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Cooperar para no destruirse, competir para no rendirse

Sabado, 16 de mayo de 2026 a las 20:49

La visita de Estado de Donald Trump a China y su encuentro con Xi Jinping no debe interpretarse como una simple cumbre diplomática ni como otra negociación comercial entre potencias, porque lo que realmente expresa es algo mucho más profundo: el nacimiento de una nueva lógica del poder mundial, donde Estados Unidos y China ya no pueden destruirse mutuamente sin autolesionarse de manera simultánea, pero tampoco pueden dejar de competir, porque en esa competencia se juega la supremacía tecnológica, económica y estratégica del siglo XXI. Allí aparece el nuevo paradigma internacional: cooperar para no destruirse, competir para no rendirse.

Durante décadas, Occidente creyó que la integración económica de China la conduciría gradualmente hacia el liberalismo político, bajo la hipótesis de que más mercado implicaría inevitablemente más apertura institucional. Pero ocurrió algo completamente distinto: China utilizó la globalización para construir un capitalismo estatal-tecnológico altamente eficiente y disciplinado sin abandonar el control político centralizado, porque el Partido Comunista comprendió antes que muchos gobiernos occidentales que el siglo XXI no se definiría por ideologías clásicas sino por la capacidad de dominar tecnología, información, logística y datos.

Hoy China disputa liderazgo en inteligencia artificial, computación cuántica, telecomunicaciones, transición energética y capacidad espacial, y ya no busca integrarse pasivamente al orden internacional diseñado por Occidente sino participar activamente en la redefinición de sus reglas, mientras Estados Unidos revisa sus propios dogmas históricos y el viejo paradigma del libre mercado absoluto convive con subsidios industriales, proteccionismo selectivo y políticas de seguridad económica, porque la disputa por los semiconductores dejó algo en claro: el comercio ya no es solamente comercio, es poder estratégico.

Cuando Xi Jinping habla de cooperación, suele introducir una advertencia implícita sobre el riesgo de caer en la llamada "trampa de Tucídides", concepto que proviene del historiador griego que explicó la Guerra del Peloponeso afirmando que el ascenso de Atenas y el temor que eso provocó en Esparta hicieron prácticamente inevitable el conflicto, y que el politólogo Graham Allison retomó para describir la tensión estructural entre una potencia dominante y una emergente. El mensaje estratégico chino es claro: intentar bloquear completamente el ascenso chino podría conducir a una dinámica de conflicto global, y por eso detrás del discurso de cooperación existe también una forma sofisticada de disuasión geopolítica.

La globalización, además, cambió de naturaleza, porque ya no se trata de quién produce más barato sino de quién controla los datos, los algoritmos, las plataformas digitales y la infraestructura tecnológica del futuro. Las potencias ya no miran solamente hacia el territorio, el petróleo o las rutas marítimas sino también hacia el espacio, que se convirtió en una dimensión central de la soberanía contemporánea, donde satélites, redes orbitales y sistemas de comunicaciones estratégicas forman parte del nuevo tablero geopolítico.

Allí aparece un concepto central para comprender esta época: la conectografía, desarrollada por Parag Khanna para describir un mundo donde la conectividad global alcanzó tal profundidad que las grandes potencias quedaron atrapadas en redes de interdependencia tan complejas que una guerra sistémica entre ambas ya no destruiría solamente al adversario sino que podría provocar crisis energética, colapso financiero e interrupción tecnológica a escala planetaria, lo que explica que el nuevo paradigma internacional no sea la paz ingenua ni la vieja Guerra Fría, sino una competencia administrada.

En el centro de esa tensión permanece Taiwán, quizás el punto más peligroso del sistema internacional contemporáneo, porque para Beijing constituye una cuestión de soberanía histórica mientras que para el resto del mundo representa un nodo crítico de la economía global: con un territorio similar en tamaño a la provincia de Misiones y apenas 23 millones de habitantes, concentra una parte decisiva de la producción mundial de semiconductores avanzados, indispensables para la inteligencia artificial, la industria militar y las plataformas digitales de las que depende buena parte de la economía occidental.

Por eso una mala administración estratégica de ese conflicto podría desencadenar no solamente una crisis militar regional sino una disrupción económica y tecnológica de escala planetaria, y allí reside el verdadero peligro de una tensión que Taiwán sintetiza como ningún otro lugar del mundo: soberanía, tecnología, globalización y disputa por el poder concentradas en un punto crítico del mapa.

La convergencia entre inteligencia artificial, big data y poder político está creando herramientas de control social sin precedentes históricos, y el riesgo ya no es solamente militar o económico sino civilizatorio, porque por primera vez existen tecnologías capaces de influir simultáneamente sobre información, consumo y comportamiento humano a escala global. La verdadera disputa del siglo XXI no será quién posee más armas o más dinero sino quién controla el conocimiento, los datos y la infraestructura digital de la civilización, mientras las dos grandes potencias permanecen atrapadas en esa compleja coexistencia estratégica: cooperar para no destruirse, competir para no rendirse.

En esa tensión, América Latina no es espectadora pasiva: las decisiones que se tomen en Washington y Beijing sobre tecnología, comercio y orden global nos afectan directamente, y comprender esa dinámica es el primer paso para participar con inteligencia en el mundo que viene.

Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR.

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