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El enorme mérito de levantar la vara moral

Hay transformaciones que no se miden sólo por las obras realizadas, las leyes aprobadas o los indicadores económicos. 
A veces, el cambio de fondo aparece cuando una sociedad empieza a considerar improcedente aquello que por décadas toleró con absoluta resignación. Incluso las reprobaciones actuales al oficialismo revelan que se instaló un nuevo umbral de demanda pública que sería deseable se sostenga.

Sabado, 16 de mayo de 2026 a las 22:07

Durante años, la Argentina convivió con una indulgencia peligrosa. No es que la ciudadanía fuera ingenua, sino que el deterioro había naturalizado demasiadas cosas. Se validaban prebendas obscenas, contradicciones inconcebibles, dirigentes sin resultados, funcionarios sin pudor, relatos sin evidencia, atropellos sin consecuencia y fracasos presentados como una épica infalible. Todo eso parecía formar parte del paisaje rutinario de una comunidad tan mansa como acomodaticia.
La sumisión se había convertido en una pedagogía silenciosa. Cada escándalo tenía su justificación, cada incumplimiento encontraba una excusa, cada exceso era relativizado por comparación con algo peor. Así, lentamente, el país fue bajando sus defensas frente a lo indebido. No se trataba solamente de corrupción o de mala administración sino de una forma de acostumbramiento colectivo. La decadencia dejaba de horrorizar.

"Tal vez ese sea el punto más importante. El verdadero cambio no consiste en creer que apareció una clase dirigente perfecta. Eso sería algo infantil. La cuestión es que ahora ciertas conductas pesan más, incomodan más y cuestan más. Lo que antes podía pasar inadvertido hoy provoca reacción, lo que se tapaba con relato, necesita respuesta. Lo que se asumió como fatalidad se debe discutir."

Por eso hay un dato que conviene mirar ahora con más atención. Hoy mucha gente reclama más, se impacienta velozmente, cuestiona con mayor severidad y perdona menos. Esa reacción suele ser leída, de modo superficial, como un problema exclusivo de quienes administran el poder. Sin embargo, debe interpretarse al revés, como que esa mayor severidad social es consecuencia de haber modificado de raíz el estándar.
Cuando una gestión promete terminar con prerrogativas, ordenar cuentas, decir verdades incómodas, enfrentar corporaciones y dejar atrás viejas prácticas, no sólo asume compromisos, sino que además invita a enfocar la realidad con otro nivel de exigencia. A partir de ese momento, lo que antes se disimulaba empieza a resultar intolerable. Lo que previamente se explicitaba con cinismo ahora genera rechazo. Lo que parecía inevitable se convierte en falta grave.
Ese es, precisamente, uno de los grandes logros menos reconocidos del actual proceso político. Haber elevado la medida con la que se juzga la vida pública, empujando a buena parte de la población a no conformarse con poco. Haber instalado la idea de que ya no alcanza con ser menos malo que el anterior, a la luz del presente, muestra que se aprendió a poner la lupa en lo trascendente y eso es muy saludable.
La paradoja es contundente. Muchas de las diatribas que hoy recibe el propio oficialismo nacen del nuevo clima que se ocupó fervientemente en crear. Si un nombramiento genera ruido, si un desliz comunicacional molesta, si un favor reaparece bajo otro formato, si un argumento suena insuficiente, la reacción ya no es indiferente. Emerge repentinamente una suerte de fastidio y reproche inmediato, y eso, aunque incomode, también expresa una significativa evolución cultural.

"En definitiva, levantar la vara tiene una consecuencia inevitable y es que también complica al que la levantó. Pero allí reside su enorme valor. Una sociedad más atenta, más desconfiada y menos tolerante con los pretextos es una que empieza a salir adelante y madura."

La ciudadanía no está necesariamente más hostil, sino menos dispuesta a conceder impunidad simbólica. Esa diferencia es central ya que no toda observación crítica proviene de la nostalgia por el pasado. Muchas veces, la gente simplemente actúa de acuerdo con el nuevo parámetro que se le propuso. Pide consistencia porque escuchó discursos coherentes. Reclama austeridad porque se la convocó en nombre del sacrificio y también pide ejemplaridad porque se le dijo que la vieja política había terminado.
Allí aparece una responsabilidad superior. El liderazgo que denuncia privilegios debe ser más cuidadoso que nadie frente a cualquier beneficio comparable. El espacio que predica transparencia tiene que ser mejor. El proyecto que reivindica la verdad debe evitar atajos. Es que cuando se sube el umbral, nadie queda afuera de esa medición.
Pero sería injusto negar el avance sólo porque genera algunos costos colaterales. La Argentina precisaba volver a indignarse frente a lo que había dejado de sorprender. Necesitaba recuperar sensibilidad ante la mentira, el gasto eludible o la improvisación. Era vital abandonar esa cómoda teoría según la cual todo es igual, todos hacen lo mismo y nada puede cambiar. Esa resignación era funcional a los peores hábitos del sistema.
La nueva severidad pública no garantiza buenos resultados, tampoco asegura honestidad automática ni eficiencia permanente. Pero cambia el terreno de juego obligando a la prolijidad y dejando escaso margen para la hipocresía cívica. Achica la tolerancia ante el desmanejo, expone incongruencias con más celeridad y, sobre todo, impide que ciertas prácticas regresen sin costo alguno.

"El oficialismo podrá acertar o equivocarse en algunas decisiones. Será evaluado por sus resultados y hasta por sus modos, pero hay un mérito que no debería subestimarse y es el de haber contribuido a que la gente deje de aplaudir como normal aquello que nunca debió serlo. Y cuando un país cambia lo que considera inadmisible, aunque todavía falte mucho, algo profundo ya empezó a moverse en la dirección correcta."

Tal vez ese sea el punto más importante. El verdadero cambio no consiste en creer que apareció una clase dirigente perfecta. Eso sería algo infantil. La cuestión es que ahora ciertas conductas pesan más, incomodan más y cuestan más. Lo que antes podía pasar inadvertido hoy provoca reacción, lo que se tapaba con relato, necesita respuesta. Lo que se asumía como fatalidad se debe discutir.
En definitiva, levantar la vara tiene una consecuencia inevitable y es que también complica al que la levantó. Pero allí reside su enorme valor. Una sociedad más atenta, más desconfiada y menos tolerante con los pretextos es una que empieza a salir adelante y madura.
El oficialismo podrá acertar o equivocarse en algunas decisiones. Será evaluado por sus resultados y hasta por sus modos, pero hay un mérito que no debería subestimarse y es el de haber contribuido a que la gente deje de aplaudir como normal aquello que nunca debió serlo. 
Y cuando un país cambia lo que considera inadmisible, aunque todavía falte mucho, algo profundo ya empezó a moverse en la dirección correcta.

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