Hace poco más de tres meses un inesperado y novedoso escenario político y económico abría una ventana de oportunidad para que el Gobierno pueda resetear el programa económico que permita encaminar a la Argentina a un sendero de expansión económica y mejora social. Pero el tiempo corre y otra vez el apabullante bullicio político interrumpe oportunidades.
En noviembre pasado quedó claro un escenario configurado por dos situaciones.
Habían tenido lugar, en la Argentina, dos cisnes negros favorables al Gobierno, uno político y el otro económico. El cisne negro político, que se dio el domingo 26, con un triunfo electoral impensable, dados los resultados de la elección del 7 de septiembre y la situación económica de una amplia parte de la sociedad, le permite recuperar la iniciativa política y asegurar la gobernabilidad en el Congreso. Pasar a la ofensiva planteando su agenda modernizadora en materia laboral e impositiva.
El cisne negro económico lo constituyó la inédita intervención del Tesoro americano en el mercado cambiario argentino, el anuncio de un swap de U$S 20 mil millones y el “whatever it takes” en boca del propio Bessent, que se sumó al rescate del FMI de abril y el exitoso blanqueo de fines del 2024. La atención que le dispensó la Administración Trump a la Argentina, con el involucramiento del propio Presidente americano y su Secretario del Tesoro, en momentos de tanta convulsión geopolítica, fue un hecho extraordinario.
Hasta el momento, la Administración Milei ha logrado una exitosa reducción de la tasa de inflación a niveles razonables, a partir del superávit fiscal, el anclaje cambiario y un bajo nivel de actividad. Una consecuencia no deseada del fortalecimiento de la moneda local fue el desequilibrio externo que se observó durante todo el presente año y que gatilló los rescates del FMI y del Tesoro americano.
En la etapa que se abre, el Gobierno debe pasar a un esquema en el que coloque, junto a niveles de inflación razonables, la expansión económica y el equilibrio externo.
Pero el reloj vuela, inexorablemente, hacia 2027, año de elección presidencial y de clásica interrupción de procesos virtuosos por la volatilidad que propicia la disputa política.
Hay un consenso entre analistas y bancos de inversión de la necesidad de que la Argentina cumpla con el programa con el FMI y acumule reservas internacionales para cumplir con los compromisos internacionales, sostener un esquema de flotación cambiaria y reducir el riesgo país. Acumular reservas internacionales en un contexto en el que no se puede incrementar la deuda externa en términos netos implica tener superávit en la cuenta corriente externa (CCE). Dado que el pago de intereses de la deuda y de los dividendos de las empresas multinacionales es fuertemente negativo, para tener una CCE positiva debe cambiar fuertemente de signo la cuenta comercial de bienes y servicios, en particular la cuenta turismo.
Por su parte, la demanda de dólares para atesoramiento depende positivamente de las expectativas de devaluación y negativamente de la tasa de interés de activos en pesos. Por eso, cuando se tensiona el escenario por la ocurrencia de un evento que puede implicar cambios económicos, como son las elecciones, con un tipo de cambio que se espera se deprecie, se precisa elevar la tasa de interés a niveles incompatibles con la actividad económica. Tipo de cambio real y tasa de interés se relacionan de modo inversamente proporcional.
Es el momento adecuado para que el Gobierno proceda al reseteo del programa económico por: la actitud del Presidente y sus funcionarios favorable a realizar las alianzas necesarias para tener gobernabilidad y avanzar en las reformas imprescindibles; el respaldo de EEUU; la instalación, en la opinión pública, por parte del Presidente, de la importancia del equilibrio fiscal; los importantes avances en materia de desregulación que permitieron el incremento de la competencia y la desburocratización y el bajo traspaso a precios de la depreciación del peso. Es el momento.