Primero destacamos las intensas gestiones de Gregorio Gómez, “Goyo” y su su amistad entrañable con José de San Martín, quien le confió la gestión de sus asuntos privados. Nadie como él puede dar testimonio “de que es lo que tuvo en sus cuentas bancarias y que lo que no”. El trato de ambos en sus muchas cartas hablan por sí solo: Treinta años después de haberse marchado José de San Martín le escribe a su querido Goyo: “Tú conoces mis sentimientos… te repito que si te ves en la necesidad de emigrar, aquí tienes un cuartito, un asado y buena voluntad… todos en esta casa te aman sinceramente”.
Goyo Gómez con mucho afecto e intimidad, también lo tutea fraternalmente, expresándole “que siempre tendrá usted mi amigo un lugar en mi familia, distinguiéndolo especialmente de todos los demás destinatarios de su extensa correspondencia privada. Incluso, de sus otros dos grandes amigos y confidentes dilectos: Tomás Guido y Bernardo de O´Higgins”.
Goyo tenía una gran familia y riquísima en la ciudad de Buenos Aires, y siempre intentó ayudarlo a San Martín y éste esquivaba todo aporte que procuraba acercarle su gran amigo. Goyo había nacido en 1780 en la capital del nuevo Virreinato en el seno de una familia principal, rica, distinguida y muy bien relacionada. San Martín se fue a Europa en 1824. Desde Bruselas le escribió muchas cartas a su “compadre y amigo” Miguel de Riglos, en una le dice “¡qué se hace Goyo! Yo necesitaría que me acompañe en el viaje que emprendo mañana para Flandes a orillas del Rhin… dele mis recuerdos a Goyo”.
Después de cinco años en Bélgica, San Martín regresó al Río de la Plata en febrero de 1829. Enterado de la revolución de Lavalle no se detuvo en Montevideo, pero tampoco desembarcó en Buenos Aires. Luego de obtener su pasaporte, entrevistarse con Olazábal e interesarse especialmente “por el general Guido y por el señor Goyo Gómez” se fue a Montevideo. Antes de partir le escribió unas líneas a Goyo Gómez a bordo del Chichester en balizas.
“Mi Goyo: recibí la tuya y te doy un millón de gracias por la oferta que me haces de hacerme una visita…hasta que tenga el gusto de abrazarte”. Luego, en otra le pide que le “abra un crédito en Montevideo por 1.000 pesos en plata” pero “por si Goyo no se hallase en Buenos Aires” le escribe a su amigo y apoderado Riglos para que “lo verifique sin perder momentos pues no tengo absolutamente un solo peso”.
El 13 de marzo le escribe nuevamente. “He resuelto regresar y pasar al lado de mi hija los dos años que le restan para finalizar su educación (…) Para esto cuento con los fondos que están en poder de Gómez… antes de partir deseo arreglar mis intereses con él.
El 19 le dice “acabo de recibir una carta de Goyo en la que me avisa que no ha aceptado mi propuesta, un millón de gracias por las repetidas molestias que le he dado… libro contra usted y a favor de dicho mi apoderado 34.871 pesos por cancelación definitiva de nuestra c/c”. Riglos le remitió dos letras giradas a favor de “Goyo Gómez” y 53 onzas de oro.
En Montevideo, el 28 de febrero de 1829 San Martín le había otorgado poder general a Goyo Gómez para que obrara libremente en todos sus asuntos privados testimoniándole su invariable confianza. Pensaba que sólo se debía “otorgar poder a una persona honrada y activa en quien se tuviera completa confianza. Desde 1826 lo había representado don Miguel de Riglos, personaje notable y escrupuloso en el manejo de dineros.
Antes de volver a Europa, en una carta privada a Guido le expresa su opinión sobre el estado general del país y los motivos que lo determinan a su segunda expatriación. “Si no fuese a usted, a Goyo Gómez y a O´Higgins, con quienes tengo una sincera amistad yo no me aventuraría a escribir con la franqueza que lo he hecho”.
En octubre de 1839 Goyo Gómez recibió una carta de San Martín: “Reservada para ti solo”, en la que le expresaba, “no puedo aprobar la conducta de Rosas… cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados… El asesinato de Maza me convence que el actual gobierno no se apoya sino en la violencia…”
Después le confiaría San Martín que sea su representante en Chile y Perú. Chile disfrutaba del mejor gobierno de Sudamérica. Su presidente Prieto terminaba su segundo mandato constitucional. Al mismo tiempo, Goyo comenzó a gestionar el reconocimiento de los sueldos adeudados por Chile al Libertador, reuniéndose primero con el presidente Prieto y más tarde con el presidente Bulnes en Perú.
José Ignacio Zenteno - Este general chileno le escribió a San Martín en octubre de 1841 “he tenido un gran gusto al conocer y tratar personalmente a don Gregorio Gómez”.
Primer ingreso de dinero - Desde 1842 cartas van y vienen a su retiro en Europa. En una de ellas San Martín le dice “todo demuestra que no puedo encontrar ningún país como Chile para terminar mis días…” Al respecto, contestando tres cartas de su querido Goyo le manifiesta: “la carta de Bulnes me ha llenado de satisfacción. En ella, no sólo me ofrece una nueva patria, también aprueba del modo más lisonjero mi conducta militar en Chile”. La partida de O´Higgins de Lima “me obliga a mandarte el poder para cobrar la pensión que me señaló el Congreso del Perú. Te autorizo a transferirla haciendo los sacrificios que creas necesarios los que siempre serán aprobados por mí. Siento darte esta nueva incomodidad pero sólo me resta abusar de tu vieja amistad”.
