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El arbolado como infraestructura: una lectura desde Corrientes

Por El Litoral

Domingo, 10 de mayo de 2026 a las 10:37

Arq. Carlos M. Gómez Sierra

[email protected]

En los últimos días, la Municipalidad de la ciudad de Corrientes ha hecho pública su intención de avanzar en un ambicioso plan de arbolado urbano. Esto ha tomado un valor más que relevante, sobre todo considerando los verificables efectos del cambio climático. Si históricamente se consideraba al arbolado urbano desde la dimensión paisajística o como mero dador de sombra, hoy, dadas las extremas temperaturas del verano y las ya normalizadas y frecuentes lluvias torrenciales, obliga a enfocarlo y gestionarlo desde una nueva mirada: la de su condición de infraestructura urbana.

Pensar el arbolado urbano como infraestructura implica un cambio profundo en la manera de concebir la ciudad. Ya no se trata de un elemento ornamental o meramente paisajístico, sino de un sistema estructural, continuo y estratégico, tan determinante para el funcionamiento urbano como las redes viales, hidráulicas o energéticas. En una ciudad como Corrientes -atravesada por condiciones climáticas extremas, una geografía fluvial dominante y un proceso de expansión urbana acelerado- esta mirada resulta urgente.

Históricamente, la infraestructura urbana ha sido entendida como un conjunto de obras duras: calles, puentes, desagües, tendidos eléctricos. Sin embargo, el urbanismo contemporáneo ha ampliado este concepto incorporando las denominadas “infraestructuras verdes”: sistemas naturales que prestan servicios ambientales esenciales. En este marco, el arbolado urbano aparece como una de las infraestructuras más eficientes, económicas y multifuncionales disponibles para las ciudades, cualquiera sea su escala y complejidad.

Corrientes presenta un clima subtropical húmedo, con veranos largos, temperaturas muy elevadas y altos índices de radiación solar. Estas condiciones hacen que el confort térmico en el espacio público sea uno de los principales desafíos urbanos. En este contexto, los árboles cumplen un rol insustituible: regulan la temperatura mediante su sombra, reducen la radiación directa sobre las superficies duras, disminuyen la temperatura del aire y atenúan el efecto de isla de calor. Múltiples estudios demostraron que una calle arbolada puede registrar entre 2 y 5 grados menos que una calle expuesta, diferencia que en Corrientes no es menor, sino decisiva para la calidad de vida.

Pero el arbolado urbano no solo mitiga el calor: actúa como una verdadera infraestructura ambiental. Captura dióxido de carbono, filtra contaminantes atmosféricos, amortigua el ruido urbano y mejora la calidad del aire. En una ciudad con bajo nivel de industrialización, pero con un creciente parque automotor y fuerte expansión de superficies asfaltadas, estas funciones adquieren un valor estratégico. Cada árbol adulto opera como un dispositivo ambiental que, multiplicado a escala urbana, genera beneficios colectivos difíciles de reemplazar por soluciones tecnológicas.

Desde el punto de vista hidrológico, el rol del arbolado es igualmente relevante. Corrientes se asienta sobre un territorio condicionado por el agua: el río Paraná, arroyos urbanos, napas altas y eventos de lluvias intensas. Los árboles interceptan precipitaciones, reducen el raudal superficial y favorecen la infiltración, contribuyendo a aliviar sistemas pluviales muchas veces sobrecargados o inexistentes en algunos sectores. Pensar el arbolado como infraestructura significa también integrarlo a una lógica de gestión del agua urbana, complementaria y colaborativa -no subordinada- a los conductos y obras de ingeniería.

Existe además una dimensión social y cultural del arbolado urbano que no puede ser soslayada. En Corrientes, los árboles forman parte del imaginario colectivo: las calles históricas con lapachos, jacarandás o naranjos no solo definen una imagen urbana, sino también una experiencia sensorial del habitar. El arbolado estructura recorridos, crea umbrales, acompaña la escala peatonal y favorece el uso del espacio público. Allí donde hay sombra, hay permanencia; y donde hay permanencia, hay vida urbana. En este sentido, los árboles son mediadores entre la ciudad construida y el cuerpo humano.

Sin embargo, pese a su importancia, el arbolado urbano en Corrientes ha sido históricamente tratado de manera fragmentaria. Plantaciones sin criterio sistémico, especies inadecuadas, podas severas que debilitan los ejemplares, conflictos recurrentes con tendidos aéreos y ausencia de planes de recambio generacional evidencian una falta de enfoque infraestructural. Cuando un árbol se percibe como obstáculo -para cables, luminarias o cartelería- y no como parte de una red estratégica, el resultado es un paisaje urbano empobrecido y un sistema ambiental debilitado.

Asumir al arbolado como infraestructura implica, en primer lugar, planificarlo. Esto supone inventarios actualizados, selección adecuada de especies según ancho de vereda, orientación y condiciones del suelo, previsión de crecimiento a largo plazo y articulación con otras redes de infraestructura urbanas. Implica también asignarle presupuesto estable, mantenimiento profesional y marcos normativos claros, del mismo modo que se hace con el pavimento o el alumbrado público. No se trata de “embellecer”, sino de garantizar prestaciones urbanas esenciales para la calidad de vida.

Así mismo, la cultura ciudadana respecto del arbolado urbano es un factor esencial. Puede decirse, sin exagerar, que ninguna política de arbolado funciona si no está acompañada por una cultura urbana que lo valore, lo cuide y lo entienda como un preciado bien común.

En una ciudad que continúa expandiéndose, el arbolado adquiere además un rol estructurante. Incorporar corredores verdes, calles arboladas desde el inicio y sistemas de sombra en nuevos espacios públicos es una decisión de alto impacto a bajo costo relativo. La alternativa -barrios sin vegetación- genera déficits ambientales que luego resultan difíciles y costosos de revertir.

Finalmente, pensar el arbolado urbano como infraestructura en Corrientes es también una apuesta política y cultural. Supone reconocer que la calidad urbana no se define solo por grandes obras, sino por sistemas silenciosos y persistentes que sostienen la vida cotidiana. En una ciudad atravesada por el calor, el agua y una marcada relación con la naturaleza, los árboles no son un complemento: son parte constitutiva de su funcionamiento y su identidad.

En este sentido, proteger, ampliar y gestionar estratégicamente el arbolado urbano no es un gesto romántico ni una concesión ambientalista, sino una decisión racional de planificación urbana. Es entender que, en Corrientes, la infraestructura más eficiente para enfrentar el cambio climático, mejorar el espacio público y reforzar la identidad urbana puede estar creciendo, silenciosamente, en sus veredas y calles.

 

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