“Abróchense los cinturones, porque va a haber muchas más reformas”
Javier Milei, mensaje navideño
Por rara casualidad, o no tan rara, el mensaje navideño del presidente Milei, que preanuncia nuevas turbulencias económicas sobre el vapuleado avión en el que viajamos hace varios años los argentinos, me hizo acordar a Fernando De la Rúa en diciembre del año 2000.
También en Navidad, el radical decía con desbordado entusiasmo: “que lindo es dar buenas noticias”, empoderado como estaba por el blindaje internacional alcanzado con el FMI. Tenía la necesidad psicológica de mejorar el ánimo ciudadano. El final de esa historia ya la conocemos, helicóptero mediante.
Para el libertario, por el contrario, las noticias ríspidas son lo suyo. Obviamente, también quiere buenos resultados de sus políticas económicas, pero pareciera no importarle el costo social. De hecho, le es emocionalmente indiferente sacrificar a una generación con tal de que la que venga, o de la siguiente, o de la subsiguiente, pueda vivir en una Argentina potencia.
Está más que claro que en materia económico social, no existe la receta mágica. Ningún gobierno puede garantizar resultados positivos con sus políticas. Los planes que aplica cada uno, de acuerdo a su propio librito ideológico o político, pueden acabar con triunfos resonantes o derrotas catastróficas.
“Al contrario de los mensajes esperanzadores que se acostumbran en Navidad, su falta de empatía lo llevó al presidente Milei a elegir ese acontecimiento religioso para anunciar un 2026 con más ajuste”
Muchas veces los gobernantes son recordados por frases que trascendieron su propio tiempo. Del “estamos mal pero vamos bien” de Carlos Menem, que terminó con las crisis de la convertibilidad, al “que lindo es dar buenas noticias” de De la Rúa.
Probablemente, Milei sea recordado por su frase de días pasados: “abróchense los cinturones”, al comienzo del tercer año de su mandato. Una lectura lógica de su expresión nos conduce a una deducción casi indiscutible: se vienen más sacrificios. Su casi nula empatía, lo llevó a elegir la Navidad para trasmitirlo.
Seguramente, su empoderamiento anímico esté sustentado en los números que le da “su” Indec en cuánto a la baja de la inflación y de la pobreza.
Pero, y tantas veces “pero” como sean necesarias, las estadísticas no se corresponden con la “sensación térmica” de la calle, mejor reflejadas por el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina.
El nivel de consumo y el endeudamiento con tarjetas de crédito son dos indicadores reales del nivel de vida de las familias argentinas.
Productos de Consumo Masivo (Alimentos, Bebidas, Higiene) ha sido el sector más afectado. En noviembre de 2025, el consumo masivo seguía en retroceso con caídas del 1,8% mensual y una persistente baja interanual. Rubros básicos como la carne vacuna registraron en 2024-2025 sus niveles históricos más bajos desde 1920.
Un fenómeno particular de 2025 es el "cambio de patrón": el ticket promedio bajó mientras las familias realizan compras más frecuentes y pequeñas para controlar el presupuesto diario. La mayoría se decide por las marcas más baratas.
“Pareciera que los números del Indec se van “morenizando”. Una buena alternativa son los informes de la Universidad Católica Argentina, los mismos que usamos en tiempos cristinistas.
El sector bajo de la cadena social emplea todos sus ingresos en la compra de alimentos básicos. Los sectores medios utilizan la tarjeta de crédito para mantener su consumo, y se incrementaron exponencialmente las deudas y las moras por tal concepto.
Las primeras marcas alimenticias (Arcor, Molinos, Mastellone) cierran 2025 con balances en rojo o márgenes mínimos, debido a que el volumen de ventas en el mercado interno no reaccionó a pesar de la desaceleración de la inflación.
El sector de medicamentos ha sido uno de los más críticos desde el 10 de diciembre de 2023, ya que a diferencia de otros rubros, la baja del consumo aquí no solo refleja un cambio de hábito, sino una barrera de acceso a la salud. Los jubilados y enfermos crónicos, los más afectados.
Desde esa realidad difícil, casi dramática diríamos, parte la afirmación de Milei de que su tercer año será de un nuevo “ajuste de cinturones”. Tal vez ya no debamos hablar de “calidad de vida”, sino de sostener los elementos básicos que permitan “vivir, aún con mala calidad”.
Ajustarse, apretarse o abrocharse los cinturones, tienen la potencia metafórica de inducir a la ciudadanía a prepararse para pasar por una época de mayores necesidades o dificultades económicas, lo que implica reducir aún más los gastos y vivir con lo básico.
“Nos espera todavía un larguísimo camino para llegar a la Argentina potencia anunciada por Milei. Recuperar poder de consumo no es el camino libertario, sino disminuir deseos”
Tal vez los argentinos debamos leer a dos filósofos griegos, cuyas frases sirven para ilustrar la ocasión y construir nuestros “tips” para la vida futura.
Decía Sócrates que “El secreto de la felicidad no reside en buscar más, sino en desarrollar la capacidad de disfrutar con menos”. También Epicuro: “Para hacer feliz a un hombre no le des riquezas, quítale deseos”. ¿Será que el deseo de los argentinos se sale de la media normal?
Tal vez sea hora de que al decil más bajo de la escala social, en lugar de aumentar su capacidad de compra debamos enseñarle a necesitar menos: menos alimentos, menos higiene, menos salud, menos educación, menos dignidad.
En su tercer año de gobierno, la consigna de “abrocharse los cinturones” suena menos a advertencia y más a coartada. Cuando el consumo de los hogares está totalmente retraído, no queda tela para ajustar sin desgarrar. El problema ya no es la metáfora, gastada de tanto uso, sino la asimetría que encubre.
Gobernar no es insistir en la épica del sacrificio permanente, sino reconocer que el ajuste, cuando se vuelve hábito, deja de ordenar y empieza a erosionar. Si el cinturón aprieta siempre del mismo lado, el mensaje pierde autoridad y gana cinismo.
A esta altura, la pregunta no es cuánto más resistir, sino quién asume el costo político y moral de una estrategia que confunde disciplina con indiferencia.