“Sería bueno recordar que se trata de la primera intervención militar directa de Estados Unidos en Sudamérica en toda la historia”
Antonio Caño, La Nación
Desde fines del siglo XIX, Estados Unidos tiene una larga historia de intervenciones militares directas en el orbe.
Comenzó en 1898, dónde ocupó Cuba, Puerto Rico y Filipinas, comenzando así con su política expansionista. Durante la mitad del siglo XX, bajo la doctrina Monroe (“américa para los americanos”) intervino repetidamente en América Latina y el Caribe (Nicaragua, Haití, República Dominicana, Panamá), para proteger intereses económicos y gobiernos afines.
Durante la Guerra Fría, la lógica anticomunista impulsó intervenciones directas e indirectas en Corea, Vietnam, invasiones como Bahía de Cochinos y apoyo a golpes militares en América Latina.
Tras la finalización del mundo bipolar, en 1991, actuó como potencia hegemónica e intervino en Irak (1991 y 2003), Afganistán (2001) y otras operaciones, con el discurso de la lucha contra el terrorismo y la promoción de la democracia.
Lo de Venezuela, inaugura la primera intervención militar directa en territorio de Sudamérica. Esta vez, el argumento fue el narcotráfico. La invasión fue quirúrgica. No ocupó el país caribeño, se limitó a “secuestrar” al presidente y su esposa, dejando el resto del régimen bolivariano “vivito y coleando”.
No es el objeto de ese artículo investigar los fundamentos políticos y jurídicos de la cruzada trumpista. Ya lo hemos hecho.
Aunque emocionalmente estamos con los millones de venezolanos víctimas de un gobierno que generó una diáspora pocas veces vista, las organizaciones internacionales y la mayoría de los países del orbe, salvo los que están involucrados ideológicamente con Donald Trump, han condenado la invasión.
“Donald Trump es el presidente norteamericano que tiene el dudoso “mérito” de haber autorizado la primera invasión directa de sus fuerzas militares a un país de Sudamérica”
Los intereses económicos fueron un poderoso afrodisíaco para que Venezuela pase a formar parte del universo norteamericano. No fue la democracia ni la brutalidad del régimen, fue la conquista de la mayor reserva mundial de petróleo, conforme lo reconoció, con brutal sinceridad, el presidente Trump.
Analizando la historia de las intervenciones militares de Estados Unidos en países extranjeros, advertimos una lógica “justiciera” autoarrogada y un mecanismo cinematográfico de espectacularidad, del que Venezuela no fue la excepción.
Nos preguntamos y a la vez nos respondemos: hay razones históricas, sociológicas y culturales profundas que explican por qué en Estados Unidos está tan arraigada la creencia en el héroe individual providencial, capaz de derrotar al mal casi en soledad. No es casualidad: es una narrativa fundante.
El país de los “cowboys” se construyó simbólicamente sobre la frontera: territorios “salvajes”, lejanos del Estado, donde la ley llegaba tarde o no llegaba.
En ese contexto, el orden no lo garantizaban instituciones sólidas, sino individuos armados: el colono, el sheriff el pistolero “justo”. De allí surge el ideal del self-mademan, el hombre que se hace a sí mismo y resuelve sólo lo que la comunidad o el Estado no pueden.
A diferencia de Europa, EE. UU. nace de una rebelión contra el poder central. Esa matriz genera una cultura política que sospecha de lo colectivo y de lo estatal, y deposita la salvación en el individuo excepcional. El héroe no coordina: irrumpe, corrige y se va. La institucionalidad aparece como lenta, corrupta e ineficaz.
El protestantismo puritano, introduce en la sociedad estadounidense, una moral binaria: bien vs. mal, elegidos vs. condenados, justos vs. pecadores.
El héroe no es ambiguo: es el elegido, y el enemigo no suele ser complejo, sino una encarnación del mal. Esto facilita narrativas donde la violencia se vuelve moralmente redentora.
“La historia estadounidense generó una cultura individualista dónde los problemas complejos no se resuelven institucionalmente sino con la actuación de “héroes” solitarios”
El cine y las series no solo entretienen: educan emocionalmente. Desde el western hasta los superhéroes, pasando por policías “duros” y soldados solitarios, se repite el mismo esquema:
- El sistema falla
- El héroe actúa fuera de la ley
- La violencia “resuelve”
- El fin justifica los medios
Esta lógica luego se proyecta a la política exterior: intervenciones rápidas, líderes carismáticos, soluciones militares simplificadas.
Presidentes y líderes estadounidenses suelen encarnar ese rol: el sheriff global, el país que “pone orden” donde otros no pueden. Las invasiones o intervenciones se narran como cruzadas morales, no como conflictos geopolíticos complejos.
El enemigo —ya sea un Estado, un líder o un movimiento— se convierte en el “forajido”.
El problema es que la historia real no funciona como una película: Los conflictos no se resuelven con un villano derrotado, El “mal” no desaparece, Las consecuencias suelen ser más caos, no orden
Pero el mito persiste porque simplifica, tranquiliza y legitima el uso de la fuerza.
Estados Unidos cree en el héroe solitario porque:
- Su historia se fundó sin Estado fuerte
- Su cultura desconfía de lo colectivo
- Su religión moraliza el conflicto
- Su industria cultural glorifica la violencia redentora
- Su política exterior hereda ese relato
No es ingenuidad: es una estructura cultural profundamente arraigada que convierte la complejidad del mundo en un western global.
Y, en esta oportunidad, tiene en Donald Trump un intérprete ideal, un sheriff, que considera que el petróleo venezolano es justicia universal para su país.