Poco tiempo permaneció Goyo Gómez en Chile. En febrero de 1842 fue a Lima para cobrar los sueldos atrasados del Libertador como generalísimo del Perú. Para tal fin, San Martín le escribió a O´Higgins. “Esta carta le será presentada por mi más antiguo amigo en Buenos Aires don Gregorio Gómez… lo recomiendo estando seguro que tratará a mi amigo con el mismo interés que si fuese a mí mismo”. Goyo recibió otra carta de San Martín en 1843 en respuesta a la que él le había mandado por medio del hijo de Prieto, en la que le decía que “mi resolución de pasar el resto de mis días en Chile es definitiva pero no podré hacerlo. “Me alegra que hayas recibido el poder para cobrar mi pensión en Perú… Yo te dije, en mis anteriores, que tenías carta blanca para cobrarla y que te pertenece la mitad de todas las cantidades que cobres”.
Perú cumplió - Estos rasgos de desprendimientos honra tanto al prócer como a su más íntimo amigo. El Congreso de Chile aprobó por unanimidad el proyecto de ley que Bulnes presentó en octubre de 1842 reconociéndole a San Martín el grado de Capitán General y el pago de sus haberes por vida. Cumplida esta honrosa misión en Chile en representación del Libertador, Goyo Gómez viajó nuevamente a Lima en 1845 para entrevistarse con el mariscal Castilla, cuando éste asumió la Presidencia. Castilla le contestó: “todas las liquidaciones hechas por el Tesoro peruano de lo dispuesto por el Soberano Congreso del 22 las he hecho reconocer como deuda nacional”. Goyo termina así las gestiones que había hecho en Lima.
Alejandro María Aguado pasó a la historia como militar, financista y empresario, pero para los argentinos fue el amigo inmortal que asistió a San Martín en momentos de zozobra y compartió ese vínculo estrecho que solo se encuentra en almas afines, ese afecto que, como decía Ramón de Campoamor, no se comunica por los sentidos.
Descendiente de una familia acomodada de origen judío portuguesa, su padre era el conde de Montelirios, quedó huérfano a los 9 años y después de cursar estudios en Sevilla, su ciudad natal, ingresó al ejército y tras servir en Santiago y Badajoz, pasó en 1808 al Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor en Gibraltar, donde conoció a José Francisco de San Martín. Este teniente, seis años menor, mundano y alegre, cuando se produce la retirada del ejército francés, Aguado abandonó la carrera militar y se instaló en París, donde se dedicó al comercio y a la actividad bancaria. Incrementó su ya inmensa fortuna familiar.
Hacia 1830 los ex camaradas volvieron a encontrarse en París. “Ninguna amistad es un accidente”, escribió O. Henry, y la relación entre Aguado y San Martín ratifica este pensamiento. Cuentan que el general, al reconocerlo, le preguntó “¿Con que tú eres el banquero Aguado?” Este no había perdido el rastro de su antiguo camarada y le contestó: “Hombre, cuando alguien no puede llegar a ser Libertador de medio mundo, me parece que se le puede perdonar que sea banquero”.
Llega Grand Bourg - Pronto la relación entre los compañeros de milicia retomó el brillo de antaño. Aguado era la única persona a la que el general tuteaba. A él y a Goyo. En el suntuoso palacio sobre la rue de Grange-Batelière, Aguado se codeaba con lo más granado de París que incluía a personajes del arte y las letras como Balzac, Gioachino Rossini y el guitarrista Fernando Sor (con quien el Libertador retomó las lecciones de guitarra que había iniciado en su juventud). Aguado transcurría los veranos en su palacio de Petit-Bourg (frecuentado en esos días por Luis XIV y Napoleón). Cerca de allí, estaba Grand Bourg que era de menores dimensiones que el “Petit”. A instancias de su amigo, que facilitó la operación, el Libertador pudo adquirir el inmueble que se comunicaba con la residencia de Aguado por un puente.
Tutor y albacea de sus hijos - Un año más tarde San Martín también adquiría el departamento de la rue Saint-Georges, muy cerca de la residencia del banquero. La relación con Aguado no terminó con la inesperada muerte de éste durante un viaje de negocios a España, ya que su amigo lo había nombrado tutor y albacea de sus hijos.
190.000.000 de francos - Esta actividad era recompensada con un sueldo de 4.000 francos mensuales más un legado de 30.000. Al conocer San Martín que la fortuna de su amigo ascendía a 190.000.000 de francos, no dejó de asombrarse. El Libertador declaró que nunca había pensado que su fortuna podía ascender a esa cifra, que le parecía astronómica. Aguado sin querer y queriendo, ¿habrá pensado que la fortuna de sus hijos quedaría en las mejores manos del mundo? Le cuenta a Goyo Gómez: “Como tutor de los hijos de mi difunto amigo Aguado no puedo abandonar este sagrado encargo sin cubrirme de deshonra e ingratitud”.