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“No lloro por ella, lloro por mí”: los “relatos personales” de Fernando Abelenda

Por El Litoral

Domingo, 10 de mayo de 2026 a las 10:44

Especial Stella Maria Folguerá

Dice Eudene, responsable de la edición de este libro, en la referencia: “Abelenda nos presenta una meditación sobre el paso del tiempo: un hombre enfrentado a su propia vida, que no puede dejar de preguntarse si los recuerdos son realmente algo que poseemos y que da forma a nuestra existencia, o son aquello que irremediablemente hemos perdido, la prueba de que el pasado es irrecuperable.”

Yo, después de leerlo, ya se sabe, cada lector hace su lectura, agrego un sentido propio a ese libro, el que me dejó a mí: el pasado es irrecuperable pero sin embargo está ahí, conforma lo que somos en el presente, está en lo que somos, en los que hacemos y en cómo nos plantamos en el mundo.                    

“No lloro por ella, lloro por mí” son los relatos de la memoria de Fermín Miranda. Decir “relatos personales” es contradictorio, porque el relato es ficción y lo personal es real y, si puede contarse, es porque es un “sucedido” guardado en la memoria, “procedimiento” mental cargado por la selectividad, y la subjetividad. Por eso es personal. 

Pero ¿Qué relación existe entre nuestra memoria personal y lo que nos rodea?, ¿Cómo influyen los espacios, los ámbitos privados o públicos en la construcción, en la organización y el ordenamiento de esos recuerdos?  

La memoria individual es una obra en construcción siempre inacabada. Cada recuerdo se suma a otros cargado de significados en constante reinterpretación desde el presente, al que otorgan un sentido. Y cada recuerdo personal se contiene en un tiempo y un espacio convividos con otros individuos, y en algún detalle, íntimo o contextual, se inserta en la memoria colectiva de un determinado grupo humano.  

¿Cómo entender nuestro trascurso en el tiempo y en el espacio, si no es por el encuentro y el diálogo que establecemos en y con lo colectivo? 

Cuando uno se topa con todo eso en un libro, cuando ese proceso de reconocimiento del propio pasado, aún en la ficción de un relato se encuentra en un libro, el placer de leer es diferente, como si “pasara por otro lado”. Entre el escritor y el lector siempre hay un pacto: yo escribo para vos una historia y vos vas a suspender por un rato tu pensamiento realista, lógico, racional, y vas a creer mi relato aún a sabiendas de que nada de lo que te cuento es «verdad», si no, a lo sumo, una recreación subjetiva de una verdad, que también es subjetiva. En la lectura de “No lloro por ella, lloro por mi” ese pacto, más con Fermín que con Fernando, surge de un modo diferente: no tengo que “creerte” porque estás contándome mis propios recuerdos aunque pasados por tu sensibilidad, por tu memoria, por tu mirada, que ahora se suma a la mía.

Los teóricos llaman a ese tipo de narrativa “autoficción”, concepto contradictorio en su significado etimológico ya que combina dos tipos opuestos de narración: es un cruce entre lo real de la vida del autor y una experiencia ficticia vivida por un personaje que puede incluir hechos, personajes, espacios ficcionales. También se llama "novela personal".

“No lloro por ella, lloro por mí", reúne los “relatos personales” de Fernando Abelenda, quien con la voz narrativa de Fermín Miranda, al contarnos lo que pasaba en una casa de la calle Catamarca y en una ciudad, porque se parece o porque difiere, nos ubica en muchas casas de familias correntinas de un tiempo en el que convivieron nuestras niñeces y nuestras juventudes, pero más que eso, nos hace reflexionar en cómo se reflejan esos hechos, esas circunstancias en el presente de cada uno y en el de todos, cómo las hemos registrado en nuestras propias memorias, y cómo ese bagaje se hace parte de la memoria colectiva. Y esto vale para la Corrientes que vivió Fermin Miranda, la que vivió Fernando Abelenda, o la que vivimos ustedes y yo, aún en espacios y tiempos diferentes. 

Relatos entrañables, escritos con ternura mesurada, sin dulzuras excesivas. El autor, lector ávido pero selectivo, además de memorioso, tiene bien sabidos las técnicas y los recursos para trabajar un texto como se debe, a lo que además suma, de modo natural y sin cientificismos agobiantes, su conocimiento profesional de cómo funciona la emotividad, cómo se interioriza lo externo en las diferentes edades y cómo eso, el recuerdo de eso, se procesa a lo largo del tiempo de una vida. De esto, hay muestras notables en varios de esos relatos. 

Esa manera de contar nos mete en la trama con lo propio y mientras Fermín Miranda repasa y reflexiona sobre sus recuerdos, nosotros revivimos los nuestros y los revalorizamos, los disfrutamos con la mirada de hoy.

Dije todo esto pero podría haber dicho sólo: es un libro que “nos cuenta”, es decir cuenta sobre nosotros, nosotros individuos y nosotros grupo humano, y nos lleva a recuperar vivencias propias, repensarlas y recolocarlas en nuestra memoria. No podemos volver a vivirlas, pero están, las tenemos, unen nuestro presente al de muchos que conforman el grupo humano del que somos parte. 

Es un libro precioso. 

 

 

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