cosa con tal de quedarse con sus bienes, mujer o hijas. Veremos de dónde viene. Ni en la paz de la tumba creo.
Desde la fundación de Corrientes, con el Tribunal de la Inquisición de Lima llegaron sus representantes a la ciudad de Vera; lo peor de lo peor de los que arribaban de España. Eran los desclasados, postergados eternos que en estas lejanas tierras buscaban fortuna, nada que ver con la fe.
Entre 1725 y 1745 no se leyeron los edictos de fe en nuestra ciudad, sentencias que contenían las excomuniones contra culpables, inocentes o el que cayera en la grilla, siempre que dejase algo: dinerillos, mujer bonita, o hijas, inmuebles etc.
La ciudad se desenvolvía entre dimes, diretes, chismes entre otras malas costumbres que perduran hasta hoy; de libros ni qué hablar, los hombres podían aprender a leer, escribir, nunca las mujeres, para evitar conductas pecaminosas ndayé.
Petronila era hija natural de un patricio correntino con una india, mujer bastante leída, hermosa… qué digo: bellísima, de ojos negros vivaces, larga cabellera renegrida, vivía en la zona del barrio La Rosada, al este de la ciudad.
Su padre sentía un sincero afecto por ella. Como es sabido no podía traerla a su casa no sólo por el qué dirán, sino porque su familia lo echaría a patadas o esclavizaría a su hija. El progenitor había comprado a la madre a otro ilustre truhán, poniéndole una humilde casa junto a su hija.
Ella vivió con su madre hasta la edad de 17 años en que la mujer falleció, la enterraron en un cementerio clandestino ubicado en la actual Dirección Provincial de Vialidad, con el rito funerario de los guaraníes.
La finada se dedicaba a curar desde el empacho hasta el mal de amores, muchas personas de la ciudad concurrían a ver a la señora Hortensia, llamada así por sus captores, que la secuestraron cerca de las Misiones con otros indios esclavizados, o los cazaban los bandeirantes o los cazaban los correntinos, no había salida.
Hortensia tenía la cualidad de conocer cuanta yerba había en la zona, desde el ñangapirí para la presión, el pomelo o naranjo para el mismo efecto en té, la barba de choclo, la espina del palo borracho, más otras que tenían efectos alucinógenos. Debe pensarse que a su lado su hija aprendía sus saberes antiguos, esa era la transmisión de generación en generación.
La señora tenía por costumbre acostarse, como era habitual en las poblaciones antiguas con la caída del sol, se levantaba con la salida del astro rey. Algunas noches –no todas– se sentaba a contemplar la luna, cosa que llamaba la atención de sus vecinos, ignorantes, maliciosos, que con sermones alimentaban supersticiones.
Un joven del vecindario le echaba el ojo a Petronila, pero Hortensia lo sacaba pitando como se dice vulgarmente; sus costumbres de borrachín más haragán, confesión de sus propios padres, lo descalificaba como pretendiente.
El caú no lo tomaba a bien, fue así que comenzó a pergeñar (preparar, organizar) algún mal contra Hortensia. Se dirigía al templo de los franciscanos, hablaba con el cura nuevo que apenas conversaba en castellano, inventando fábulas como que con la luna la mujer volaba o que hablaba con espíritus, todo lo que su imaginación maligna podía crear. El clérigo italiano a su vez transmitía al jefe de la orden, quien con toda elegancia desechaba los comentarios por insensatos e increíbles, era un buen hombre que conocía a su feligresía, cuántas veces la mujer lo había curado el empacho o la culebrilla.
Pasado cierto tiempo, Hortensia partió para el otro mundo, su hija quedó sólo protegida por su padre, que a pesar de haberse casado, tenido otros hijos y no dejó de protegerla nunca.
Mientras tanto, por órdenes superiores el sacerdote mayor de los franciscanos fue trasladado a Buenos Aires y quedó a cargo el italiano que le tenía en ojo a la fallecida, pensando que si la madre era hechicera o bruja la hija debía seguir la misma suerte. Por ello preparó con el caú una extensa denuncia que elevó a sus superiores, solicitando la intervención de la Inquisición en Corrientes.
Los miembros del siniestro tribunal en la ciudad de Vera, de pensamientos oscuros, siniestros, observaban cómo la hermosa muchacha trabajaba bordaba, cosía, leía… –era un horror una mujer leyendo– buscaban la forma de acusarla ante el Santo Oficio, que de santo no tenía nada y de oficio menos.
Con la cantidad de mentiras, calumnias sumadas por los acusadores, se abrió el proceso en Corrientes con los pocos aseados sacerdotes de la ciudad.
El primero en los cargos: ¿Leer, cómo aprendió a leer? Jamás se les ocurrió pensar que el padre dedicó horas a enseñarle a su hija.
El segundo cargo: Observaba la luna igual que la madre, bruja segura.
Nunca imaginaron que era para cortar algunas plantas sin dañarlas, conforme a las fases de la luna que los habitantes ancestrales de estas tierras conocían muy bien.
Sumando sacaron la conclusión que debían acusarla, tomarle confesión aplicando los métodos de tortura que bien conocían sus mentes perversas, más que otra cosa, violarla.
Continúa en la edición del domingo 29 de marzo.