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La gata Flora tiene dos lupas para llorar o festejar, según sus gustos

Por El Litoral

Sabado, 23 de abril de 2011 a las 21:00
Por Carlos Gelmi

Una larga madrugada legislativa no muy lejana actuó como un estallido nuclear para el léxico, la consideración, el catálogo y el mapa político argentino convulsionado como nun-ca, en busca de su identidad definitiva.
El voto “no positivo” (el agua y el aceite) de Julio César Cobos abría las puertas de todas las contradicciones: ni si ni no. Ni chicha ni limonada. Ni aserrín ni pan rallado.
Desde ese momento, el radical de la fórmula K, pasó a ser prócer para unos y traidor para otros. Simplemente, por un sí, o por un no.
Todos los argentinos, sin excepción, institucionalizamos en ese momento la figura de la gata Flora que de simple protagonista de los chascarrillos políticos y de otras especies matizadoras de clásicas mesas de café, pasaba a ser una figura rutilante que se codeaba con la dirigencia y los dirigidos, con los gobernantes y los gobernados, con los po-derosos y los desposeídos, con los del palco y con los de la plaza.
Para ello tiene dos lupas, como doña Flor, la de los dos maridos. Y de esa manera, se va acomodando a las circunstancias, poniendo a salvo su convicciones y también sus conveniencias.

* Muchas dudas y
muy pocas certezas
Nuestro personaje es muy astuto, es capaz de ver bajo el agua, o de orientarse en la oscuridad, como dicen algunos. Siempre tiene a mano una brújula que le coloca en el punto justo el N conveniente, y hacia allá va.

* Cuando el presidente Obama anunció una gira por esta región continental, muchos saludamos con alborozo por todo lo que ello significaba en cuanto al fortalecimiento de las relaciones bilaterales. Pero cuando nos enteramos que Obama, salteaba Buenos Aires, airadas voces denostaron al presidente de EEUU, minimizaron su importancia, y chau con el tema.

* Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, invitado a inaugurar la Feria Internacional del Libro, fue duramente criticado y agraviado, por intelectuales K que pidieron públicamente que se lo vetara. Gracias a la intervención de la presidente Cristina F. de Kirchner, tal atrocidad no se cumplió, poniéndose en evidencia que la lupa de la convicciones de la gata Flora de los intelectuales, cedieron a las conveniencias de la obediencia debida.
Muchos de los firmantes del panfleto contra Vargas Llosa, fueron, días antes, aplaudidores del “laureado” Hugo Chávez. Allí, la gata Flora maullaba de alegría.

* Si mi partido (o alianza) gana las elecciones, es un triunfo de la democracia. Si pierde, hubo fraude. Si un fallo judicial no favorece a mis intereses, es por ineptitud del juez.

* Si soy oficialista, creo a pie juntillas las cifras que difunde el Indec y reniego de los informes de las estadísticas privadas, aún de organismos técnicos del exterior. Si soy opositor, sostengo todo lo contrario y ni siquiera busco el punto medio, el del equilibrio. Porque la gata Flora también sabe que todos mienten y lo justo es buscar equidistancia. Para eso tiene dos lupas.
La cuestión es saber utilizarlas acertadamente, pa-ra no volver a caer en las dudas de las conveniencias que se imponen sobre las convicciones.
Al pan pan, y felices Pascuas.

* La campaña de los
dirigentes muertos
Estamos tan confundidos que no sabemos si los confundidos somos nosotros o es la campaña la que está cada vez más confusa. Marcos Aguinis, en uno de sus libros habla del “atroz encanto de ser argentinos” y sólo él sabe explicar cómo puede ser atroz un encanto o encantadora una atrocidad. Y la respuesta es muy simple, si nos despojamos de ese estúpido orgullo de creernos siempre los mejores en todo, y que al final se traduce en uno de los vicios más reprochables de nuestra identidad: la viveza criolla, la de la triste fama.
Nos creemos los más vivos, sin darnos cuenta que siempre hay otro más vivo que uno. ¿Y si somos tan vivos, por qué recurrimos a los muertos?
Hoy, la cartelera política está repleta de fantasmas, Perón, Evita, Kirchner, Yrigoyen, Illia, a las que se recurre en la urgente necesidad de completar una oferta carente de atractivos, porque la cantera dirigencial está agotada, está pobre. Hay más renunciantes que ofertas, y esa falencia no se suple con elecciones desdobladas, ni alternadas, ni listas colectoras, testimoniales ni boletas con figuritas, ni escrutinios que no concluyen, que no terminan nunca.
¿Será ese el atroz encanto de ser argentinos del que habla Aguinis?
Si después de todos estos episodios que han ocurrido en los últimos 10 días, a la gata Flora se le hubiera ocurrido dar una vueltita sobre el tejado de zinc de nuestro país, seguro que renunciaba a las lupas y se dedicaba sólo a maullar.
Sería atroz, pero también encantador.
Al fin de cuentas, somos argentinos.

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